Ella balbuceó sin fuerzas:

—¡Dios mío, Dios mío!

La hora que acababa de transcurrir había sido tan angustiosa para sus almas turbadas que, inconscientes, permanecieron así en brazos uno del otro, creyendo vivir en un sueño.

La joven fue la primera en reponerse; se apartó de Juan, y señalando la ventana:

—Es necesario abrir—dijo—no vemos a mi padre.

Juan obedeció.

La pálida claridad del alba naciente entró en la habitación.

Acostado en su lecho, el enfermo dormía; sus rasgos, momentos antes contraídos por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiración era menos jadeante, más regular.

María Teresa, aniquilada, se recostó en el gran sillón, en tanto que Juan, yendo hacia ella e inclinándose a su lado, le decía con voz grave:

—María Teresa ¿me perdonará usted algún día de haberme atrevido?... Dígame cuando menos que tengo disculpa; dígamelo, se lo suplico. ¡Hace tanto tiempo que ahogo mi corazón y sello mis labios para ocultar mi locura! Pero las palabras que acababa de oír ¿no eran como para hacerme perder la razón? Yo sé muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he tenido, se lo juro; yo sé que ama usted a otro... Esas palabras, las he pronunciado a pesar mío, mi amiga, mi hermana, al oírla llorar sobre mi pecho. ¡Le suplico que me diga que me perdona!... Yo haré lo que usted quiera, no volveré a verla más, renunciaré a mi única alegría: la de contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.