IX. Volviendo al asunto, el árabe, concluido ya su tratado público con los embajadores de Cambises, para servir a su aliado, tomó el medio de llenar de agua unos odres hechos de pieles de camellos, y cargando con ellos a cuantas bestias pudo encontrar, adelantose con sus recuas y esperó a Cambises en lo mas árido de los desiertos. De todas las relaciones es esta la más verosímil; pero como corre otra, aunque lo sea menos, preciso es referirla. En la Arabia hay un río llamado Coris que desemboca en el mar conocido por Eritreo. Refiérese, pues, que el rey de los árabes, formando un acueducto hecho de pieles crudas de bueyes y de otros animales, tan largo y tendido, que desde el Coris llegase al arenal mencionado, por este canal trajo el agua hasta unos grandes aljibes que para conservarla había mandado abrir en aquellos páramos del desierto. Dicen que a pesar de la distancia de doce jornadas que hay desde el río hasta el erial, el árabe condujo el agua a tres parajes distintos por tres canales separados.
X. En tanto que se hacían los preparativos, atrincherose Psaménito, hijo de Amasis, cerca de la boca del Nilo que llaman Pelusia, esperando allí a Cambises, pues este, al tiempo de invadir con sus tropas el Egipto, no encontró ya vivo a Amasis, el cual acababa de morir después de un reinado feliz de 44 años, en que jamás le sucedió desventura alguna de gran monta. Su cadáver embalsamado se depositó en la sepultura que él mismo se había hecho fabricar en un templo durante su vida. Reinando ya su hijo Psaménito en Egipto, sucedió un portento muy grande y extraordinario para los egipcios, pues llovió en su ciudad de Tebas, donde antes jamás había llovido, ni volvió a llover después hasta nuestros días, según los mismos tebanos aseguran.[251] Es cierto que no suele verse caer una gota de agua en el alto Egipto, y sin embargo, caso extraño, viose entonces en Tebas caer el agua hilo a hilo de los cielos.
XI. Salidos los persas de los eriales del desierto, plantaron su campo vecino al de los egipcios para venir con ellos a las manos.[252] Allí fue donde las tropas extranjeras al servicio del Egipto, en parte griegas y en parte carias, llevadas de ira y encono contra Fanes por haberse hecho adalid de un ejército enemigo de otra lengua y nación, maquinaron contra él una venganza bárbara e inhumana. Tenía Fanes unos hijos que había dejado en Egipto, y haciéndolos venir al campo los soldados mercenarios, los presentan en medio de entrambos reales a la vista de su padre, colocan después junto a ellos una gran taza, y sobre ella los van degollando uno a uno, presenciando su mismo padre el sacrificio. Acabada de ejecutar tal carnicería en aquellas víctimas inocentes, mezclan vino y agua con la sangre humana, y habiendo de ella bebido todas las guardias extranjeras, cierran con el enemigo. Empeñada y reñida fue la refriega, cayendo de una y otra parte muchos combatientes, hasta que al fin cedieron el campo los egipcios.
XII. Hallándome en el sitio donde se dio la batalla, me hicieron los egipcios observar una cosa que me causó mucha novedad. Vi por el suelo unos montones de huesos, separados unos de otros, que eran los restos de los combatientes caídos en la acción; y dije separados, porque según el sitio que en sus filas habían ocupado las huestes enemigas, estaban allí tendidos de una parte los huesos de los persas, y de otra los de los egipcios. Noté, pues, que los cráneos de los persas eran tan frágiles y endebles que con la menor chinita que se los tire se los pasará de parte a parte; y al contrario, tan sólidas y duras las calaveras egipcias que con un guijarro que se les arroje apenas se podrá romperlas. Dábanme de esto los egipcios una razón a la que yo llanamente asentía, diciéndome que desde muy niño suelen raer a navaja sus cabezas, con lo cual se curten sus cráneos y se endurecen al calor del sol. Y este mismo es sin duda el motivo porque no encalvecen, siendo averiguado que en ningún país se ven menos calvos que en Egipto, y esta es la causa también de tener aquella gente tan dura la cabeza. Y al revés, la tienen los persas tan débil y quebradiza, porque desde muy tiernos la defienden del sol, cubriéndosela con sus tiaras hechas de fieltro a manera de turbantes.[253] Esta es la particularidad que noté en dicho campo, e idéntica es la que noté en los otros persas que, conducidos por Aquemenes, hijo de Darío, quedaron juntamente con su jefe vencidos y muertos por Inaro el libio, no lejos de Papremis.
XIII. Volvamos a los egipcios derrotados, que vueltas una vez las espaldas al enemigo en la batalla, se entregaron a la fuga sin orden alguno. Encerráronse después en la plaza de Menfis, adonde Cambises les envió río arriba una nave de Mitilene, en que iba un heraldo persa encargado de convidarlos a una capitulación. Apenas la ven entrar en Menfis, cuando saliendo en tropel de la fortaleza y arrojándose sobre ella, no solo la echan a pique, sino que despedazan a los hombres de la tripulación, y cargando con sus miembros destrozados, como si vinieran de la carnicería, entran con ellos en la plaza. Sitiados después en ella, se entregaron al persa a discreción al cabo de algún tiempo. Pero los libios que confinan con el Egipto, temerosos con lo que en él sucedía, sin pensar en resistir se entregaron a los persas, imponiéndose por sí mismo cierto tributo y enviando regalos a Cambises. Los colones griegos de Barca y de Cirene, no menos amendrentados que los libios, les imitaron en rendirse al vencedor. Diose Cambises por contento y satisfecho con los dones que recibió de los libios; pero se mostró quejoso y aun irritado por los presentes venidos de Cirene, por ser a lo que imaginaba cortos y mezquinos. Y, en efecto, anduvieron con él escasos los cireneos enviándole solamente 500 minas de plata, las que fue cogiendo a puñados y derramando entre las tropas por su misma mano.
XIV. Al décimo día después de rendida la plaza de Menfis, ordenó Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que solo seis meses había reinado, en compañía de otros egipcios, fuera expuesto en público y sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo el ánimo y carácter real de su prisionero. A una hija que Psaménito tenía, mandola luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por agua; y en compañía de ella, por mayor escarnio, otras doncellas escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas con grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no pudieron menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas tan maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al ver y conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que bajar sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habían pasado las damas con sus cántaros, cuando Cambises tenía ya prevenida otra prueba mayor, haciendo que allí mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese también el príncipe su hijo con otros 2000 egipcios, todos mancebos principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con mordazas en la boca. Iban estas tiernas víctimas al suplicio para vengar en ellas la muerte de los que en Menfis habían perecido en la nave de Mitilene, pues tal había sido la sentencia de los jueces regios, que murieran diez de los egipcios principales por cada uno de los que, embarcados en dicha nave, habían cruelmente fenecido. Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre ellos divisó al príncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los sollozos y alaridos que daban los egipcios sentados en torno de él, no hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado de pordiosero, venía por entre las tropas pidiendo a todos suplicante una limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios, partícipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien le ve Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio nombre al amigo mendicante, empieza a desgreñarse dándose con los puños en la frente y en la cabeza. De cuanto hacía el prisionero en cada una de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persas que estaban por allí apostadas iban dando cuenta a Cambises. Admirado este de lo que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una pregunta: «Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís». A esta pregunta que se le hacía respondió Psaménito en estos términos: «Buen hijo de Ciro, tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con qué llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del sepulcro pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía». Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oírla, dicen los egipcios que lloró Creso, que había seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo enterneciose por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su presencia.
XV. Los que fueron al cadalso con el perdón no hallaron ya vivo al príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor, corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se le hubiera dado en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado que en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de los persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre, no es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el libio,[254] el cual recobró de ellos el dominio que había tenido su padre; y también con Pausiris, que recibió de manos de los mismos el estado de su padre Amirteo, y esto cuando quizá no ha habido hasta ahora quien mayores males hayan causado a los persas que Inaro y Amirteo. Pero el daño estuvo en que no dejando Psaménito de conspirar contra su soberano, le fue forzoso llevar por ello su castigo; pues habiendo llegado a noticia de Cambises que había sido convencido de intentar la sublevación de los egipcios, Psaménito se dio a sí mismo una muerte repentina, bebiendo la sangre de un toro: tal fue el fin de este rey.
XVI. De Menfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de hacer lo siguiente: Apenas entró en el palacio del difunto Amasis, cuando sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y obedecido con toda prontitud, ordena allí mismo que azoten al muerto, que le arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de hierro, y que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los ejecutores de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba lugar el cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia, y no satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que el muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los persas por dios.
En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada, diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba de devorar.[255] Por lo mismo guárdanse bien los egipcios de echar cadáver alguno a las fieras o a cualesquiera otros animales, antes bien los adoban y embalsaman a fin de impedir que, enterrados, los coman los gusanos. Se ve, pues, que lo que obró Cambises con Amasis era contra el uso de entrambas naciones. Verdad es que si hemos de creer a los egipcios, no fue Amasis quien tal padeció, sino cierto egipcio de su misma edad, a quien atormentaron los persas creyendo atormentar a aquel; lo que, según cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo aún Amasis, supo por aviso de un oráculo lo que le esperaba después de su muerte; prevenido, pues, quiso abrigarse antes de la tempestad, y para evitar la calamidad venidera, mandó que aquel hombre muerto que después fue azotado por Cambises fuese depositado en la misma entrada de su sepulcro, dando juntamente orden a su hijo de que su propio cuerpo fuese retirado en un rincón el más oculto del monumento. Pero a decir verdad, estos encargos de Amasis y su oculta sepultura, y el otro cadáver puesto a la entrada, no me parecen sino temerarias invenciones con que los vanos egipcios se pavonean.
XVII. Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio de emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra los carquedonios o cartagineses, otra contra los amonios, y la tercera contra los etíopes macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre las costas del mar Meridional.[256] Tomado acuerdo, le pareció enviar contra los carquedonios sus armadas navales, contra los amonios parte de su tropa escogida, y contra los etíopes unos exploradores que de antemano se informasen del estado de la Etiopía, y procurasen averiguar particularmente si era verdad que existiese allí la mesa del sol, de que se hablaba; y para que mejor pudiesen hacerlo quiso que de su parte presentasen sus regalos al rey de los etíopes.