CLXXV. En honor de Atenea edificó Amasis en Sais unos propileos tan admirables, que así en lo vasto y elevado de la fábrica como en el tamaño de las piedras y calidad de los mármoles, sobrepujó a los demás reyes: además levantó allí mismo unas estatuas agigantadas y unas descomunales androsfinges.[236] Para reparar los demás edificios mandó traer otras piedras de extraordinaria magnitud, acarreadas unas desde la cantera vecina a Menfis, y otras de enorme mole traídas desde Elefantina, ciudad distante de Sais veinte días de navegación. Otra cosa hizo también que no me causa menos admiración, o por mejor decir, la aumenta considerablemente. Desde Elefantina hizo trasladar una casa entera de una sola pieza: tres años se necesitaron para traerla y dos mil conductores encargados de la maniobra, todos pilotos de profesión. Esta casa monolitha, es decir, de una piedra, tiene 21 codos de largo, 14 de ancho y ocho de alto por la parte exterior, y por la interior su longitud es de 18 codos y 20 dedos, su anchura de 12 codos y de cinco su altura. Hállase esta pieza en la entrada misma del templo, pues, según dicen, no acabaron de arrastrarla allá dentro, porque el arquitecto, oprimido de tanta fatiga y quebrantado con el largo tiempo empleado en la maniobra prorrumpió allí en un gran gemido, como de quien desfallece, lo cual advirtiendo Amasis no consintió la arrastraran más allá del sitio en que se hallaba; aunque no falta quienes pretenden que el motivo de no haber sido llevada hasta dentro del templo fue por haber quedado oprimido bajo la piedra uno de los que la movían con palancas.

CLXXVI. En todos los demás templos de consideración dedicó también Amasis otros grandiosos monumentos dignos de ser vistos. Entre ellos colocó en Menfis, delante del templo de Hefesto, un coloso recostado de 75 pies de largo, y en su misma base hizo erigir a cada lado otros dos colosos de mármol etiópico[237] de 20 pies de altura. Otro de mármol hay en Sais, igualmente grande y tendido boca arriba del mismo modo que el coloso de Menfis mencionado. Amasis fue también el que hizo en Menfis construir un templo a Isis, monumento realmente magnífico y hermoso.

CLXXVII. Es fama que en el reinado de Amasis fue cuando el Egipto, así por el beneficio que sus campos deben al río, como por la abundancia que deben los hombres a sus campos, se vio en el estado más opulento y floreciente en que jamás se hubiese hallado, llegando sus ciudades al número de 20.000,[238]todas habitadas. Amasis es mirado entre los egipcios como el autor de la ley que obligaba a cada uno en particular a que en presencia de su respectivo nomarca, o prefecto de provincia, declarase cada año su modo de vivir y oficio, so pena de muerte al que no lo declaraba o no lo mostraba justo y legítimo; ley que, adoptándola de los egipcios, impuso Solón Ateniense a sus ciudadanos, y que siendo en sí muy loable y justificada es mantenida por aquel pueblo en todo su vigor.

CLXXVIII. Como sincero amigo de los griegos, no se contentó Amasis con hacer muchas mercedes a algunos individuos de esta nación, sino que concedió a todos los que quisieran pasar al Egipto la ciudad de Náucratis para que fijasen en ella su establecimiento, y a los que rehusaran asentar allí su morada les señaló lugar donde levantaran a sus dioses aras y templos, de los cuales el que llaman Helénico es sin disputa el más famoso, grande y frecuentado. Las ciudades que, cada cual por su parte, concurrieron a la fábrica de este monumento fueron: entre las jonias, las de Quíos, la de Teos, la de Focea y la de Clazómenas; entre las dóricas, las de Rodas, Cnido, Halicarnaso y Fasélide, y entre las eolias únicamente la de Mitilene. Estas ciudades, a las cuales pertenece el Helénico, son las que nombran los presidentes de aquel emporio o directores de su comercio,[239] pues las demás que pretenden tener parte en el templo solicitan un derecho que de ningún modo les compete. Otras ciudades erigieron allí mismo templos particulares, uno a Zeus los eginetas, otro a Hera los samios, y los milesios uno a Apolo.

CLXXIX. La ciudad de Náucratis era la única antiguamente que gozaba el privilegio de emporio,[240] careciendo todas las demás de Egipto de tal derecho; y esto en tal grado, que al que aportase a cualquiera de las embocaduras del Nilo que no fuera la Canóbica, se le exigía el juramento de que no había sido su ánimo arribar allá, y se le precisaba luego a pasar en su misma nave a la boca Canóbica; y si los vientos contrarios le impedían navegar hacia ella, érale absolutamente forzoso rodear el Delta con las barcas del río, trasladando en ellas la carga hasta llegar a Náucratis: tan privilegiado era el emporio de esta ciudad.

CLXXX. Habiendo abrasado un incendio casual el antiguo templo en que Delfos existía, alquilaron los Anfictiones por 300 talentos a algunos asentistas la fábrica del que allí se ve en la actualidad. Los vecinos de Delfos, obligados a contribuir con la cuarta parte de la suma fijada,[241] iban girando por varias ciudades a fin de recoger limosna para la nueva fábrica; y no fue ciertamente del Egipto de donde menos alcanzaron, habiéndoles dado Amasis 1000 talentos de alumbre y 20 minas los griegos allí establecidos.

CLXXXI. Formó Amasis un tratado de amistad y alianza mutua con los de Cirene, de entre los cuales no se desdeñó de tomar una esposa, ya fuera por antojo o pasión de tener por mujer a una griega, ya por dar a estos una nueva prueba de su afecto y unión. La mujer con quien casó se llamaba Ládice, y era, según unos, hija de Batto; según otros, de Arcesilao, y según algunos, en fin, lo era de Critóbulo, hombre de gran autoridad y reputación en Cirene. Cuéntase que Amasis, durmiendo con su griega, jamás podía llegar a conocerla, siendo por otra parte muy capaz de conocer a las otras mujeres. Y viendo que siempre sucedía lo mismo, habló a su esposa de esta suerte: «Mujer: ¿qué has hecho conmigo? ¿qué hechizos me has dado? Perezca yo, si ninguno de tus artificios te libra del mayor castigo que jamás se dio a mujer alguna». Negaba Ládice; mas por eso no se aplacaba Amasis. Entonces ella va al templo de Afrodita, y hace allí un voto prometiendo enviar a Cirene una estatua de la diosa, con tal que Amasis la pudiera conocer aquella misma noche, único remedio de su desventura. Hecho este voto, pudo conocerla el rey, y continuó lo mismo en adelante, amándola desde entonces con particular cariño. Agradecida Ládice, envió a Cirene, en cumplimiento de su voto, la estatua prometida, que se conserva allí todavía, vuelta la cara hacia fuera de la ciudad. Cuando Cambises se apoderó después del Egipto, al oír de la misma Ládice quién era, la remitió a Cirene sin permitir se la hiciera el menor agravio en su honor.

CLXXXII. En la Grecia ofreció Amasis algunos donativos religiosos; tal es la estatua dorada de Atenea que dedicó en Cirene con un retrato suyo que al vivo le representa; tales son dos estatuas de mármol de Atenea, ofrecidas en Lindos,[242] juntamente con una coraza de lino, obra digna de verse; y tales son, en fin, dos estatuas de madera de Hera que hasta mis días estaban en el gran templo de Samos colocadas detrás de sus puertas. En cuanto a las ofrendas de Samos, hízolas Amasis por la amistad y vínculo de hospedaje que tenía con Polícrates, hijo de Eaces y señor de Samos. Por lo que toca a los donativos de Lindos, no le indujo a hacerlos ningún motivo de amistad, sino la fama solamente de que llegadas allí las hijas de Dánao, al huir de los hijos de Egipto, fueron las fundadoras de aquel templo. Estos dones consagró, en suma, en Grecia Amasis, quien fue el primero que, conquistada la isla de Chipre, la obligó a pagarle tributo.[243]

LIBRO TERCERO.