Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador; sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto, no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo te agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras existan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...»
Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado soñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberante de vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, medio bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen los perros malos a quienes se castiga con frecuencia.
El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande.
—¡Esta es mi obra! ¡Soy yo el que ha hecho esto! ¡Yo soy su padre!...—etcétera.
—Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza.
Entonces las señoras preparan la mesa para el café. Barquillos cuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas y cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor azulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto cierto tono más íntimo.
Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la baronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos.
Sí, señores; me hacía ojitos.
Ustedes están todavía en la edad en que una cosa así les pasa a menudo; pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de su vientre gordo y de su calvicie, verán ustedes qué agradecimiento sienten para con la camarera o la primer criada que se les presente y que se tome el trabajo de dirigirles miraditas... ¡Y piensan, pues, lo que será cuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo más elegido y de lo más gracioso!...
Pensé al principio que me equivocaba... después procuré disimular mis manos coloradas, luego tuve un acceso de tos... Me traté de animal, de fatuo, pensé en marcharme, y, por último, me puse a contemplar fijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... ¡como una jovencita!