CLXXV. Pero hacia poniente, siguiendo la costa del mar, los que vienen después son los macas, los cuales se cortan el pelo de manera que, rapándose a navaja la cabeza de una y otra parte, se dejan crecer un penacho en la coronilla.[445] En la guerra llevan para su defensa unos como escudos hechos de la piel del avestruz, ave de tierra. El río Cínipe, bajando de la colina que llaman de las Gracias, pasa por su país y desagua en el mar. Dicha colina es un montecillo poblado de espesos árboles, al paso que las otras tierras de Libia de que acabo de hablar están del todo rasas; y desde él hay al mar 200 estadios.
CLXXVI. Comarcanos de los macas son los gindanes, cuyas mujeres llevan cerca de los tobillos sus ligas de pieles, y las llevan, según corre, porque por cada hombre que las goza, se ciñen en su puesto la señal indicada, y la que más ligas ciñe esa es la más celebrada por haber tenido más amantes.
CLXXVII. La parte marítima de dichos gindanes es habitada por los lotófagos, hombres que se alimentan solo con el fruto del loto,[446] fruto que es del tamaño de los granos del lentisco, pero en lo dulce del gusto parecido al dátil de la palma: de él sacan su vino los lotófagos.
CLXXVIII. Por las orillas del mar siguen a los lotófagos los maclies, que comen también el loto, si bien no hacen tanto uso de él como los primeros. Extiéndense hasta el Tritón, que es un gran río que desagua en la gran laguna Tritónida, donde hay una isla llamada Fla,[447] la cual dicen que los lacedemonios, según un oráculo, deben ir a poblar.
CLXXIX. Corre asimismo la siguiente tradición: Después que Jasón hubo construido su nave Argos a la raíz del monte Pelio, embarcó en ella una hecatombe de cien bueyes y una trípode de bronce, y queriendo ir a Delfos daba la vuelta alrededor del Peloponeso; pero al llegar con su nave cerca de Malea, se levantó un viento norte que le llevó a la Libia. No había aún descubierto tierra, cuando se vio metido en los bajíos de la laguna Tritónida. Allí, como no hallase camino ni medio para salir, se dice que apareciéndole Tritón le pidió que le diese aquella trípode, prometiéndole en pago mostrarle paso para la salida y sacarle sin pérdida alguna. Habiendo venido en ello Jasón, logró por esto medio que Tritón le mostrase por donde salir de entre aquellos bancos de arena. El mismo Tritón, habiendo puesto aquella trípode en su templo, comenzó desde ella a profetizar y declarar a Jasón y a sus compañeros un gran misterio, a saber: que era una disposición totalmente inevitable del hado, que cuando alguno de los descendientes de aquellos argonautas se llevase la trípode, entonces hubiese alrededor de la laguna Tritónida cien ciudades griegas. Venido este oráculo a noticia de los naturales de Libia, fue ocasión para que escondiesen la trípode.
CLXXX. Son fronterizos de los maclies los auseos,[448] pues ambos habitaban en las orillas de la laguna Tritónida divididos entre sí por el río Tritón. Los maclies se dejan crecer el pelo en la parte posterior de la cabeza, y los auseos en la parte anterior de ella. Las doncellas del país hacen todos los años una fiesta a Atenea, en la cual, repartidas en dos bandas, hacen sus escaramuzas a pedradas y a garrotazos, y dicen que practican aquellas ceremonias, propias de su nación, en honra de aquella diosa su paisana a la cual llamamos Atenea. Tienen creído que las doncellas que mueren de aquellas heridas, no lo eran más que las madres que las parieron, y así las llaman las falsas vírgenes. Antes de dar fin a aquel combate, cogen siempre a la doncella que por votos de todas se ha portado mejor en el choque; ármanla con un capacete corinto y con un arnés griego, y puesta encima de un carro llévanla en triunfo alrededor de la laguna. Ignoro con qué armadura adornasen a sus doncellas antes de tener por vecinos a los griegos, si bien me inclino a pensar que con la armadura egipcia, pues siento y digo que los griegos tomaron de los egipcios el yelmo y el escudo. Por lo que toca a Atenea, dicen ellos que fue hija de Poseidón y de la laguna Tritónida, pero que enojada por cierto motivo contra su padre se entregó a Zeus, el cual se la apropió por hija: así lo cuentan al menos. Estos pueblos, sin cohabitar particularmente con sus mujeres, usan no solo promiscuamente de todas, sino que se juntan con ellas en público, como suelen las bestias. Después que los niños han crecido algo en poder de sus madres, se juntan en un lugar los hombres cada tercer mes, y allí se dice que tal niño es hijo de aquel o quien más se asemeja.
CLXXXI. Estos de que hemos hablado son los libios nómadas de la costa del mar. La Libia interior y mediterránea, que está sobre ellos, es una región llena de animales fieros.[449] Pasada esta tierra, hay una cordillera o loma de arenales que sigue desde la ciudad de Tebas de Egipto hasta las columnas de Heracles, en la cual se hallan, mayormente en las diez primeras jornadas, unos grandes terrones de sal, que están en unos cerros que allí hay. En la cima de cada cerro brotan de la sal unos surtidores de agua fría y dulce; cerca de la cual habitan unos hombres, que son los últimos hacia aquellos desiertos, situados mas allá de la región de las fieras. A las diez jornadas de Tebas se hallan primero los amonios, que a imitación de Zeus Tebano tienen un templo de Zeus Caricarnero, pues como ya llevo dicho de antemano, la estatua de Zeus que hay en Tebas tiene el rostro de carnero. Hay allí una fuente cuya agua por la madrugada está tibia; dos horas antes del medio día está algo fría; mas a medio día friísima; en cuyo tiempo riegan con ella los huertos: desde medio día abajo va perdiendo de su frialdad, tanto, que al ponerse el sol está ya tibia, y desde aquel punto vase calentando hasta acercarse la media noche, a cuya hora hierve a borbotones; pero al bajar la media noche gradualmente se enfría hasta la aurora siguiente. Esta agua lleva el nombre de fuente del Sol.
CLXXXII. Mas allá de los amonios, a diez días de camino siguiendo la loma de arena, aparece otra colina de sal semejante a la de aquellos, donde hay la misma agua con habitantes que la rodean. Llámase Augila, y allí suelen ir los nasamones a hacer su cosecha de dátiles.
CLXXXIII. Desde Augila, después de un viaje de diez jornadas, se encuentra otra colina de sal con su agua y con muchas palmas frutales como lo son las otras, y con hombres que viven en aquel cerro que se llaman los garamantes, nación muy populosa, quienes para sembrar los campos cubren la sal con una capa de tierra.[450] Cortísima es la distancia desde ellos a los lotófagos, pero desde allí hay un viaje de treinta días hasta llegar a aquellos pueblos donde los bueyes van paciendo hacia atrás, porque teniendo las astas retorcidas hacia delante, van al parecer retrocediendo paso a paso, pues si fueran avanzando, no pudieran comer, porque darían primero con las astas en el suelo; fuera de lo dicho y en tener el cuero más recio y liso, en nada se diferencian de los demás bueyes. Van dichos garamantes a caza de los etíopes trogloditas,[451] montados en un carro de cuatro caballos, lo cual se hace preciso por ser estos etíopes los hombres más ligeros de pies de cuantos hayamos oído hablar. Comen los trogloditas serpientes, lagartos y otros reptiles semejantes: tienen un idioma a ningún otro parecido, aunque puede decirse que en vez de hablar chillan a manera de murciélagos.
CLXXXIV. Mas allá de los garamantes, a distancia también de diez leguas de camino, se ve otro cerro de sal, otra agua y otros hombres que viven en aquellos alrededores, a quienes dan el nombre de atarantes; son los hombres anónimos que yo conozca, pues si bien a todos en general se les da el nombre de atarantes, cada uno de por sí no lleva en particular nombre alguno propio. Cuando va saliendo el sol le cargan de la más crueles maldiciones e improperios, porque es tan ardiente allí que abrasa a los hombres y sus campiñas. Tirando adelante otras diez jornadas, se hallará otra colina de sal y en ella su agua; cerca del agua, gentes que allí viven. Con esta cordillera de sal está pegado un monte que tiene por nombre Atlas, monte delgado, por todas partes redondo, y a lo que se dice tan elevado, que no alcanza la vista a su cumbre por estar en verano como en invierno siempre cubierta de nubes. Dicen los naturales, que su monte es la columna del cielo; de él toman el nombre sus vecinos, llamándose los atlantes, de quienes se cuenta que ni comen cosa que haya sido animada, ni durmiendo sueñan jamás.[452]