Luego me senté muy cerca de la cama de mi hermana y la miré, esperando la muerte.
Seguía con atención todos los síntomas de aquella lenta agonía. Me parecía que mi conciencia estaba fuera de mí y que me veía a mí misma sentada como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el rostro de la moribunda.
No tuve el menor alucinamiento, no me hice el menor reproche bajo la acción de la fiebre, y nada vino desde entonces a perturbar el curso de mis pensamientos. Veía claramente que mi deseo no podía en realidad darle la muerte, y sin embargo, para mí, para mi conciencia, era sólo mi deseo lo que la había muerto.
Así, pues, yo estaba sentada junto a la cama de mi víctima, esperando su muerte, que era también la mía.
Aquello duró mucho. Pasaron las horas del día; Marta vivía todavía. Su pulso no latía ya desde hacía rato, su corazón parecía paralizado, pero su respiración continuaba siempre ligera y rápida. Mientras yo dormía, bajo el efecto de la morfina, le había hecho, como último recurso de salvación, una inyección de almizcle para reanimar una vez más sus fuerzas: aquello era lo que la sostenía en ese momento. Pero el olor de almizcle mezclado con los vapores de fenol que llenaba la habitación como un cuerpo ponderable y palpable, me pesaba sobre la nuca y me aplastaba las sienes. A cada aspiración me parecía absorber unos cuerpos pesados que me hinchaban.
Por la tarde, los padres de Roberto vinieron. Yo, que todavía la víspera no había demostrado a la tía más que orgullo y desprecio, le besé humildemente la mano. Aquello era el principio de la expiación que me había impuesto en el lecho de muerte de Marta, y que no debía concluir sino con mi vida.
Llegó la noche: Marta seguía respirando. Con la boca muy abierta, los ojos empañados cubiertos de una capa de mucosidades, me miraba fijamente. Su cuerpo parecía achicarse cada vez más, yacía todo encogida: casi parecía que no se atrevía a ocupar en la muerte el lugar, muy modesto sin embargo, que ocupaba en vida.
La tía llenaba la casa con sus intolerables sollozos, los demás también lloraban; yo sola no tenía lágrimas.
Cuando a eso de las once, Marta exhaló el último suspiro, me acometió un acceso de locura furiosa.