LXXVII. Es singular lo que oí contar a los del Peloponeso, que Anacarsis había sido enviado a Grecia por el rey de los escitas, para que como discípulo aprendiera de los griegos, y que vuelto de sus estudios había informado al mismo que le envió de que todos los pueblos de la Grecia eran muy dados a todo género de erudición, salvo los lacedemonios que eran los únicos que en sus conversaciones hablaban con naturalidad sin pompa ni estudio. Pero esto es a fe mía un cuento con que los mismos griegos se han querido divertir: lo cierto es que al infeliz le costó la vida aquella fiesta, como dije, y este fue el pago que tuvo de haber querido introducir usos nuevos y seguir costumbres griegas.
LXXVIII. El mismo fin que este tuvo largos años después Escilas, hijo de Ariapites. Sucedió que Ariapites, rey de los escitas, tuvo entre otros hijos a Escilas, habido en una mujer no del país, sino natural de Istria, colonia de los milesios, que instruyó a su hijo en la lengua y literatura griega.[383] Andando después el tiempo, como su padre Ariapites hubiese sido alevosamente muerto por el rey de los agatirsos, Espargapites, Escilas tomó posesión no solo de la corona, sino también de una esposa de su padre, que se llamaba Opea, señora natural de la Escitia, en quien Ariapites había tenido un hijo llamado Orico. Rey ya de los suyos, Escilas gustaba poco de vivir a la escítica, y su pasión era seguir particularmente las costumbres de los griegos conforme a la educación y usanzas en que se había criado. Para este efecto solía conducir el ejército escita a la ciudad de los boristenitas, colonos griegos, y según ellos pretenden, originarios de Mileto: apenas llegado, dejando su ejército en los arrabales de la ciudad, se metía en persona dentro de la plaza, y mandando al punto cerrar las puertas se despojaba de los vestidos escíticos y se vestía a la griega. En este traje íbase el rey paseando por la plaza sin alabarderos ni guardia alguna que le siguiese; pero entretanto tenía centinelas a las puertas de la ciudad, no fuese que metido dentro alguno de los suyos acertase a verle en aquel traje. En todo, por abreviar, se portaba como si fuese griego, y según el ritual de los griegos hacía sus fiestas y sacrificios a los dioses. Después de pasado un mes o algo más, tomando de nuevo su hábito escítico se volvía otra vez; y como esta función la hiciese a menudo, había mandado edificar en Borístenes[384] un palacio, y llevado a él por esposa una mujer natural de la ciudad.
LXXIX. Pero estando destinado que tuviese un fin desastroso, alcanzole la desventura con la siguiente ocasión. Diole la gana de alistarse entre los cofrades de Dioniso, el dios de las máscaras, y cuando iba ya a hacer aquella ceremonia y profesión, sucediole un raro portento. Alrededor de la magnífica y suntuosa casa que, como acabo de decir, se había fabricado en la ciudad de los boristenitas, tenía una gran plaza circuida toda de estatuas de mármol blanco en forma de esfinges y de grifos; contra este palacio disparó Dios un rayo que lo abrasó totalmente. Pero no se dio Escilas por entendido, y prosiguió del mismo modo su mascarada. Es de saber que los escitas suelen dar en rostro a los griegos sus borracheras y bacanales, diciendo que no es razonable tener por dios a uno que hace volver locos y furiosos a los hombres. Ahora, pues, cuando Escilas iba hecho un perfecto camarada de Dioniso, uno de los boristenitas dio casualmente con los escitas y les dijo: «Muy bien, sabios escitas; vosotros os mofáis de los griegos porque hacemos locuras cuando se apodera de nosotros el dios Dioniso; ¿y qué diríais ahora si vierais a vuestro rey, a quien no sé qué espíritu bueno o malo arrebata danzando por esas calles, loco y lleno de Dioniso a no poder más? Y si no queréis creerme sobre mi palabra, seguidme, amigos, que mostrároslo he con el dedo». Siguiéronle los escitas principales, y el boristenita los condujo y ocultó en una de las almenas. Cuando vieron los escitas que pasaba la mojiganga, y que en ella iba danzando su rey hecho un insensato, no es decible la pesadumbre que por ello tuvieron, y saliendo de allí dieron cuenta a todo el ejército de lo que acababan de ver.
LXXX. De aquí resultó que al dirigirse Escilas con sus tropas hacia su casa, los escitas pusieron a su frente un hermano suyo llamado Octamasadas, nacido de una hija de Teres, y sublevados negaron a aquel obediencia. Viendo Escilas lo que pasaba, y sabiendo el motivo de aquella novedad, se refugió a la Tracia; de lo cual informado Octamasadas movió su ejército hacia aquel país, y hallándose ya cerca del Istro, saliéronles al encuentro armados los tracios, y estando a punto de venir a las manos los dos ejércitos, Sitalces envió un heraldo que habló así a Octamasades: «¿Para qué probar fortuna y querer medir las espadas? Tú eres hijo de una de mis hermanas, y tienes en tu poder un hermano mío refugiado en tu corte: ajustémonos en paz; entrégame tú a ese hermano y yo te entregaré a Escilas, que lo es tuyo. Así, ni tú ni yo nos expondremos a perder nuestra gente». Estos partidos de paz le envió a proponer Sitalces, quien tenía un hermano retirado en la corte de Octamasades; convino este en lo que se le proponía, y entregando su tío a Sitalces, recibió de él a su hermano Escilas. Habiendo Sitalces recobrado a su hermano, retirose con sus tropas, y Octamasades en aquel mismo sitio cortó la cabeza a Escilas. Tan celosos están los escitas de sus leyes y disciplina propia, y tal pago dan a los que gustan de introducir novedades y modas extranjeras.
LXXXI. Por lo que mira al número fijo de población de los escitas, no encontré quien me lo supiese decir precisamente, hallando en los informes mucha divergencia. Unos me decían que eran muchísimos en número, otros que había muy pocos escitas puros y de antigua raza. Referiré la prueba de su población que me pusieron a la vista. Hay entre los ríos Borístenes e Hípanis cierto lugar con el nombre de Exampeo, del cual poco antes hice mención, cuando dije que había allí una fuente de agua amarga, que mezclándose con el Hípanis impedía que se pudiese beber de su corriente. Viniendo al asunto, hay en aquel lugar un caldero tan descomunal, que es seis veces más grande que aquella pila que está en la boca del Ponto, ofrenda que allí dedicó Pausanias, hijo de Cleómbroto. Mas para quien nunca vio esta pila, describiré en breve el caldero de los escitas, diciendo que podrá recibir sin duda unos 600 cántaros, y que su canto tiene seis dedos de recio. Decíanme, pues, los del país, que este caldero se había hecho de las puntas de sus saetas; porque como su rey Ariantas, que así se llamaba, quisiese saber a punto fijo cuánto fuese el número de sus escitas, dio orden de que cada uno de ellos presentase una punta de saeta, imponiendo pena capital al que no la presentase.[385] Habiéndose recogido, pues, un número inmenso de puntas, pareciole al rey dejar a la posteridad una memoria de ellas, y mandó hacer aquel caldero, lo dejó en Exampeo como un público monumento, y he aquí lo que oía decir de aquella población.
LXXXII. Nada de singular y maravilloso ofrece aquella región, si exceptuamos la grandeza y el número de los ríos que posee. No dejaré con todo de notar una maravilla, si es que lo sea, que a más de los ríos y de lo dilatado de aquella llanura, allí se presenta, y es el vestigio de la planta del pie de Heracles que muestran impreso en una piedra, el cual en realidad se parece a la pisada de un hombre; no tiene menos de dos codos y está cerca del río Tiras. Pero basta lo dicho de cuentos y tradiciones; volvamos a tomar el hilo de la historia que antes íbamos contando.
LXXXIII. Al tiempo que Darío hacía sus preparativos contra los escitas, enviando sus comisarios con orden de intimar a unos que le aprontasen la infantería, a otros la armada naval, a otros que le fabricasen un puente de naves en el Bósforo de Tracia, su hermano Artabano, hijo también de Histaspes, de ningún modo aprobaba que se hiciese la guerra a los escitas, dando por motivo que era una nación falta de todo y necesitada; pero viendo que sus consejos no hacían fuerza al rey, siendo en realidad los mejores, cesó en ellos y dejó correr los negocios. Cuando todo estuvo aprontado, Darío partió con su ejército desde Susa.
LXXXIV. Entonces sucedió que uno de los persas llamado Eobazo, el cual tenía tres hijos y los tres partían para aquella jornada,[386] suplicó a Darío que de tres le dejase uno en casa para su consuelo. Respondiole Darío, que siendo él su amigo y pidiéndole un favor tan pequeño, quería darle el gusto cumplido dejándole a los tres. Eobazo no cabía en sí de contento, creyendo que sus hijos quedaban libres y desobligados de salir a campaña; pero Darío dio orden que los ejecutores de sus sentencias matasen a todos los hijos de Eobazo, y de este modo, degollados, quedaron con su padre.
LXXXV. Luego que Darío salió de Susa llegó al Bósforo de Calcedonia, lugar donde se había construido el puente; entrando en una nave, fuese hacia las islas Cianeas, como las llaman; de las cuales dicen los griegos que eran en lo antiguo vagas y errantes. Sentado después en el templo de Zeus Urio,[387] estuvo contemplando el Ponto, pues es cosa que merece ser vista, no habiendo mar alguno tan admirable. Tiene allí de largo 11.100 estadios, y de ancho por donde lo es más 3300. La boca de este mar tiene en su entrada cuatro estadios de ancho; pero a lo largo en todo aquel trecho y especie de cuello que se llama Bósforo, en donde se había construido el puente, cuenta como 120 estadios. Dicho Bósforo se extiende hasta la Propóntide, que siendo ancha de 500 estadios y larga de 1400 va a terminar en el Helesponto,[388] el cual cuenta siete estadios a lo angosto y 400 a lo largo, y termina después en una gran anchura de mar, que es el llamado Mar Egeo.
LXXXVI. Ved ahí cómo se han medido estas distancias. Suele una nave en un largo día hacer comúnmente 70.000 orgias de camino a lo más; de noche, empero, 60.000 únicamente: ahora bien, el viaje que hay desde la boca del Ponto, que es su lugar más angosto, hasta el río Fasis, es una navegación de nueve días y ocho noches, navegación que comprende, por tanto, 1.110.000 orgias, que hacen 11.100 estadios. La navegación que hay desde el país de los sindos hasta Temiscira, que está cerca del río Termodonte,[389] siendo aquella la mayor anchura del Ponto, es de tres días y dos noches, que componen 330.000 orgias, a que corresponde la suma de 3300 estadios. Repito, pues, que en estos términos he calculado la extensión del Ponto, del Bósforo y del Helesponto, cuya situación natural es conforme la que llevo declarada. Tiene el Ponto además de lo dicho una laguna que desagua en él, y que no es muy inferior en extensión, la cual lleva el nombre de Mayátide,[390] y se dice ser la madre del Ponto.