Había tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que parecía que se celebrara allí una boda.
El doctor, que no llegó sino muy tarde a la alegre reunión, buscó por todas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin descubrirlo.
Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le preguntó si lo había visto. Sí; había venido, había lanzado en su derredor miradas extrañas y feroces, luego se había esquivado en silencio cuando se le tendía la mano. Minutos más tarde, se notó su desaparición.
El doctor fue al vestíbulo y buscó, entre los abrigos de los convidados, el de Roberto: todavía estaba allí.
Con la familiaridad de un viejo pariente, se puso en busca suya en las habitaciones de atrás, vacías y silenciosas, pues los criados estaban ocupados en servir.
Encontró al joven en un pequeño y obscuro cuarto, donde estaban amontonados los muebles que había sido necesario sacar de las otras habitaciones, sentado en un cofre de madera volcado, meditando, con la cabeza entre las manos.
—Roberto, amigo mío, ¿qué haces ahí?—le gritó.
—Ustedes siempre tan alegres por allá, ¿verdad?
El doctor le puso las manos sobre los hombros:
—Me inquietas, amigo mío. Hace tres días que no nos diriges la palabra... si continúas así, vas a perder la razón.