—¿Y si ella lo hubiera pensado, Roberto—dijo,—si hubiera pensado en contestarte desde el fondo de su tumba?
Roberto lanzó un grito y lo asió por la muñeca.
—¿Qué quieres decir con eso, tío?
—Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, si no hubieras huido ante todo rostro humano, sabrías desde hace tiempo lo que hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la mañana de su muerte, yo recibí una carta de ella...
—Tú, tío, de ella...
—¡Oh, amigo mío! Me estás rompiendo los huesos. Escúchame primero tranquilamente.
Y le contó lo que contenía la carta.
Roberto había dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos en el anciano, resplandecían en la obscuridad.
—Ese cuaderno, dámelo; ¿dónde está?
El doctor le explicó el peligro que corría el secreto de Olga y la inquietud que esto le causaba a él mismo.