LV. Tercera vez consultó Creso al oráculo, por hallarse bien persuadido de su veracidad. La pregunta estaba reducida a saber si sería largo su reinado, a la cual respondió la Pitia de este modo:

Cuando el rey de los medos fuere un mulo,

Huye entonces al Hermo pedregoso,

Oh lidio delicado; y no te quedes

A mostrarte cobarde y sin vergüenza.

LVI. Cuando estos versos llegaron a noticia de Creso, holgose más con ellos que con los otros, persuadido de que nunca por un hombre reinaría entre los medos un mulo, y que por lo mismo ni él ni sus descendientes dejarían jamás de mantenerse en el trono. Pasó después a averiguar con mucho esmero quiénes de entre los griegos fuesen los más poderosos, a fin de hacerlos sus amigos, y por los informes halló que sobresalían particularmente los lacedemonios y los atenienses, aquellos entre los dorios, y estos entre los jonios.

Aquí debo prevenir que antiguamente dos eran las naciones más distinguidas en aquella región, la pelásgica y la helénica; de las cuales la una jamás salió de su tierra, y la otra mudó de asiento muy a menudo.[33] En tiempo de su rey Deucalión habitaba en la Ftiótide, y en tiempo de Doro el hijo de Helén, ocupaba la región Histiótide, que está al pie de los montes Osa y Olimpo. Arrojados después por los cadmeos de la Histiótide, establecieron su morada en Pindo, y se llamó con el nombre de Macedno. Desde allí pasó a la Driópide, y viniendo por fin al Peloponeso, se llamó la gente dórica.

LVII. Cuál fuese la lengua que hablaban los pelasgos, no puedo decir de positivo. Con todo, nos podemos regir por ciertas conjeturas tomadas de los pelasgos que todavía existen: primero, de los que habitan la ciudad de Crestona,[34] situada sobre los tirrenos (los cuales en lo antiguo fueron vecinos de los que ahora llamamos dorios, y moraban entonces en la región que al presente se llama la Tesaliótide); segundo, de los pelasgos que en el Helesponto fundaron a Placia y a Escílace (los cuales fueron antes vecinos de los atenienses); tercero, de los que se hallan en muchas ciudades pequeñas, bien que hayan mudado su antiguo nombre de pelasgos. Por las conjeturas que nos dan todos estos pueblos, podremos decir que los pelasgos debían hablar algún lenguaje bárbaro, y que la gente ática, siendo pelasga, al incorporarse con los helenos, debió de aprender la lengua de estos, abandonando la suya propia. Lo cierto es que ni los de Crestona ni los de Placia (ciudades que hablan entre sí una misma lengua) la tienen común con ninguno de aquellos pueblos que son ahora sus vecinos, ve donde se infiere que conservan el carácter mismo de la lengua que consigo trajeron cuando se fugaron en aquellas regiones.

LVIII. Por el contrario, la nación helénica, a mi parecer, habló siempre desde su origen el mismo idioma. Débil y separada de la pelásgica, empezó a crecer de pequeños principios, y vino a formar un grande cuerpo, compuesto de muchas gentes, mayormente cuando se le fueron allegando y uniendo en gran número otras bárbaras naciones,[35] y de aquí dimanó, según yo imagino, que la nación de los pelasgos, que era una de las bárbaras, nunca pudiese hacer grandes progresos.

LIX. De estas dos naciones oía decir Creso que el Ática se hallaba oprimida por Pisístrato, que a la sazón era señor o tirano de los atenienses. A su padre Hipócrates, asistiendo a los juegos olímpicos, le sucedió un gran prodigio, y fue que las calderas que tenía ya prevenidas para un sacrificio, llenas de agua y de carne, sin que las tocase el fuego, se pusieron a hervir de repente hasta derramarse. El lacedemonio Quilón, que presenció aquel portento, previno dos cosas a Hipócrates: la primera, que nunca se casase con mujer que pudiese darle sucesión; y la segunda, que si estaba casado, se divorciase luego y desconociese por hijo al que ya hubiese tenido.