—»¡Si nos amamos, Olga—le grito,—y si nuestra querida muerta aprueba este amor, yo quisiera ver si alguien podría censurarlo! Alégrate, pues, querida niña, recupera tu valor.

»Pero ella no tenía alegría ni valor. Y sólo ahora, ahora que está muerta, comprendo claramente hasta qué punto se sentía miserable y quebrantada, allí tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente se mostraba para sí y para los demás tan altiva y estricta. Era como si algún prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte íntimo de la vida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada veía, nada quería ver. Y continuaba animándola con todas las palabras consoladoras que podía encontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra—a veces me aprobaba con un movimiento de la cabeza—y una sonrisa que expresaba tristeza y cansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribuía yo a la emoción violenta del momento y a los pesares de los últimos años; debían presentarse en su alma con una intensidad tanto más grande, cuanto que sentía apuntar para ella una nueva felicidad que iba a borrarlos para siempre.

—»Y nuestra primera visita, Olga—le digo,—será al cementerio. Cuando hayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o la malevolencia del mundo entero, no tendrán ya por qué inquietarnos.

»Ella dejó caer las manos que cubrían su rostro, y, mirándome con ojos dilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:

—»¿Al cementerio... conmigo?

—»Sí, contigo—repliqué,—y en seguida, si lo quieres.

»Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y, con voz singularmente alterada, replicó:

—»Tén paciencia hasta mañana, mañana haré lo que quieras.

—»Sí, mi niña muy amada—le digo entonces,—y de aquí a mañana desecha tus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros no la olvidaremos, ciertamente. ¿Y el común dolor que nos causa su pérdida, no debe unirnos más estrechamente para toda la vida? Su imagen no nos abandonará, ¿y no crees que ella bendeciría nuestra unión desde el fondo de su corazón, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? ¿No nos ha legado al niño para que juntos velemos por él y que nunca lo confiemos a gente extraña?

»Entonces se dejó caer de rodillas delante de la cuna en que la débil criatura dormía con el sueño de los bienaventurados y apoyó la frente sobre su cabecita.