No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida esperanza.

En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:

—¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?

Hice un signo de afirmación enérgica.

—¿Y me escribirás pronto?

—Seguramente.

—¿Adónde debo dirigirte la respuesta?

Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado siempre más afecto que nadie.

VIII

El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días, y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para mí!