La pregunta pareció desagradar al anciano, quien movió la cabeza como si hubiera querido rechazarla lejos; ella turbaba su quietud matinal.

—Un hijo muy afectuoso, hay que confesarlo—continuó ella, y su amarga sonrisa se acentuó aún más.—Hace ocho días que no se ha dejado ver ni ha dado señales de vida. ¡Si habitara en la luna, no vendría con más rareza!

El señor Hellinger refunfuñó algo en su barba y se preparó a tomar su larga pipa.

—Parece que todavía hay algo que no va bien,—continuó ella.—En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha vuelto tan raro: suele dar vueltas en mi derredor sin decirme una palabra amable. Me imagino que debe tener encima algún pago que no puede hacer.

—¡Pobre muchacho!—dijo el anciano, e hizo chasquear su lengua, sin duda para desechar ese pensamiento desagradable.

—¡Sí, pobre muchacho!—repuso ella en tono burlón.—¿Todavía lo compadeces, quizá? ¿Eres capaz de haberle dado otra vez algo a hurtadillas?

Él, en señal de protesta, levantó sus manos blancas y bien cuidadas, pero no tuvo sin embargo el valor de mirarla de frente.

—Adalberto—dijo ella en tono amenazador,—no quiero que eso vuelva a suceder. Lo que le das a él nos lo quitas a nosotros y nuestros demás hijos. ¡Si todavía fuera digno de ello! Pero «quien no quiere escuchar debe padecer.» Si por arrogancia y por obstinación corre a su pérdida...

—Permite, Enriqueta...—insinuó el señor Hellinger tímidamente.

—Yo nada permito, querido Adalberto—replicó ella.—¡Quien no quiere escuchar, digo, debe padecer! Si, en su negra ingratitud, no quiere seguir los consejos de su madre, tan llena de ternura que se inquieta sólo por él, que pasa las noches cavilando y atormentándose...