XXIX. Ese mismo dolor del frío me parece la causa de que haya allí mismo cierta especie de bueyes mochos, a los cuales no les nacen astas, y en abono de mi opinión tengo aquel verso de Homero en la Odisea:[347]

«En Libia presto apuntan las astas al cordero».

Bien dicho por cierto, pues en los países calientes desde luego salen los cuernos; pero en climas muy helados, o nunca los sacan los animales, o bien los sacan tarde y mal, y así me confirmo en que el frío es la causa de ello.

XXX. Y puesto que desde el principio me tomé la licencia de hacer en mi historia mil digresiones, diré que me causa admiración el saber que en toda la comarca de Elea no puede engendrarse un mulo, no siendo frío el clima ni dejándose ver otra causa suficiente para ello. Dicen los eleos que es efecto de cierta maldición de Enomao el que no se engendren mulos en su territorio; pero ellos lo remedian con llevar las yeguas en el tiempo oportuno a los pueblos vecinos, en donde las cubren los asnos padres hasta tanto que quedan preñadas, y entonces se las vuelven a llevar.

XXXI. Por lo que mira a las plumas voladoras, de que dicen los escitas estar tan lleno el aire que no se puede por causa de ellas alcanzar con la vista lo que resta de continente ni se puede por allí transitar, imagino que más allá de aquellas regiones debe de nevar siempre, bien que naturalmente nevará menos en verano que en invierno. No es menester decir más para cualquiera que haya visto de cerca la nieve al tiempo de caer a copos, pues se parece mucho a unas plumas que vuelan por el aire.[348] Esa misma intemperie tan rígida del clima es el motivo sin duda de que las partes del continente hacia el Bóreas sean inhabitables. Así que soy de opinión que los escitas y sus vecinos llaman plumas a los copos de nieve, llevados de la semejanza de los objetos. Pero bastante y harto nos hemos alargado en referir lo que se cuenta.

XXXII. Nada dicen de los pueblos hiperbóreos ni los escitas ni los otros pueblos del contorno, a no ser los isedones, quienes tampoco creo que nada digan, pues nos lo repetirían los escitas, así como nos repiten lo de los monóculos. Hesíodo, con todo, habla de los hiperbóreos, y también Homero en los Epígonos, si es que Homero sea realmente autor de tales versos.

XXXIII. Pero los que hablan más largamente de ellos son los delios, quienes dicen que ciertas ofrendas de trigo venidas de los hiperbóreos atadas en hacecillos, o bien unos manojos de espigas como primicias de la cosecha[349] llegaron a los escitas, y tomadas sucesivamente por los pueblos vecinos y pasadas de mano en mano, corrieron hacia poniente hasta el Adria, y de allí destinadas al mediodía los primeros griegos que las recibieron fueron los dodoneos, desde cuyas manos fueron bajando al golfo Melieo y pasaron a Eubea, donde de ciudad en ciudad las enviaron hasta la de Caristo, dejando de enviarlas a Andros, porque los de Caristo las llevaron a Tenos, y los de Tenos a Delos: con este círculo inmenso vinieron a parar a Delos las ofrendas sagradas. Añaden los delios, que antes de esto los hiperbóreos enviaron una vez con aquellas sacras ofrendas a dos doncellas llamadas, según dicen, Hipéroque la una y Laódice la otra, y juntamente con ellas a cinco de sus más principales ciudadanos para que les sirviesen de escolta, a quienes dan ahora el nombre de Perfereos, conductores, y son tenidos en Delos en grande estima y veneración. Pero viendo los hiperbóreos que no volvían a casa sus enviados, y pareciéndoles cosa dura tener que perder cada vez a sus anuos diputados, pensaron con esta mira llevar sus ofrendas en aquellos manojos de trigo hasta sus fronteras, y entregándolas a sus vecinos, pedirles que las pasasen a otra nación, y así corriendo de pueblo en pueblo dicen que llegaron en Delos a su destino. Por mi parte, puedo afirmar que las mujeres de la Tracia y de la Peonia cuando sacrifican en honor de Artemisa Reina hacen una ceremonia muy semejante a las mencionadas ofrendas, empleando siempre en sus sacrificios los mismos hacecillos de trigo, lo que yo mismo he visto hacer.

XXXIV. Voviendo a las doncellas de los hiperbóreos, desde que murieron en Delos suelen, así los mancebos como las jóvenes, antes de la boda cortarse los rizos, y envueltos alrededor de un huso, los deponen sobre el sepulcro de las dos doncellas, que está dentro del Artemisio, a mano izquierda del que entra, y por más señas en él ha nacido un olivo. Los mozos de Delos envuelven también sus cabellos con cierta hierba y los depositan sobre aquella sepultura. Tal es la veneración que los habitantes de Delos muestran con esta ofrenda a las doncellas hiperbóreas.

XXXV. Cuentan los delios asimismo que por aquella misma época en que vinieron dichos conductores, y un poco antes que las dos doncellas Hipéroque y Laódice, llegaron también a Delos otras dos vírgenes hiperbóreas, que fueron Arge y Opis,[350] aunque con diferente destino, pues dicen que Hipéroque y Laódice vinieron encargadas de traer a Ilitía o Artemisa Lucina el tributo que allá se habían impuesto por el feliz alumbramiento de las mujeres; pero que Arge y Opis vinieron en compañía de sus mismos dioses, Apolo y Artemisa, y a estas se les tributan en Delos otros honores, pues en su obsequio las mujeres forman asambleas y celebran su nombre cantándolas un himno, composición que deben al licio Olén,[351] el cual aprendieron de ellas los demás isleños, y también los jonios, que reunidos en sus fiestas celebran asimismo el nombre y memoria de Opis y de Arge. Añaden que Olén, habiendo venido de la Licia, compuso otros himnos antiguos, que son los que en Delos suelen cantarse. Cuentan igualmente que las cenizas de los muslos de las víctimas quemados encima del ara se echan y se consumen sobre el sepulcro de Arge y Opis que está detrás del Artemisio, vuelto hacia oriente o inmediato a la hospedería que allí tienen los naturales de Ceos.

XXXVI. Creo que bastará lo dicho acerca de los hiperbóreos, pues no quiero detenerme en la fábula de Abaris, quien dicen era de aquel pueblo, contando aquí cómo dio vuelta a la tierra entera sin comer bocado, cabalgando sobre una saeta. Yo deduzco que si hay hombres hiperbóreos, es decir, más allá del Bóreas, los habrá también más allá del Noto o hipernotios.[352] No puedo menos de reír en este punto viendo cuántos describen hoy día sus globos terrestres, sin hacer reflexión alguna en lo que nos exponen: píntannos la tierra redonda, ni más ni menos que una bola sacada del torno; hácennos igual el Asia con la Europa. Voy, pues, ahora a declarar en breve cuál es la magnitud de cada una de las partes del mundo y cuál viene a ser su mapa particular o su descripción.