Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus bodas.

Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que, como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por completo en esas horas de fiesta.

XVIII

Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los címbalos mezclan sus gruñidos sordos.

La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle; a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los dos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honor aunque la corporación hubiera tenido que disolverse!

El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradas serias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres? Entonces no son para él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago de alegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la espada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujer de su hermano.

La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, que camina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por qué mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavía con la espada.

El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A vuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que parece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud de tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente el mugido del agua.

—¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!—dice Juan.

Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de barracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.