XLVIII. Con mucho empeño concurrieron los corintios a que se efectuase dicha expedición a Samos, resentidos contra los samios, de quienes una era antes de esta expedición, y al tiempo mismo en que fue robada la mencionada copa a los lacedemonios, habían recibido una injuria con el siguiente motivo. Periandro, hijo de Cípselo, enviaba a Sardes, al rey Aliates, 300 niños tomados de las primeras familias de Córcira, con el destino de ser reducidos a la condición de eunucos. Habiendo de camino tocado en Samos los corintios que conducían a los desgraciados niños, informados los samios del motivo y destino con que se los llevaba a Sardes, lo primero que con ellos hicieron fue prevenirles que se refugiasen al templo de Artemisa. Refugiados allí los niños, no permitiendo, por una parte los samios a los corintios que se les sacase del asilo con violencia, ni consintiendo, por otra, los corintios a aquellos que llevasen de comer a los refugiados, discurrieron los samios para socorrer a los niños instituir cierta fiesta que se celebra todavía del mismo modo. Consistía en que venida la noche, todo el tiempo que los niños se mantuvieron allí refugiados, las doncellas y mancebos de Samos armaban sus coros y danzas, introduciendo en ellas la costumbre de llevar cada cual su torta hecha con miel, de forma que pudieran tomarla los niños, que en efecto la tomaban para su sustento. Dilatose tanto la fiesta, que al cabo, cansadas de aguardar en vano las guardias corintias, se retiraron de la isla, y los samios restituyeron a Córcira aquella tropa de niños sin castrar.[272]
XLIX. Bien veo que si muerto Periandro hubieran corrido los corintios en buena armonía con los naturales de Córcira, no hubiera sido bastante la pasada injuria para que tanto favorecieran aquellos la jornada de Samos. Mas, por desgracia, los dos pueblos desde que la isla se pobló[273] nunca han podido tener un día de paz y sosiego: y así es que los corintios deseaban tomar venganza de los de Samos por la injuria referida. Por lo que toca a Periandro, el motivo que le movió a enviar a Sardes los niños escogidos y sacados de entre los principales vecinos de Córcira para que fuesen hechos eunucos, fue el deseo de vengarse de un atentado mayor que contra él habían cometido aquellos naturales.
L. Para declarar el hecho, debe saberse que después que Periandro quitó la vida a su misma esposa Melisa, quiso el destino que tras aquella calamidad le sucediese también otra doméstica. Tenía en casa dos hijos habidos en Melisa, los dos aún mancebos, uno de 16 y otro de 18 años de edad. Habiéndolos llamado a su corte su abuelo materno, Procles, señor de Epidauro,[274] los recibió con mucho cariño y los agasajó como convenía y como suelen los abuelos a sus nietos. Al tiempo de volverse los jóvenes a Corinto, habiendo salido Procles acompañándolos por largo trecho, les dijo estas palabras al despedirse: «¡Ah, hijos míos, si sabéis acaso quién mató a vuestra madre!». El mayor no hizo alto en aquella expresión de despedida; pero al menor, llamado Licofrón, le impresionó de tal modo, que vuelto a Corinto, ni saludar quiso a su padre, que había sido el matador, ni responder a ninguna pregunta que le hiciera; llegando a tal punto que Periandro, lleno de enojo, echó al hijo fuera de su casa.
LI. Echado su hijo menor, procuró Periandro saber del mayor lo que les había dicho y prevenido su abuelo materno. El mozo, sin acordarse de la despedida de Procles, a que no había particularmente atendido, dio cuenta a su padre de las demostraciones de cariño con que habían sido recibidos y tratados por el abuelo; pero replicándole Periandro que no podía menos de haberles aquel sugerido algo más, y porfiando mucho al mismo tiempo en querer saberlo todo puntualmente, hizo por fin memoria el hijo de las palabras que usó con ellos el abuelo al despedirse y las refirió a su padre. Bien comprendió Periandro lo que significaba aquella despedida; mas con todo nada quiso aflojar del rigor que usaba con su hijo, sino que, enviando orden al dueño de la casa donde se había refugiado, le prohibió darle acogida en ella. Echado el joven de su posada, se acogió de nuevo a otra, de donde por las amenazas de Periandro y por la orden expresa para que de allí se le sacara, fue otra vez arrojado. Despedido segunda vez de su albergue, fuese a guarecer a casa de unos amigos y compañeros suyos, quienes, no sin mucho miedo y recelo, al cabo por ser hijo de Periandro, resolvieron darle acogida.
LII. Por abreviar la narración, mandó Periandro publicar un bando para que nadie admitiera en su casa a su hijo ni le hablara palabra, so pena de cierta multa pecuniaria que en él se imponía, pagadera al templo de Apolo. En efecto, publicado ya este pregón, nadie hubo que le quisiera saludar ni menos recibir en su casa, mayormente cuando el mismo joven por su parte no tenía por bien solicitar a nadie para que contraviniera al edicto de su padre, sino que sufriendo con paciencia la persecución paterna, vivía bajo los portales de la ciudad, andando de unos a otros. Cuatro días habían ya pasado, y viéndole el mismo Periandro transido de hambre, desfigurado y sucio, no le sufrió más el corazón tratarle con tanta aspereza; y así, aflojando su rigor, se le acercó y le habló de esta manera: «¡Por vida de los dioses, hijo mío! ¿Cuándo acabarás de entender lo que mejor te está, si el verte en la miseria en que te hallas, o tener parte en las comodidades del principado que poseo, solo con mostrarte dócil y obediente a tu padre? ¿Es posible que, siendo tú hijo mío y señor de Corinto la rica y feliz, te afirmes en tu obstinación y ciego de enojo contra tu mismo padre, a quien ni la menor seña de disgusto debieras dar en tu semblante, quieras a pesar mío vivir cual pordiosero? ¿No consideras, niño, que si alguna desgracia hubo en nuestra casa, de resultas de la cual me miras sin duda con tan malos ojos, yo soy el que llevé la peor parte de aquel mal, y que pago ahora con usura la culpa que en ello cometí? Al presente bien has podido experimentar cuánto más vale envidia que compasión, tocando a un tiempo con las manos los inconvenientes de enemistarte con los tuyos y con tus mayores y de resistirles tenazmente. Ea, vamos de aquí, y al palacio en derechura». Así se explicaba Periandro con el obstinado mancebo; pero el hijo no dio a su padre más respuesta que decirle pagase luego a Apolo la multa en que acababa de incurrir por haberle hablado. Con esto vio claramente Periandro que había llegado al extremo el mal de su hijo, ni admitía ya cura ni remedio, y determinado desde aquel punto a apartarlo de sus ojos, embarcándole en una nave le envió a Córcira, de donde era también soberano. Pero queriendo vengar la contumacia del hijo en la cabeza del que reputaba por autor de tanta desventura, hizo la guerra a su suegro Procles, a quien cautivó después de tomar por fuerza a Epidauro.
LIII. No obstante lo referido, como Periandro, corriendo el tiempo y avanzando ya en edad, no se hallase con fuerzas para atender al gobierno y despacho de los negocios del estado, envió a Córcira un diputado que de su parte le dijera a Licofrón que viniese a encargarse del mando; pues en el hijo mayor,[275] a quien tenía por hombre débil y algo menguado, no reconocía talento suficiente para el gobierno. Pero, caso extraño, el contumaz Licofrón no se dignó responder una sola palabra al enviado de su padre: y con todo, el viejo Periandro, más enamorado que nunca del mancebo, hizo que una hija suya partiese a Córcira, esperando vencer al obstinado príncipe por medio de su hermana, y conseguir el objeto de sus ansias y deseos. Llegada allá, hablole así la hermana: «Dime, niño, por los dioses: ¿has de querer que el mando pase a otra familia, y que la casa de tu padre se pierda, antes que volver a ella para tomar las riendas del gobierno? Vente a casa conmigo, y no más tenacidad contra tu mismo bien. No saber ceder es de insensatos; no dejes curarte la uña, y vendrás a quedar cojo. Más vale comúnmente un ajuste moderado cediendo cada cual algo de su derecho, que andar siempre en litigios. ¿Ignoras que muchas veces el ahínco en defender a la madre hace que se pierda la herencia del padre? La corona es movediza, y tiene muchos pretendientes que no la dejarán caer en tierra. Nuestro padre está ya viejo y decaído; ven y no permitas que se alce un extraño con lo tuyo». Tales eran las razones que la hija, bien prevenida y enseñada por su padre, proponía a Licofrón, y eran, en efecto, las más eficaces y poderosas; y con todo la respuesta del hijo se ciñó a manifestar que mientras supiera que vivía en Corinto su padre, jamás seguramente volvería allá. Después que la hija dio cuenta de su embajada, Periandro, por medio de un diputado que tercera vez envió a su hijo, hízole decir de su parte que viniera él a Corinto, donde le sucedería en el mando, que renunciaba a su favor, queriendo él mismo pasar a Córcira. Admitido con esta condición el partido, disponíanse entrambos para el viaje, el padre para pasar a Córcira, el hijo para restituirse a Corinto. Noticiosos entretanto los corcíreos de lo concertado, dieron muerte al joven Licofrón para impedir que viniese a su isla el viejo Periandro.[276] Tal era, pues, el atentado de que este tomaba satisfacción en los corcíreos.
LIV. Pero volviendo a tomar el hilo de la narración, después que los lacedemonios desembarcaron en Samos sus numerosas tropas, desde luego pusieron sitio a la ciudad. Avanzando después hacia los muros y pasando más allá del frente que está junto al mar en los arrabales de la plaza, salió Polícrates contra ellos con mucha gente armada y logró arrojarlos de aquel puerto. Pero habiendo las tropas mercenarias y muchas de las milicias de Samos salido de otro fuerte situado en la pendiente de un monte vecino, sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de los lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados, y no pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los enemigos.
LV. Y si todos los lacedemonios allí presentes hubieran obrado con el ardor con que en lo fuerte del alcance obraron dos de ellos, Arquias y Licopas, Samos hubiera sido tomada sin falta en aquella refriega. Mas por desgracia no fueron sino los dos los que en la retirada de los samios tuvieron valor y osadía para seguirles hasta dentro de la misma plaza; de donde, cerrado después el paso, no pudiendo salir, murieron con las armas en la mano. No dejaré de notar de paso que hablé yo mismo con cierto Arquias, nieto de aquel valiente de que arriba hablaba, e hijo de Samio, habiéndole visto en Pitana, su propio pueblo. Con ningunos huéspedes se esmeraba tanto este Arquias como con los naturales de Samos, diciendo que por haber muerto en Samos su abuelo como buen guerrero en el lecho del honor, pusieron a su padre el nombre de Samio; y añadía que estimaba tanto y honraba a los de Samos, porque honraron a su buen abuelo con pública sepultura.
LVI. Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso; acerca de lo cual corre una fábula por cierto vana, ni aun bien tramada, según la que, habiendo Polícrates acuñado gran cantidad de moneda de plomo con una capa de oro, la dio a los lacedemonios, quienes aceptándola por legítima y corriente, levantando el sitio se volvieron. Lo cierto es que esta expedición fue la primera que los lacedemonios, pueblo de origen dórico, hicieron contra el Asia.
LVII. Cuando los samios sublevados contra Polícrates vieron que iban a quedar solos y desamparados de los lacedemonios, hiciéronse también a la vela hacia Sifnos.[277] Movíales a este viaje la falta de dinero, y la noticia de que los vecinos de aquella isla, que se hallaba en el mayor auge a la sazón, eran sin duda los más ricos de todos los isleños, a causa de las minas de oro y plata abiertas en su isla, tan abundantes, que del diezmo del producto que de ellas les resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro, por ellos ofrecido, que no cede a ninguno de los más ricos y preciosos que en aquel templo se depositaron. Los vecinos de Sifnos repartían entre sí el dinero que las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de amontonar en Delfos las ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad de saber del oráculo si les sería dado disfrutar sus minas por mucho tiempo, a cuya pregunta respondió así la Pitia: