—¿Qué piensas Martín?—pregunta Juan con voz cariñosa colocando una mano en el hombro de su hermano.

—¡Eh! ¿por qué no he de pensar?—replica el molinero con el sordo gruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicos discursos. ¡Eh pilluelo!—continúa—y la bonachona sonrisa que lo caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones toscamente trazadas, y las ilumina.—¿Te has incomodado, eh?

Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:

—Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!... Es ella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendido incomodarte?

Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, y acaba por decir a Gertrudis:

—Ve a buscar un cepillo.

Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve, blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de mando:

—¡Cepíllalo!

—Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede siempre una desgracia;—dice Juan bromeando con expresión cohibida.

Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.