—¿Por qué, si yo estaba aquí? Hace usted mal en no tener confianza en mí. Mire, su padre está tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me llama, y después vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su lado.

—¡Ah, qué bueno es usted de velarlo así!

Juan, contemplando siempre a la joven, respondió sonriendo:

—Entonces ¿usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que no... Porque eso me haría suponer que usted no es muy difícil de contentar en materia de acciones loables.

María Teresa, sin contestar, evolucionó lentamente por la pieza. Descubrió, en breve, lo que buscaba, sobre una pequeña mesa: jamón, pollo frío, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios para hacer té.

Se volvió hacia el joven:

—Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a pasar la noche. ¿Quiere usted que yo le sirva su cena?

—Gracias, no necesito nada.

—Sí, usted necesariamente tiene que tomar algo.

—No, no, se lo aseguro.