CXXVII. A esta embajada dio la siguiente respuesta el rey de los escitas Idantirso: «Sábete, persa, que no es la que piensas mi conducta. Jamás huí de hombre nacido porque le temiese, ni ahora huyo de ti, ni hago cosa nueva que no acostumbre a hacerla del mismo modo en tiempo de paz. Quiero decirte por qué sobre la marcha no te presento la batalla: porque no tenemos ciudades fundadas, ni campos plantados, cuya defensa nos obligue a venir luego a las manos con solo el recelo de que nos las toméis o nos las taléis. ¿Sabes cómo nos viéramos luego obligados del todo a una acción? Nosotros tenemos los sepulcros de nuestros padres: allí, oh persa, si tienes ánimo de descubrirlos y osadía de violarlos, conocerás por experiencia si tenemos o no valor de volver por ellos cuerpo a cuerpo contra todos vosotros. Pero antes de recibir esta injuria, si no nos conviene, no entraremos contigo en combate. Basta lo dicho acerca del encuentro que pides; por lo tocante a soberanos, no reconozco otros señores que lo sean míos que Zeus, de quien desciendo, y Hestia, la reina de los escitas. En lugar de los homenajes de tierra y agua, y del despotismo que pretendes sobre personas y haciendas, te enviaré unos dones que más te convengan. Mas para responder a la arrogancia con que te llamas mi soberano, te digo, a modo de escita, que vayas en hora mala con tu soberanía». Tal fue la respuesta de los escitas que llevó a Darío su mismo enviado.
CXXVIII. Los reyes de los escitas,[416] que se veían llamar esclavos en la embajada del persa, montaron en cólera, y llevados de ella despacharon hacia el Istro el cuerpo de sus tropas, a cuyo frente iba Escópasis con orden de abocarse con los jonios que guardaban el puente allí formado. Pero a los otros que quedaban les pareció no hostigar más a los persas, llevándolos de una a otra parte, sino cargar sobre ellos siempre que se detuviesen a comer. Como lo determinaron así lo practicaron, esperando y atisbando el tiempo de la comida. En efecto, la caballería de los escitas en todas aquellas escaramuzas desbarataba a la de los persas, la cual, vueltas las espaldas, era apoyada por su infantería, que salía luego a la defensa de los fugitivos. Los escitas, puesta en huida la caballería enemiga, por no dar con la infantería volvían a su campo, si bien al venir la noche tornaban a molestar con sus embestidas al enemigo.
CXXIX. Voy a referir un incidente extraño y singular que en aquellos ataques contra el campo de Darío aprovechó mucho a los persas, y a los escitas les incomodó sobremanera. Tal fue, ¡quién lo creyera!, el rebuzno de los asnos y la figura de los mulos, pues la Escitia, como antes dije, es una tierra que no produce burros, ni cría mulos, ni se deja ver en todo el país asno ni macho alguno a causa del rigor del frío. Sucedía, pues, que rebuznando aquellos jumentos alborotaban la caballería de los escitas, y no pocas veces al tiempo mismo de embestir contra los persas y en la fuga de sus escaramuzas, oyendo los caballos el rebuzno de los burros, volvíanse de repente perturbados, y les entraba tal miedo y espanto, que se paraban con las orejas levantadas, como quienes nunca habían oído aquel sonido ni visto aquella figura. No dejaba esto de tener alguna parte en el éxito de las refriegas.
CXXX. Mas como viesen los escitas que los persas turbados empezaban a desmayar y no sabían qué hacerse, se valieron de un artificio que les convidase a detenerse más en la Escitia, y aumentase de este modo su trabajo viéndose faltos de todo. Dejaron, pues, allí cerca una porción de ganados juntamente con sus pastores,[417] y se fueron hacia otra parte. Los persas, encontrando aquel ganado, sé lo llevaban muy ufanos y contentos con su presa.
CXXXI. Después de haber entretenido muchas veces al enemigo con aquel ardid, no sabía ya Darío qué partido tomar. Entendíanlo bien los reyes de los escitas, y determinaron enviarle un heraldo que le regalase de su parte un pájaro, un ratón, una rana y cinco saetas. Los persas no hacían sino preguntar al portador les explicase qué significaban aquellos presentes; pero él les respondió que no tenía más orden que la de regresar con toda prontitud, una vez entregados los dones, y que bien sabrían los persas, si eran tan sabios como lo presumían, descifrar lo que significaban los regalos.
CXXXII. Oído lo que el enviado les decía, pusiéronse los persas a discurrir sobre el enigma. El parecer de Darío era que los escitas con aquellos dones se rendían a su soberanía, entregándose a sí mismos, entregándole la tierra y entregándole el agua, en lo cual se gobernaba por sus conjeturas; porque el ratón, decía, es un animal que se cría en tierra y se alimenta de los mismos frutos que el hombre, porque la rana se cría y vive en el agua, porque el pájaro es muy parecido al caballo, y en fin, porque entregando las saetas venían ellos a entregarle toda su fuerza y poder. Tal era la interpretación y juicio que Darío profería; pero Gobrias, uno de los septemviros que arrebataron al mago trono y vida, dio un parecer del todo diferente del de Darío, pues conjeturó que con aquellos presentes querían decirles los escitas: si vosotros, persas, no os vais de aquí volando como pájaros, o no os metéis bajo de tierra hechos unos ratones, o de un salto no os echáis en las lagunas convertidos en ranas, no os será posible volver atrás, sino que todos quedaréis aquí traspasados con estas saetas. Así explicaban los persas la alusión de aquellos presentes.
CXXXIII. Volviendo a aquel cuerpo de escitas encargado primero de ir a cubrir el país vecino a la laguna Mayátide, y después de pasar hacia el Istro para conferenciar con los jonios, habiendo llegado al puente les hablaron en estos términos: «¿Qué hacéis aquí, jonios? Para traeros la libertad hemos venido, con tal que nos queráis escuchar. Tenemos entendido que Darío os dio la orden de que solo guardaseis este puente por espacio de 60 días, y que si pasado este término no compareciese, os volvieseis a vuestras casas. Ahora, pues, bien podéis hacerlo así: en ello no ofenderéis a Darío ni tampoco a nosotros. Así que, habiéndole esperado hasta el día y plazo señalado, desde ahora os mandamos que partáis de ahí». Habiéndoles prometido los jonios que así lo harían, se volvieron los escitas al punto sin más aguardar.
CXXXIV. Los demás escitas, después de los regalos enviados a Darío, puesta al cabo en orden de batalla toda su infantería y caballería, presentáronse al enemigo como determinados a una acción general. Formados así en filas, pasó casualmente por entre ellos una liebre, y apenas la vieron cuando corrieron todos tras ella; y viéndolos Darío agitados con esto y gritando todos a una contra el animal, preguntó qué alboroto era aquel de los enemigos, y oyendo que perseguían a una liebre, vuelto a aquellos con quienes solía comunicar todas las cosas: «Verdaderamente, les dijo, que nos tienen en vilísimo concepto esas hordas atrevidas, y que ahora nos están zumbando, de suerte que me parece que Gobrias atinaba con el sentido de sus dones. Puesto que también me conformo yo con la interpretación de Gobrias, es preciso discurrir el medio mejor para podernos retirar de aquí con toda seguridad». A lo cual Gobrias respondió: «Señor, si bien estaba yo antes casi asegurado por la fama de que estos escitas eran unos bárbaros infelices, con todo, llegado aquí lo he visto por mis ojos, y estoy viendo aún que ellos se burlan de nosotros como de niños, tomándonos por juguete. Mi parecer sería que luego que cierre la noche, la primera digo que llegue, encendidos en el campo los mismos fuegos que solíamos antes, y dejando en él, so color de alguna sorpresa, las tropas de menor resistencia para la fatiga, y atados allí todos los asnos, nos partiéramos del país, primero que, o los escitas corran en derechura al Istro para deshacernos el puente, o los jonios nos intenten algún daño tal, que nos acabe de perder y arruinar».
CXXXV. Este fue el parecer que dio Gobrias, y del cual venida apenas la noche se valió Darío, quien dejó en su campo los inválidos y achacosos y a todos aquellos cuya pérdida era de poquísima cuenta, y con ellos también atados todos sus burros. El motivo verdadero de dejar aquellos animales era para que rebuznasen entretanto con todas sus fuerzas, y el de dejar a los inválidos no era otro realmente que la misma falta de salud y de robustez, si bien de esta misma se valió de pretexto, como si él con la flor de su ejército meditara alguna sorpresa contra el enemigo, durante la cual debieran ellos quedarse para resguardo y defensa de sus reales, conforme lo pedía el estado de su salud. Así que habiendo Darío hecho entender esto a los que dejaba y mandado hacer los fuegos ordinarios, se apresuró a tomar la vuelta del Istro. Los jumentos que se vieron allí sin la muchedumbre de antes, quejosos también y resentidos, empezaron a rebuznar aún más de lo acostumbrado, y los escitas que oían aquel estrepitoso concierto estaban sin el menor recelo de la partida, muy creídos que los persas quedaban allí al par que sus asnos.
CXXXVI. No bien había amanecido, cuando los inválidos, viéndose allí solos, y conociéndose malamente vendidos por Darío, comienzan a alzar las manos al cielo y extenderlas hacia los escitas y darles cuenta de lo que pasaba. Luego que estos lo oyeron, juntas de repente sus fuerzas, que consistían en los dos cuerpos de tropas nacionales y en un tercer cuerpo formado de saurómatas, de budinos y gelonos, se ponen en movimiento para perseguir a los persas, camino derecho del Istro. Pero sucedió que siendo muy numerosa por una parte la infantería persa, que no sabía las veredas en un país donde no hay caminos abiertos y hollados, y marchando por otra a la ligera la caballería escítica, muy práctica en los atajos de su viaje, sin encontrarse unos con otros, los escitas llegaron al puente mucho antes que los persas. Informados allí de cómo estos no habían llegado todavía, hablaron a los jonios que estaban sobre sus naves: «¿No veis, jonios, que se pasó ya el plazo y número de los días, y que no hacéis bien en esperar aquí por más tiempo? Si antes el temor del persa os tuvo aquí clavados, ahora por lo menos echad a pique el puente y marchad luego libres a vuestras tierras, dando gracias por ello a los dioses y también a nosotros los escitas; que bien podéis estar seguros que vamos a escarmentar a ese que fue vuestro señor, de modo que no le dé más la gana de hacer otra expedición contra pueblo ni hombre viviente».