CLXVII. Los prisioneros foceos que los cartagineses, y más todavía los tirrenos, hicieron en las naves destruidas, fueron sacados a tierra y muertos a pedradas. De resultas, los agileos[73] sufrieron una gran calamidad; pues todos los ganados de cualquiera clase, y hasta los hombres mismos que pasaban por el campo donde los foceos fueron apedreados, quedaban mancos, tullidos o apopléticos. Para expiar aquella culpa, enviaron a consultar a Delfos, y la Pitia les mandó que celebrasen, como todavía lo practican, unas magníficas exequias en honor de los muertos, con juegos gímnicos y carreras de caballos. Los otros foceos que se refugiaron en Regio, saliendo después de esta ciudad, fundaron en el territorio de Enotria[74] una colonia que ahora llaman Hiele;[75] y esto lo hicieron por haber oído a un hombre, natural de Posidonia, que la Pitia les había dicho en su oráculo que fundasen a Cirno, que es el nombre de un héroe, y no debía equivocarse con el de la isla.[76]

CLXVIII. Una suerte muy parecida a la de los foceos tuvieron los de Teos, pues estrechando Harpago su plaza con las obras que levantaba, se embarcaron en sus naves y se fueron a Tracia, donde habitaron en Abdera, ciudad que antes había edificado Timesio el clazomenio, puesto que no la había podido disfrutar por haberle arrojado de ella los tracios; pero al presente los teyos de Abdera le honran como a un héroe.

CLXIX. De todos los jonios estos fueron los únicos que, no pudiendo tolerar el yugo de los persas, abandonaron su patria; pero los otros (dejando aparte a los de Mileto) hicieron frente al enemigo; y mostrándose hombres de valor, combatieron en defensa de sus hogares, hasta que vencidos al cabo y hechos prisioneros, se quedaron cada uno en su país bajo la obediencia del vencedor. Los milesios, según ya dije antes, como habían hecho alianza con Ciro, se estuvieron quietos y sosegados. En conclusión, este fue el modo cómo la Jonia fue avasallada por segunda vez. Los jonios que moraban en las islas, cuando vieron que Harpago había sujetado ya a los del continente, temerosos de que no les acaeciese otro tanto, se entregaron voluntariamente a Ciro.

CLXX. Oigo decir que a los jonios, celebrando en medio de sus apuros un congreso en Panionio, les dio el sabio Biante, natural de Priene, un consejo provechoso que si le hubiesen seguido hubieran podido ser los más felices de la Grecia. Los exhortó a que, formando todos una sola escuadra, se fuesen a Cerdeña y fundaran allí un solo estado, compuesto de todas las ciudades jonias; con lo cual, libres de la servidumbre, vivirían dichosos, poseyendo la mayor isla de todas, y teniendo el mando en otras; porque si querían permanecer en la Jonia, no les quedaba, en su opinión, esperanza alguna de mantenerse libres o independientes.

También era muy acertado el consejo que antes de llegar a su ruina les había dado el célebre Tales, natural de Mileto, pero de una familia venida antiguamente de Fenicia. Este les proponía que se estableciese para todos los jonios una junta suprema en Teos, por hallarse esta ciudad situada en medio de la Jonia, sin perjuicio de que las otras tuviesen lo mismo que antes sus leyes particulares, como si fuese cada una un pueblo o distrito separado.

CLXXI. Harpago, después que hubo conquistado la Jonia, volvió sus fuerzas contra los carios, los caunios y los licios, llevando ya consigo las tropas jonias y eolias. Estos carios son una nación que dejando las islas se pasó al continente; y según yo he podido conjeturar, informándome de lo que se dice acerca de las edades más remotas, siendo ellos antiguamente súbditos de Minos, con el nombre de léleges, moraban en las islas del Asia, y no pagaban ningún tributo sino cuando lo pedía Minos, le tripulaban y armaban sus navíos; y como este monarca, siempre feliz en sus expediciones,[77] hiciese muchas conquistas, se distinguió en ellas la nación caria, mostrándose la más valerosa y apreciable de todas. A la misma nación se debe el descubrimiento de tres cosas de que usan los griegos; pues ella fue la que enseñó a poner crestas o penachos en los morriones, a pintar armas y empresas en los escudos, y a pegar en los mismos unas correas a manera de asas, siendo así que hasta entonces todos los que usaban de escudo le llevaban sin aquellas asas, y solo se servían para manejarle de unas bandas de cuero que colgadas del cuello y del hombro izquierdo se unían al mismo escudo. Los carios, después de haber habitado mucho tiempo en las islas, fueron arrojados de ellas por los jonios y dorios, y se pasaron al continente.

Esto es lo que dicen los cretenses; pero los carios pretenden ser originarios de la tierra firme, y haber tenido siempre el mismo nombre que ahora; y en prueba de ello muestran en Milasa un antiguo templo de Zeus Cario, el cual es común a los misios, como hermanos que son de los carios, puesto que Lido y Miso, como ellos dicen, fueron hermanos de Car. Los pueblos que tienen otro origen, aunque hablen la lengua de los carios, no participan de la comunión de aquel templo.

CLXXII. Los caunios, a mi entender, son originarios del país, por más que digan ellos mismos que proceden de Creta. Es difícil determinar si fueron ellos los que adoptaron la lengua caria o los carios la suya; lo cierto es que tienen unas costumbres muy diferentes de los demás hombres y de los carios mismos. En sus convites parece muy bien que se reúnan confusamente los hombres, las mujeres y los niños, según la edad y grados de amistad que median entre ellos. Al principio adoptaron el culto extranjero; pero arrepintiéndose después, y no queriendo tener más dioses que los suyos propios, tomaron todos ellos las armas, y golpeando con sus lanzas el aire, caminaron de este modo hasta llegar a los confines calíndicos, diciendo entretanto que con aquella operación echaban de su país a los dioses extraños.

CLXXIII. Los licios traen su origen de la isla de Creta, que antiguamente estuvo toda habitada de bárbaros. Cuando los hijos de Europa, Sarpedón y Minos, disputaron en ella el imperio, quedó Minos vencedor en la contienda y echó fuera de Creta a Sarpedón con todos sus partidarios. Estos se refugiaron en Milíade, comarca del Asia menor, y la misma que al presente ocupan los licios. Sus habitadores se llamaban entonces los solimos. Sarpedón tenía el mando de los licios, que a la sazón se llamaban los termilas, nombre que habían traído consigo y con el que todavía son llamados de sus vecinos. Pero después que Lico, el hijo de Pandión, fue arrojado de Atenas por su hermano Egeo, y refugiándose a la protección de Sarpedón, se pasó a los termilas,[78] estos vinieron con el tiempo a mudar de nombre, y tomando el de Lico, se llamaron licios. Sus leyes en parte son cretenses, y en parte carias; pero tienen cierto uso muy particular en el que no se parecen al resto de los hombres, y es el de tomar el apellido de las madres y no de los padres; de suerte que si a uno se le pregunta quién es y de qué familia procede, responde repitiendo el nombre de su madre y el sus abuelas maternas. Por la misma razón, si una mujer libre se casa con un esclavo, los hijos son tenidos por libres e ingenuos; y si al contrario un hombre libre, aunque sea de los primeros ciudadanos, toma una mujer extranjera o vive con una concubina, los hijos que nacen de semejante unión son mirados como bastardos e infames.

CLXXIV. Los carios en aquella época, sin dar prueba alguna de valor, se dejaron conquistar por Harpago; y lo mismo sucedió a los griegos que habitaban en aquella región. En ella moran los cnidios, colonos de los lacedemonios, cuyo país está en la costa del mar y se llama Triopio. La Cnidia, empezando en la península Bibasia, es un terreno rodeado casi todo por el mar, pues solo está unido con el continente por un paso de cinco estadios de ancho. Le baña por el norte el golfo Cerámico, y por el sur el mar de Sima y de Rodas. Los cnidios, queriendo hacer que toda la tierra fuese una isla perfecta, mientras Harpago se ocupaba en sujetar a la Jonia, trataron de cortar el istmo que los une con la tierra firme. Empleando mucha gente en la excavación, notaron que los trabajadores padecían muchísimo en sus cuerpos, y particularmente en los ojos de resultas de las piedras que rompían, y atribuyéndolo a prodigio o castigo divino, enviaron sus mensajeros a Delfos para consultar cuál fuese la causa de la dificultad y resistencia que encontraban. La Pitia, según cuentan los cnidios, les respondió así: