Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso la gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban, los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto como podían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas las casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían de rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él, desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.

Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estaba ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de aquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.

En la esquina de la plaza del mercado—en el sitio donde estaba antes la casilla de impuestos—se hallaba la vieja ama de llaves del doctor: tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.

Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.

—¡Vamos, señora Liebetreu!—dijo él alegremente.—¡Al fin me encuentro con alguien que no huye al verme!

La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.

—¡Ah, mi joven señor!—dijo, se le llamaba siempre el joven señor, para distinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido los treinta.—El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querría hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.

—¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?

La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado de darle la penosa noticia.

—¡Ah! ¡Qué sé yo!—exclamó.—No me ha dicho más que eso.