«Pero he ahí que yo también, gran tonto, me pongo a llorar como un niño.
—»Perdóname, Roberto—dice su voz en mi oído.—Mucho te he hecho sufrir, pero nunca más lo haré, nunca más.
—»¿Y ahora me amarás?—pregunto, pues todavía no puedo creerlo.
—»¡Oh, Roberto! ¡Roberto! ¡Te amo! ¡Oh, sí! ¡Te amo más que a todo en el mundo!—y oculta su rostro en mi hombro.
»Sí, tío, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con sus rubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una pregunta se me presenta: ¿es ésta la misma Olga que, hace ocho días, se volvía tan pálida y tan altiva, mientras que, humilde y tímido, tú implorabas su consentimiento?
»Y le digo entonces:
—»Olga, ¿cómo has podido torturarme así? ¿Acaso he cambiado en tan poco tiempo?
»La veo ponerse más blanca que el yeso que cubre la pared y su voz murmura en mi oído:
—»¡Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!
»Y una angustia nace en mí; quizás la perderé mañana como la he conquistado hoy.