Desde hace horas, me encuentro frente a esta última y grave cuestión: ¡huir o morir!

Es necesario que me decida esta misma noche por una u otra de estas alternativas, pues Roberto vendrá mañana para llevarme a la tumba de Marta.

Antes que seguirlo allí, prefiero morir. Aun admito que lleve la hipocresía hasta no caer de rodillas sobre esa tumba para confesarle todo; admito que el horror que me inspiraría a mí misma, no me ahogue, que encuentre el miserable valor de casarme con él; ¿qué existencia llevaría a su lado?

¿Para qué aferrarse a una dicha que uno mismo ha hecho imposible desde mucho tiempo atrás? Pasaría por esta tierra semejante a una pobre criminal a quien se lleva a la muerte, eternamente torturada por el temor de descubrirme a sus ojos y, a pesar de eso, llena del deseo de gritar mi falta al mundo entero. ¡Cómo podría dormir en ese lecho que he deseado ver que mi hermana abandonara para bajar a la tumba! ¡Cómo vivir entre esas paredes en que todavía están inscritas en letras de fuego esas palabras: «Oh, si ella muere!»

Voy a razonar fríamente conmigo misma, como conviene a una persona que hace el balance de su vida.

¿Ser su esposa? Eso es imposible, bien lo sé.

¿Huir? ¿Qué haría en medio de extraños? Los conozco; conozco a los hombres y los desprecio. Ellos me han hecho daño, seguirán haciéndome sufrir. Todo lo que me queda de fe, de amor y de esperanza, no descansa ya más que en él.

Pues bien, ¿morir? Los frascos de morfina están ahí, en salvo en el fondo de mi gaveta; un presentimiento me decía que algún día los necesitaría, cuando los reservaba secretamente, a despecho de las órdenes de mi anciano tío el doctor. Las pocas horas de sueño que he perdido me serán devueltas así al céntuplo.

Escribiré todavía una carta a mi tío; él será mi heredero y mi confidente. Quizá podrá disimular mi suicidio y hacer que Roberto no lo sospeche.

A él, ni una palabra de despedida. Esto es doloroso; pero es necesario que sea así.