—No tengo derecho para ello—gritó,—no tengo derecho. No sé si podré hacerla feliz.
—¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión: «¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
—Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y grave pudiera volverse tan apasionado.
—Confíame tus tormentos, Roberto—dije, poniéndole la mano en el hombro.—No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu corazón.
—¡No puedo!—gimió,—¡no puedo!
—¿Y por qué?
—Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta. ¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después de nuestro matrimonio?