—¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde el fondo del corazón:
—Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
—Sí, te ayudaré—respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la solemnidad de mi promesa.
—Veo que ya no eres una niña—continuó él,—eres una joven enérgica e inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber hablado? ¿Lo quieres?
—Sí, velaré—repetí.
—¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
—Te escribiré—volví a contestar.
—Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y para siempre.
Y me besó en los labios...