CV. Y una vez que hablo de los colcos, no quiero omitir otra prueba de su mucha semejanza con los egipcios, con quienes frisa no poco su tenor de vida y su modo de hablar, y es el idéntico modo con que trabajan el lino. Verdad es que el de colcos se llama entre los griegos lino sardónico, y el otro egipcio, del nombre de su país.
CVI. Volviendo a las columnas que el rey Sesostris iba levantando en diversas regiones, si bien muchas ya no parecen al presente, algunas vi yo mismo existentes todavía en la Siria palestina, en las cuales leí la referida inscripción y noté grabados los miembros de una mujer. En la Jonia se dejan ver también dos figuras de aquel héroe esculpidas en mármoles; una en el camino que va a Focea desde el dominio de Éfeso; otra en el que va desde Sardes hacia Esmirna. En ambas partes vese grabado un varón alto de cinco palmos, armado con su lanza en la mano derecha, y con su ballesta en la izquierda, con la demás armadura correspondiente, toda etiópica y egipcia. Desde un hombro a otro corren esculpidas por el pecho unas letras egipcias con caracteres sagrados que dicen: Esta región la gané con mis hombres. Es verdad no se dice allí quién sea el conquistador representado, ni de dónde vino; pero en otras partes lo dejó expreso. Sé que algunos que vieron tales figuras conjeturan, sin dar en el blanco, si sería la imagen de Memnón.[177]
CVII. Añadían los sacerdotes que, vuelto Sesostris de sus conquistas con gran comitiva de prisioneros traídos de las provincias subyugadas, fue hospedado en Dafnes de Pelusio por un hermano encargado en su ausencia del gobierno del Egipto, quien durante el convite que daba como huéspedes a Sesostris y a sus hijos, mandó rodear de leña el exterior de la casa, y luego de amontonada se le diese fuego. Entendiendo Sesostris lo que se hacía, y consultando con su mujer, a quien llevaba siempre en su compañía, lo que en lance tan apretado debía hacerse, recibió de ella el consejo de arrojar a la hoguera dos de los seis hijos que allí tenía y formar con ellos un puente por el cual saliesen los demás salvos de aquel incendio; consejo que resolvió poner por obra, logrando salvarse con la pérdida de dos hijos, con los demás de la compañía.[178]
CVIII. Restituido Sesostris al Egipto y vengada desde luego la alevosía de su hermano, sirviose de la tropa de prisioneros que consigo llevaba en bien público del estado, pues ellos fueron los que en aquel reinado arrastraron al templo de Hefesto los mármoles que en él hay de una grandeza descomunal; ellos los empleados por fuerza en abrir los fosos y canales que al presente cruzan el Egipto, haciendo a su pesar que aquel país, antes llano, abierto como un coso a la caballería y a las ruedas de los carros, dejase de serlo en adelante; pues, en efecto, desde aquella sazón, aunque sea el Egipto una gran llanura, con los canales que en él se abrieron, muchos en número vueltos y revueltos hacia todas partes, se hizo impracticable a la caballería e intransitable a las ruedas. El objeto que tuvo aquel monarca cortando con tantos canales el terreno, fue proveer de agua saludable a sus vasallos, pues veía que cuantos egipcios habitaban tierra adentro apartados de las orillas del río, hallándose faltos de agua corriente al retirar el Nilo su avenida, acudían por necesidad a la de los pozos, bebida harto gruesa y pesada.
CIX. Cortado así el Egipto por los motivos expresados, el mismo Sesostris, a lo que decían, hizo la repartición de los campos, dando a cada egipcio su suerte cuadrada y medida igual de terreno;[179] providencia sabia por cuyo medio, imponiendo en los campos cierta contribución, logró fijar y arreglar las rentas anuas de la corona. Con este orden de cosas, si sucedía que el río destruyese parte de alguna de dichas suertes, debía su dueño dar cuenta de lo sucedido al rey, el cual, informado del caso, reconocía de nuevo por medio de sus peritos y medía la propiedad, para que, en vista de lo que había desmerecido, contribuyese menos al erario en adelante, a proporción del terreno que le restaba. Nacida de tales principios en Egipto la geometría, creo pasaría después a Grecia, conjetura que no es extraña, pues que los griegos aprendieron de los babilonios el reloj, el gnomon y el repartimiento civil de las doce horas del día.
CX. Sesostris fue el único que tuvo dominio sobre la Etiopía. Delante del templo de Hefesto dejó memoria de su reinado en unas estatuas de mármol que levantó, dos de las cuales, la suya y la de su esposa, tienen la altura de 30 codos, y de 20 las cuatro restantes, que son de sus hijos. Sucedió después que intentando el persa Darío colocar su estatua delante de la de Sesostris, se le opuso el sacerdote de Hefesto, diciéndole que no había llegado a las proezas de Sesostris, pues que este, no habiendo conquistado menos naciones que Darío, subyugó entre ellas a los escitas, a quienes el persa no pudo vencer, y que no siéndole superior en hazañas, no quisiera serlo tampoco en el honor y preeminencia de las estatuas. Y es singular que Darío, no llevando a mal la resistencia, disimulase la libertad y franqueza del sacerdote.
CXI. Muerto Sesostris, continuaban, tomó el mando del reino su hijo Ferón,[180] el cual, sin haber emprendido ninguna militar expedición, tuvo la desgracia de cegar. Bajaba el Nilo con una de las mayores avenidas que por entonces acostumbraba, llegando su creciente a 18 codos, y arrojado además sobre los campos, por desgracia, a impulsos de un viento impetuoso, se encrespaba como el mar, y levantaba sus olas. Viéndolo el rey, dicen que enfurecido tomó su lanza con ímpetu temerario e impío y la arrojó en medio de las ondas remolinadas del río. Allí mismo, sin dilatársele el castigo, enfermó de los ojos y perdió la vista. Diez años había que vivía ciego el monarca, cuando de la ciudad de Buto le llegó un oráculo en que se le anunciaba el término de su pena y castigo, y que iba a recobrar la vista solo con lavarse los ojos con la orina de una mujer tan continente, que sin comercio con ningún hombre extraño, solo fuese conocida de su marido. Quiso empezar su tentativa con la de su propia mujer; pero no surtiendo efecto, siguió haciendo prueba en la de muchas otras, hasta que por fin recobró la vista. Mandó que todas las mujeres en cuya orina había probado remedio, excepto aquella que se lo había dado, fuesen conducidas a cierta ciudad que se llama al presente Eritrebelos, y allí todas quemadas de una vez; y no menos agradecido que severo, quiso tomar por esposa aquella a quien debía el recobro de la vista. Entre otras muchas dádivas que, libre de su ceguera, consagró en los templos de más fama y consideración, merecen atención particular los monumentos, dignos en verdad de verse, que erigió en el templo del Sol, y son dos obeliscos de mármol, cada uno de una sola pieza y de cien codos de alto y ocho de grueso.
CXII. A este monarca dan por sucesor en el trono a un ciudadano de Menfis, cuyo nombre griego es Proteo,[181] que tiene actualmente en aquella ciudad un templo y bosque religioso muy bello y adornado, alrededor del cual tienen su casa los fenicios de Tiro, circunstancia por la que se llama aquel lugar el campo de los fenicios. Dentro de este recinto sagrado hállase también un templo que tiene el nombre de Afrodita la huéspeda, y que creo, a no engañarme, será Helena, hija de Tíndareo, pues según he oído decir estuvo Helena en el palacio de Proteo, y no hay además, otro templo de los delicados a Afrodita que lleve el renombre de huéspeda o de peregrina.
CXIII. He aquí en verdad lo que me referían los sacerdotes acerca de Helena cuando yo les pedía informes. Al volver a su patria Alejandro en compañía de Helena, a quien había robado en Esparta, unos vientos contrarios le arrojaron desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas, no mitigándose la tempestad, se vio obligado a tomar tierra y aportar a las Tariquías, situadas en la boca del Nilo que llaman Canóbica. Había a la sazón en dicha playa, y lo hay todavía, un templo, dedicado a Heracles, asilo tan privilegiado al mismo tiempo que el esclavo que en él se refugiaba, de cualquier dueño fuese, no podía ser por nadie sacado de allí, siempre que dándose por siervo de aquel dios se dejase marcar con sus armas o sello sagrado, ley que desde el principio hasta el día se ha mantenido siempre en todo su vigor. Informados, pues, los criados de Alejandro del asilo y privilegios del templo, se acogieron a aquel sagrado con ánimo de dañar a su señor, y le acusaron refiriendo circunstanciadamente cuanto había pasado en el rapto de Helena y en el atentado contra Menelao; deposición criminal que hicieron no solo en presencia de los sacerdotes de aquel templo, sino también de Tonis, gobernador de aquel puerto y desembocadura.
CXIV. Apenas acabó este de oír la declaración de los esclavos, cuando despacha a Menfis un expreso para Proteo con orden de decirle: «Acaba de llegar un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro, que ha cometido en Grecia una impía y temeraria violencia, viniendo de allí con la esposa de su mismo huésped furtivamente seducida; y trayendo con ella inmensos tesoros, arribó a tierra arrojado por la tempestad. ¿Qué haremos, pues, con él? ¿Le dejaremos salir impunemente del puerto con sus naves, o le despojaremos de cuanto consigo lleva?». Proteo, avisado, envió luego un correo con la siguiente respuesta: «A ese hombre, sea quien fuere, que tal maldad y perfidia contra su mismo huésped ha cometido, prendédmelo sin falta y llevadle a mi presencia para oír qué razón da de sí y de su crimen».