[*] Fels, roca; Hammer, martillo; Felshammer, martillo para romper rocas, maza.—N. del T.

Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. ¿Habría podido ser acaso de otro modo? Una criatura dotada de más vigor, que hubiera querido conservar nada más que un destello de voluntad personal, era algo que Felshammer no habría tolerado junto a él ni por veinticuatro horas. En condiciones tales hacían una vida soportable, casi feliz podría decirse, sólo turbada por aquella cólera fatal, que se encendía y arrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacífica mujer muchas horas de pesar.

Pero jamás vertió ella tantas lágrimas como el día que la desgracia se cernió sobre sus hijos. Habían nacido de esa unión tres vástagos, tres varones lindos y robustos. Los tres tenían los ojos azules y los cabellos rubios, y sobre todo «un par de puños que prometían mucho», como decía el padre con orgullo, aunque el más pequeño, que estaba todavía en la cuna, sólo podía aprovechar los suyos chupándolos.

Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. ¡Qué altivez en la mirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echada para atrás, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otro parecían decir: «Soy el hijo de mi padre. ¡Venid, pues, a verlo!»

Todo el santo día estaban peleándose entre ellos, y el padre mismo era quien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervenía para restablecer la paz, pero se burlaban de ella.

La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues veía con espanto que los dos habían heredado el carácter irascible de su padre. Ya una vez había acudido en momentos en que Fritz, que tenía ocho años, se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre su hermano, dos años mayor que él. Seis meses después llegó, en efecto, el día en que se justificaron sus tristes presentimientos.

Los dos muchachos se habían peleado en el patio, y Martín, el mayor, furioso al ver que Fritz era más fuerte, le tiró una piedra, hiriéndolo tan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caer ensangrentado y sin habla.

Púdose sin gran trabajo restañar la sangre, y se cicatrizó la herida, pero el niño, nunca más recobró la palabra. Siguió inerte, indiferente para todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se había vuelto idiota.

Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pasó noches enteras llorando; él también, el hombre activo y enérgico, anduvo vagando mucho tiempo, como perdido en un sueño. Pero el que recibió la impresión más profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tan altivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia había desaparecido; se había hecho taciturno, reconcentrado en sí mismo, obedecía al pie de la letra las órdenes de su padre, evitaba toda vez que podía las miradas de sus condiscípulos. El cariño que profesaba a su desgraciado hermano era verdaderamente conmovedor. Estando en la casa, no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelical a los hábitos del idiota, caído en la condición de bestia; aprendía a comprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba oír, y lo miraba sonriendo cuando le rompía el juguete más preciado.

El idiota se acostumbró tanto a esa compañía que no quería pasarlo sin ella. Cuando Martín estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habría preferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano que no fuese la de su compañero.