—No hay que hablar mal de los sports, señora; con ellos cuentan los sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses, no se han regenerado sino por la práctica constante de los ejercicios físicos. En el siglo último era un pueblo anémico; hoy figura entre los primeros, desde el punto de vista de la energía y de la resistencia; estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o burócratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que debe ocupar la gimnástica en la educación.
—Tiene usted razón, los sports son excelentes para la juventud. Sabía que usted era un fanático por ellos y que los practica todos con éxito.
—Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi tiempo.
—Es posible que los burócratas, a quienes usted reprocha el no dedicarse a esos placeres, según usted higiénicos, no tienen tan mala voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirán sino ser menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Están obligados a trabajar para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo, ¿no descuida acaso otros trabajos más serios, por cultivar sus gustos sportivos?
—¡Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no sé en qué ocuparlo. Mi madre tiene tantas relaciones, que yo encontraría fácilmente una ocupación si lo desease. En el día estoy apasionado del automovilismo. He encargado una máquina pequeña, práctica y elegante, que me será entregada en la primavera próxima, y si usted me permite hacerle los honores, sería muy dichoso, señora.
—Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a estas novedades; la tracción eléctrica, el vapor y el petróleo, son cosas que, en breve, no tendrán secretos para ellas.
—Es necesario, tía. Seríamos muy antiguas si ignorásemos eso.
—Entonces, yo lo seré siempre, hija mía.
Huberto se había levantado para despedirse.
—Señor, en París, yo permanezco en mi casa los miércoles, de cuatro a siete. Espero que usted nos demostrará su amistad yendo a vernos de tiempo en tiempo.