A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se abre la puerta y se presenta Lotario.
Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se echa en mis brazos:
—¡Hurra! ¡mi tío!
Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.
Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan como brasas.
«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo, aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo demás!»
Le digo:
—¿Y no me pides noticias de mi novia?
Se echa a reír ruidosamente:
—¡Mi tío! ¡mi tío!—exclama.—¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte, tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!