—Me alegraría mucho de irme a casa—pensaba María Teresa.
Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse más, y a pesar de la insistencia en que se quedase, presentó sus excusas a su tía, agradeció a Huberto su atención y rogó a su hermano que la acompañase a su casa.
Apenas había salido del palco, cuando ya Diana se volvía hacia el novio abandonado, y le decía:
—No comprendo a María Teresa. Marcharse así en el momento más interesante, es absurdo... Casi es una descortesía hacia usted. ¿No ha tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi tío no está tan enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin.
—Está inquieta—dijo Huberto;—se explica; adora a su padre.
—Sí, pero esta es una exageración de amor filial, y casi un atentado a su amor conyugal.
—En fin, esperaré a que el señor de Chanzelles se restablezca, entonces recuperaré mis derechos de novio.
—Es de desearse—dijo la señora Gardanne.—Mi pobre hermano tiene, creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendría que estuviese mucho tiempo enfermo.
—¡Ah! ¿realmente?—interrogó el joven.
—Sí, mi marido se preocupa de eso hace varios días.