—¿Si esperáramos hasta mañana?—respondí.

—No—dijo ella,—en el intervalo podrían suceder cosas que no deben producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre él y yo.

—Entonces conoces muy mal a Roberto—dije.

—Pero yo me conozco bien—dijo ella.—Yo soy quien rompe.

—¡Marta!—grité espantada.

—Bien sé que esto me matará—dijo ella.—¿Pero qué importa? Mi vida poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.

—La fiebre es la que te hace hablar así, Marta—exclamé,—pues no te creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja bruja.

—Siento demasiado que dice la verdad—dijo ella.

Un helado calofrío recorrió todo mi cuerpo al oírla proferir, con el tono tranquilo de un colegial que recita una lección, esas palabras de una tristeza desesperante.

—No protestes—continuó,—no es sólo de hoy que lo sé; siempre tuve ese presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy. Pero, qué quieres, causa siempre impresión el ver de repente escrita con todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atrevía a confesar a su propia conciencia.