XCVII. Darío, después de llegado al Istro con todo su ejército de tierra, habiendo pasado todas sus tropas por el nuevo puente, mandó a los jonios que lo deshicieran y que con toda la gente de las naves fuese por tierra siguiendo el grueso de sus tropas. Estaban ya los jonios a punto de obedecer, y el puente a pique de ser deshecho, cuando el general de los de Mitilene, Coes, hijo de Erxandro, tomose la licencia de hablar a Darío, habiéndole antes preguntado si llevaría a mal el escuchar una representación o consejo que se le quisiese proponer, y le habló en estos términos: «Bien sabéis, señor, que vais a guerrear en un país en que ni se halla campo labrado ni ciudad alguna habitada. ¿No sería mejor que dejarais en pie el puente como ahora está, y apostaseis para su defensa a los mismos que lo construyeron? Dos ventajas hallo en esto; una es que si tenemos el buen éxito que pensamos hallando y venciendo a los escitas, tendremos en el puente paso para la vuelta; otra que si no los hallamos, tendremos por él retirada segura; pues bien, veo que no tenemos que temer el que nos venzan los escitas en batalla; antes temiera yo que han de evitar ser hallados, y que perdidos acaso en busca de ellos, tengamos algún tropiezo. Tal vez se podría decir que hago en esto mi negocio con la esperanza de quedarme aquí sosegado: no pretendo tal; no hago más, señor, que poner en vuestra consideración un proyecto que me parece el más ventajoso; por lo que a mí me toca, estoy pronto a seguiros, ni pretendo que me dejéis aquí». No puede explicarse cuán bien pareció a Darío la propuesta, a la cual respondió así: «Amigo y huésped lesbio, no dejaré sin premio esa tu fidelidad; cuando esté de vuelta sano y salvo en mi palacio, quiero y mando que te dejes ver y que veas cómo sé corresponder con favores al que me sirve con buenos consejos».

XCVIII. Habiendo hablado estas pocas palabras y mandado hacer sesenta nudos en una correa,[397] mandó llamar ante sí a los señores de las ciudades de la Jonia y habloles así: «Ciudadanos de Jonia, sabed que he tenido a bien revocar mis primeras órdenes acerca del puente; ahora os ordeno que tomada esta correa hagáis lo que voy a deciros. Desde el punto que me viereis marchar contra los escitas, empezaréis a desatar diariamente uno de estos nudos. Si en todo el tiempo que fuere menester para irlos deshaciendo uno a uno, yo no compareciese, al cabo de él os haréis a la vela para vuestra patria; pero entretanto que llegue este término, puesto que lo he pensado mejor, os mando que conservéis entero el puente, y pongáis en su defensa y custodia todo vuestro esmero, pues en ello me daré por muy bien servido y satisfecho». Dadas estas órdenes, emprendió Darío su marcha hacia la Escitia.

XCIX. La parte marítima de la Tracia se avanza mar adentro frontera de la Escitia, la cual empieza desde un seno que aquella forma, donde va a desaguar el Istro, que en sus desembocaduras se vuelve hacia el Euro o levante. Empezando del Istro, iré describiendo ahora con sus medidas la parte marítima del país de la Escitia: en el Istro comienza, pues, Escitia la antigua, que mira hacia el Noto o mediodía y llega hasta una ciudad que llaman Carcinitis; desde cuyo punto, siguiendo las costas del poniente por un país montuoso situado sobre el Ponto, es habitada por la gente táurica hasta la Quersoneso Traquea,[398] ciudad confinante con un seno de mar que mira hacia el viento Apeliota o levante. Porque es de saber que las fronteras de la Escitia se dividen en dos partes que terminan ambas en el mar, la una mira al mediodía y la otra a levante,[399] en lo que se parece al país del Ática; pues los táuricos, en efecto, vienen a ocupar una parte de la Escitia, a la manera que si otra nación ocupase una parle del Ática, suponiendo que no fueran realmente atenienses, como lo son los que ahora ocupan el collado Suníaco y la costa de aquel promontorio que da con el mar, empezando desde el demo Tórico, hasta el demo Anaflisto; entendiendo con toda esta comparación como la de un enano a un gigante. Tal es la situación de la Táurica; pero a quien no ha navegado las costas del Ática, quiero especificársela de otro modo: está la Táurica, repito, de manera como si otra nación que no fueran los yapiges ocupase aquella parte de la Yapigia[400] que empezando desde el puerto de Brindis llega hasta aquel cabo, quedando, empero, separada de los confines de Tarento. Con estos dos ejemplos que expreso, indico al mismo tiempo otros muchos lugares, a los cuales es la Táurica parecida.

C. Desde la Táurica habitan ya los escitas, no solo todo el país que está sobre los Táuricos, y el que confina con el mar por el lado de levante, sino también la parte occidental así del Bósforo cimerio como de la laguna Mayátide hasta dar con el río Tanais, que viene a desaguar en la punta misma de dicha laguna.[401] Pero hacia los países superiores que se van internando por tierra desde el Istro, acaba la Escitia, confinando primero con los agatirsos, después con los neuros, con los andrófagos y finalmente con los melanclenos.[402]

CI. Viniendo, pues, la Escitia a formar como un cuadro,[403] cuyos dos lados confinan con el mar, su dimensión tirando tierra adentro es del todo igual a sus dimensiones tomadas a lo largo de las costas marítimas; porque por las costas desde el Istro hasta el Borístenes se cuentan diez jornadas, y desde el Borístenes hasta la laguna Mayátide otras diez; y penetrando tierra adentro desde el mar hasta llegar a los melanclenos situados sobre los escitas, hay el camino de 20 jornadas, previniendo que en cada jornada hago entrar el número de 200 estadios.[404] Así que la travesía de la Escitia tendrá unos 4000 estadios, y otros 4000 su latitud, internándose tierra arriba, y estos son los límites y extensión de todo aquel país.

CII. Volviendo a la historia, como viesen los escitas, consultando consigo mismos, que sus solas fuerzas no eran poderosas para habérselas cuerpo a cuerpo con el ejército entero de Darío, enviaron embajadores a las naciones comarcanas para pedirles asistencia. Reunidos, en efecto, los reyes de ellas, sabiendo cuán grande ejército se les iba acercando, deliberaban sobre el consejo que tomarían en aquel apuro. Dichos reyes, unidos en asamblea, eran el de los táuricos, el de los neuros, el de los andrófagos, el de los melanclenos, el de los gelonos, el de los budinos y el de los saurómatas.

CIII. Para decir algo de estas naciones, los táuricos tienen leyes y costumbres bárbaras: sacrifican a su virgen todos los náufragos arrojados a sus costas, e igualmente todos los griegos que a ellas arriban, si pueden haberlos a las manos. Ved ahí el bárbaro sacrificio: después de la auspicación o sacrificio de la víctima, dan con una clava en la cabeza del infeliz, y, según algunos dicen, desde una peña escarpada, encima de la cual está edificado el templo, arrojan el cadáver decapitado y ponen en un palo su cabeza. Otros dicen lo mismo acerca de lo último, pero niegan que sea el cuerpo precipitado, antes pretenden que se le entierra. La diosa a quien sacrifican dicen los mismos táuricos ser Ifigenia, hija de Agamenón.[405] Acerca de los enemigos que llegan a sus manos, cada cual corta la cabeza a su respetuoso prisionero, y se va con ella a su morada, y poniéndola después en la punta de un palo largo, la coloca sobre su casa y en especial sobre la chimenea, de modo que sobresalga mucho, diciendo con cruel donaire que ponen en aquella atalaya quien les guarde la casa. Estos viven de sus presas y despojos de la guerra.

CIV. Los agatirsos son unos hombres afeminados y dados al lujo, especialmente en los ornatos de oro. El comercio y uso de las mujeres es común entre ellos, con la mira de que siendo todos hermanos y como de una misma casa, ni tengan allí lugar la envidia ni el odio de unos contra otros. En las demás costumbres son muy parecidos a los tracios.

CV. Las leyes y usos de los neuros son como los de los escitas. Una edad o generación antes que Darío emprendiese aquella jornada, sobrevino tal plaga o inundación de sierpes, que se vieron forzados a dejar toda la región;[406] muchas de ellas las crió el mismo terreno, pero muchas más fueron las que bajaron hacia él de los desiertos comarcanos, y hasta tal punto les incomodaron que huyendo de su tierra pasaron a vivir con los budinos. Es mucho de temer que toda aquella caterva de neuros sean magos completos, si estamos a lo que nos cuentan tanto los escitas como los griegos establecidos en la Escitia, pues dicen que ninguno hay de los neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos pocos días, volviendo después a su primera figura. ¿Qué haré yo a los que tal cuentan? Yo no les creo de todo ello una palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen.

CVI. Los andrófagos son en sus costumbres los más agrestes y fieros de todos los hombres, no teniendo leyes algunas ni tribunales. Son pastores que visten del mismo modo que los escitas, pero que tienen su lenguaje propio.