LIBRO PRIMERO.
CLÍO.[2]
Rapto de Ío, Europa, Medea y Helena. — Expedición de los griegos contra Troya. — El imperio de los Heráclidas pasa a manos de Giges. — Su descendencia: Ardis, Sadiates, Aliates. — Guerra contra los de Mileto. — Fábula de Arión. — Creso conquista algunos pueblos de Grecia, despide a Solón de su corte y es castigado con la muerte de su hijo. Consulta a los oráculos sobre la guerra de Persia, y envía dones a Delfos. Deseando aliarse con el imperio más poderoso de Grecia, vacila entre los atenienses y lacedemonios. — Estado de ambas naciones, dominada la primera por el tirano Pisístrato, y la segunda en guerra con los de Tegea. — Decídese Creso por los lacedemonios; hace alianza con ellos y marcha en seguida contra los persas; pasa el río Halis, pelea con Ciro en Pteria y se retira a Sardes, donde sitiado, y en breve prisionero de los persas, se liberta de la muerte milagrosamente. — Respuesta del oráculo a sus increpaciones. — Costumbres, historia y monumentos de los lidios. — Origen del imperio de los medos. — Política de Deyoces para subir al poder: su descendencia: Fraortes, Ciaxares, Astiages. — Aventuras de Ciro durante su niñez, su abandono, reconocimiento y venganza contra Astiages, a quien destrona, haciendo triunfar a los persas de los medos. — Religión de los persas, sus leyes y costumbres. — Guerra de Ciro contra los jonios, historia de estos y preparativos para resistirle. — Sublevación de los lidios contra Ciro instigados por Pactias. — Derrota y conquista de los jonios y otros pueblos de Grecia por Harpago, entretanto que Ciro sujeta al Asia superior, y en especial la Asiria. — Descripción de Babilonia, asedio y toma de aquella ciudad. Costumbres de los babilonios. — Desea Ciro conquistar a los maságetas: rehusando Tomiris, su reina, casarse con él, toma pretexto de esta repulsa para invadir el país, y después de una victoria parcial es vencido y muerto.
La publicación[3] que Heródoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos, como de los bárbaros.[4] Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros.
I. La gente más culta de Persia y mejor instruida en la historia pretende que los fenicios fueron los autores primitivos de todas las discordias que se suscitaron entre los griegos y las demás naciones. Habiendo aquellos venido del mar Eritreo[5] al nuestro, se establecieron en la misma región que hoy ocupan, y se dieron desde luego al comercio en sus largas navegaciones. Cargadas sus naves de géneros propios del Egipto y de la Asiria, uno de los muchos y diferentes lugares donde aportaron traficando fue la ciudad de Argos,[6] la principal y más sobresaliente de todas las que tenía entonces aquella región que ahora llamamos Hélade.[7]
Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número concurrieron a la playa, fue una la joven Ío,[8] hija de Ínaco, rey de Argos, a la cual dan los persas el mismo nombre que los griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los fenicios el pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros, arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras, fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se hicieron luego a la vela.
II. Así dicen los persas que Ío fue conducida al Egipto, no como nos lo cuentan los griegos,[9] y que este fue el principio de los atentados públicos entre asiáticos y europeos, mas que después ciertos griegos (serían a la cuenta los cretenses, puesto que no saben decirnos su nombre), habiendo aportado a Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron a aquel príncipe una hija, por nombre Europa,[10] pagando a los fenicios la injuria recibida con otra equivalente.
Añaden también que no satisfechos los griegos con este desafuero, cometieron algunos años después otro semejante; porque habiendo navegado en una nave larga[11] hasta el río Fasis, llegaron a Ea en la Cólquide, donde después de haber conseguido el objeto principal de su viaje, robaron al rey de Colcos una hija, llamada Medea.[12] Su padre, por medio de un heraldo que envió a Grecia, pidió, juntamente con la satisfacción del rapto, que le fuese restituida su hija; pero los griegos contestaron, que ya que los asiáticos no se la dieran antes por el robo de Ío, tampoco la darían ellos por el de Medea.
III. Refieren además, que en la segunda edad[13] que siguió a estos agravios, fue cometido otro igual por Alejandro, uno de los hijos de Príamo. La fama de los raptos anteriores, que habían quedado impunes, inspiró a aquel joven el capricho de poseer también alguna mujer ilustre robada de la Grecia, creyendo sin duda que no tendría que dar por esta injuria la menor satisfacción. En efecto, robó a Helena,[14] y los griegos acordaron enviar luego embajadores a pedir su restitución y que se les pagase la pena del rapto. Los embajadores declararon la comisión que traían, y se les dio por respuesta, echándoles en cara el robo de Medea, que era muy extraño que no habiendo los griegos por su parte satisfecho la injuria anterior, ni restituido la presa, se atreviesen a pretender de nadie la debida satisfacción para sí mismos.