Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tomó un taburete y se sentó casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en silencio. Juan obedecía las menores órdenes de María Teresa, sintiendo una extraña voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y darse luego el placer de la obediencia.

—¡Juan, este sandwich más!

—No, no puedo...

—¡Es preciso!...

—No tengo más ganas.

—¡Yo lo quiero!

—Le aseguro...

—¡He dicho que quiero!

Y él tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. ¡Qué no habría comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabría los labios de su amiga! Murmuró:

—Como por demás... felizmente el té me salvará, si no concluiría usted por ahogarme.