El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el momento en que las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.

Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; «pero hasta entonces—escribía,—habrá que vencer más de una grave dificultad.»

Un día, papá entró en la cocina donde estábamos, y tomando una expresión indiferente, se paseó un instante por entre los calderos, resoplando y golpeando con su varilla las largas cañas de sus botas.

—¿Te has vuelto inspector de cocinas hoy, papá?—dije.

Él soltó una risa breve y dijo:

—Sí, me he vuelto inspector de cocinas.

Y después de haber andado todavía algunos minutos en silencio, se detuvo de improviso delante de Marta y dijo:

—Si tuvieras tiempo, hija mía, ¿podrías quizá venir un momento? Tu madre y yo tenemos que hablarte.

—¡Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! ¿Puedo asistir yo también a la entrevista?

—No—respondió él,—tú te quedarás en la cocina.