—Para tomar aire.

—¿No te bastan las ventanas abiertas?

—No.

—¿Prefieres la compañía de las tinieblas a la de las jóvenes que han venido a festejar a mi hermana?

—Desde aquí veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien como en el salón.

—Creo que muy poco te ocupas de esas señoritas, amigo mío; lo que tú miras es el suelo, y con tal persistencia, que hace un momento creía que te ejercitabas en clasificar científicamente las piedras de los caminos.

—Te engañabas, Jaime.

El tono seco de la réplica puso fin a las bromas del recién llegado. Distraídamente sacó una cigarrera de su bolsillo y tendiéndola hacia su compañero:

—¿Quieres uno?—dijo.

—No, gracias.