Oí alzarse delante de mí su alta y vigorosa silueta.

Un leve grito se escapó de sus labios; de un salto estuvo a mi lado. Luego sentí mis manos entrelazadas, y sobre mi frente el hálito de una respiración ardiente.

En el primer momento, la loca idea de que Marta se había acordado bruscamente de su antiguo amor, le pasó quizá por el cerebro; pero un minuto después, me había reconocido.

—¡Por amor de Dios, criatura!—exclamó.—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que te trae? ¿Nadie te ha visto? Di, ¿nadie te ha visto?

Sacudí la cabeza. «Te considera todavía muy tonta,» pensé, volviendo a recobrar el aliento, pues sentía desaparecer de mi alma los terrores que me había causado mi peligrosa empresa.

Se apartó de mí para encender la luz. Yo busqué con la mano el sofá y me dejé caer en una de sus esquinas.

Las velas esparcieron un vivo fulgor que me deslumbró. Me volví hacia la pared y oculté mi cara.

Un sentimiento de debilidad, un ardiente deseo de estrecharme contra él, se había apoderado de mí. Me sentía tan feliz de estar a su lado que me olvidaba de todo lo demás.

—Olga, mi querida, mi buena Olguita—dijo,—habla, ¿qué quieres de mí?

Alcé los ojos hacia él. Vi su rostro tostado y serio, en el que los sufrimientos de ese día habían labrado arrugas profundas y me quedé sumida en una muda contemplación.