VI. La extensión del Egipto a lo largo de sus costas, según nosotros lo medimos, desde el golfo de Plintina hasta la laguna Serbónida, por cuyas cercanías se dilata el monte Casio, no es menor de 60 esquenos. Uso aquí de esta especie de medida por cuanto veo que los pueblos de corto terreno suelen medirlo por orgias; los que lo tienen más considerable, por estadios;[101] los de grande extensión, por parasangas, y los que lo poseen excesivamente dilatado, por esquenos. El valor de estas medidas es el siguiente: la parasanga comprende treinta estadios, y el esqueno, medida propiamente egipcia, comprende hasta sesenta. Así que lo largo del Egipto por la costa del mar es de 3600 estadios.

VII. Desde las costas penetrando en la tierra hasta que se llega a Heliópolis, es el Egipto un país bajo, llano y extendido, falto de agua, y de suyo cenagoso. Para subir desde el mar hacia la dicha Heliópolis, hay un camino que viene a ser tan largo como el que desde Atenas, comenzando en el Ara de los doce dioses, va a terminar en Pisa en el templo de Zeus Olímpico, pues si se cotejasen uno y otro camino, se hallaría ser bien corta la diferencia entre los dos, como solo de 15 estadios, teniendo el que va desde el mar a Heliópolis 1500 cabales, faltando 15 para este número al que une a Pisa con Atenas.

VIII. De Heliópolis arriba es el Egipto un angosto valle. Por un lado tiene la sierra de los montes de Arabia, que se extiende desde norte al mediodía y al viento Noto, avanzando siempre hasta el mar Eritreo; en ella están las canteras que se abrieron para las pirámides de Menfis. Después de romperse en aquel mar, tuerce otra vez la cordillera hacia la referida Heliópolis, y allí, según mis informaciones, en su mayor longitud de levante a poniente viene a tener un camino de dos meses, siendo su extremidad oriental muy feraz en incienso. He aquí cuanto de este monte puedo decir. Al otro lado del Egipto, confinante con la Libia, se dilata otro monte pedregoso, donde están las pirámides, monte encubierto y envuelto en arena, tendiendo hacia mediodía en la misma dirección que los opuestos montes de la Arabia. Así, pues, desde Heliópolis arriba, lejos de ensancharse la campiña, va alargándose como un angosto valle por cuatro días[102] enteros de navegación, en tanto grado que la llanura encerrada entre las dos sierras, la líbica y la arábiga, no tendrá a mi parecer más allá de 200 estadios en su mayor estrechura, desde la cual continúa otra vez ensanchándose el Egipto.

IX. Esta viene a ser la situación natural de aquella región. Desde Heliópolis hasta Tebas se cuentan nueve días de navegación, viaje que será de 4860 estadios, correspondientes a 81 esquenos: sumando, pues, los estadios que tiene el Egipto, son: 3600 a lo largo de la costa, como dejo referido; desde el mar hasta Tebas tierra adentro 6120,[103] y 1800, finalmente, de Tebas a Elefantina.

X. La mayor parte de dicho país, según decían los sacerdotes, y según también me parecía, es una tierra recogida y añadida lentamente al antiguo Egipto. Al contemplar aquel valle estrecho entre los dos montes que dominan la ciudad de Menfis, se me figuraba que habría sido en algún tiempo un seno de mar,[104] como lo fue la comarca de Ilión, la de Teutrania, la de Éfeso y la llanura del Meandro, si no desdice la comparación de tan pequeños efectos con aquel tan admirable y gigantesco. Porque ninguno de los ríos que con su poso llegaron a cegar los referidos contornos es tal y tan grande que se pueda igualar con una sola boca de las cinco[105] por las que el Nilo se derrama. Verdad es que no faltan algunos que sin tener la cuantía y opulencia del Nilo, han obrado, no obstante, en este género grandiosos efectos, muchos de los cuales pudiera aquí nombrar, sin conceder el último lugar al río Aqueloo, que corriendo por Acarnania y desaguando en sus costas, ha llegado ya a convertir en tierra firme la mitad de las islas Equínadas.

XI. En la región de Arabia, no lejos de Egipto, existe un golfo larguísimo y estrecho, el cual se mete tierra adentro desde el mar del sur, o Eritreo;[106] golfo tan largo que, saliendo de su fondo y navegándole a remo, no se llegará a lo dilatado del Océano hasta cuarenta días de navegación; y tan estrecho, por otra parte, que hay paraje en que se lo atraviesa en medio día de una a otra orilla; y siendo tal, no por eso falta en él cada día su flujo y reflujo concertado. Un golfo semejante a este imagino debió ser el Egipto que desde el mar Mediterráneo se internara hacia la Etiopía, como penetra desde el mar del sur hacia la Siria aquel golfo arábigo de que volveremos a hablar. Poco faltó, en efecto, para que estos dos senos llegasen a abrirse paso en sus extremos, mediando apenas entre ellos una lengua da tierra harto pequeña que los separa. Y si el Nilo quería torcer su curso hacia el golfo arábigo, ¿quién impidiera, pregunto, que dentro del término de veinte mil años a lo menos, no quedase cegado el golfo con sus avenidas? Mi idea por cierto es que en los últimos diez mil años que precedieron a mi venida al mundo, con el poso de algún río debió quedar cubierta y cegada una parte del mar. ¿Y dudaremos que aquel golfo, aunque fuera mucho mayor, quedase lleno y terraplenado con la avenida de un río tan opulento y caudaloso como el Nilo?

XII. En conclusión, yo tengo por cierta esta lenta y extraña formación del Egipto, no solo por el dicho de sus sacerdotes, sino porque vi y observé que este país se avanza en el mar más que los otros con que confina, que sobre sus montes se dejan ver conchas y mariscos,[107] que el salitre revienta de tal modo sobre la superficie de la tierra, que hasta las pirámides va consumiendo, y que el monte que domina a Menfis es el único en Egipto que se vea cubierto de arena. Añádase a lo dicho que no es aquel terreno parecido ni al de la Arabia comarcana, ni al de la Libia, ni al de los sirios, que son los que ocupan las costas del mar arábigo; pues no se ve en él sino una tierra negruzca y hendida en grietas, como que no es más que un cenagal y mero poso que, traído de la Etiopía, ha ido el río depositando, al paso que la tierra de Libia es algo roja y arenisca, y la de la Arabia y la de Siria es harto gredosa y bastante petrificada.

XIII. Otra noticia me referían los sacerdotes, que es para mí gran conjetura en favor de lo que voy diciendo. Contaban que en el reinado de Meris, con tal que creciese el río a la altura de ocho codos, bastaba ya para regar y cubrir aquella porción de Egipto que está más abajo de Menfis; siendo notable que entonces no habían trascurrido todavía novecientos años desde la muerte de Meris. Pero al presente ya no se inunda aquella comarca cuando no sube el río a la altura de dieciséis codos, o de quince por lo menos. Ahora bien; si va subiendo el terreno a proporción de lo pasado y creciendo más y más de cada día, los egipcios que viven más abajo de la laguna Meris, y los que moran en su llamado Delta,[108] si el Nilo no inundase sus campos en lo futuro, están a pique de experimentar en su país para siempre los efectos a que ellos decían, por burla, que los griegos estarían expuestos alguna vez. Sucedió, pues, que oyendo mis buenos egipcios en cierta ocasión que el país de los griegos se baña con agua del cielo, y que por ningún río como el suyo es inundado, respondieron el disparate, «que si tal vez les salía mal la cuenta, mucho apetito tendrían los griegos y poco que comer». Y con esta burla significaban, que si Dios no concedía lluvias a estos pueblos en algún año de sequedad que les enviara, perecerían de hambre sin remedio, no pudiendo obtener agua para el riego sino de la lluvia que el cielo les dispensara.

XIV. Bien está: razón tienen los egipcios para hablar así de los griegos; pero atiendan un instante a lo que pudiera a ellos mismos sucederles.[109] Si llegara, pues, el caso en que el país de que hablaba, situado más abajo de Menfis, fuese creciendo y levantándose gradualmente como hasta aquí se levantó, ¿qué les quedara ya a los egipcios de aquella comarca sino afinar bien los dientes sin tener dónde hincarlos? Y con tanta mayor razón, por cuanto ni la lluvia cae en su país, ni su río pudiera entonces salir de madre para el riego de los campos. Mas por ahora no existe gente, no ya entre los extranjeros, sino entre los egipcios mismos, que recoja con menor fatiga su anual cosecha que los de aquel distrito. No tienen ellos el trabajo de abrir y surcar la tierra con el arado, ni de escardar sus sembrados, ni de prestar ninguna labor de las que suelen los demás labradores en el cultivo de sus cosechas, sino que, saliendo el río de madre sin obra humana y retirado otra vez de los campos después de regarlos, se reduce el trabajo a arrojar cada cual su sementera, y meter en las tierras rebaños para que cubran la semilla con sus pisadas. Concluido lo cual, aguardan descansadamente el tiempo de la siega, y trillada su parva por las mismas bestias, recogen y concluyen su cosecha.

XV. Si quisiera yo adoptar la opinión de los jonios acerca del Egipto, probaría aún que ni un palmo de tierra poseían los egipcios en la antigüedad. Reducen los jonios el Egipto propiamente dicho al país del Delta, es decir, al país que se extiende a lo largo del mar por el espacio de cuarenta esquenos, desde la atalaya llamada de Perseo hasta el lugar de los Saladeros de Pelusio y que penetra tierra adentro hasta la ciudad de Cercasoro, donde el Nilo se divide en dos brazos que corren divergentes hacia Pelusio y hacia Canobo; el resto de aquel reino pertenece, según ellos, parte a la Libia, parte a la Arabia. Y siendo el Delta, en su concepto como en el mío, un terreno nuevo y adquirido, que salió ayer de las aguas por decirlo así, ni aun lugar tendrían los primitivos egipcios para morir y vivir. Y entonces, ¿a qué el blasón e hidalguía que pretenden de habitantes del mundo más antiguos? ¿A qué la experiencia verificada en sus dos niños para observar el idioma en que por sí mismos prorrumpiesen? Mas no soy en verdad de opinión que al brotar de las olas aquella comarca llamada Delta por los jonios, levantasen al mismo tiempo los egipcios su cabeza. Egipcios hubo desde que hombres hay, quedándose unos en sus antiguas mansiones, avanzando otros con el nuevo terreno para poblarlo y poseerlo.