CVII. Era tan falsa esta arenga como el alma y fe griega de Histieo, y con todo se dejó persuadir de ella Darío, dándole licencia para partirse de la corte y ordenándole al mismo tiempo que una vez cumplido lo que acababa de ofrecerle, diese la vuelta y se le presentase de nuevo en Susa.
CVIII. Mientras que llegaba al rey aviso de lo sucedido en Sardes y, hecho el alarde del arco, hablaba Darío con Histieo, y este, licenciado por el rey, marchaba hacia las provincias marítimas, iba sucediendo en este intermedio lo que voy a referir.[80] Estaba Onésilo, el de Salamina, apretando el sitio de los de Amatunte, cuando le llega el aviso de que en breve se espera en Chipre al persa Artibio, a donde venía conduciendo en sus naves una poderosa armada. Habida esta noticia, pide Onésilo a la Jonia por medio de unos diputados que vengan en su ayuda y socorro los jonios, y estos, sin gastar mucho tiempo en resolverse, hácense a la vela con una gruesa armada. En un tiempo mismo sucedió, pues, que los jonios aportasen a Chipre, que los persas recién venidos de la Cilicia desembarcados en la isla marchasen ya por tierra la vuelta de Salamina, y que los fenicios doblasen el cabo que llaman las Llaves de Chipre.[81]
CIX. En tal estado de cosas, convocan los señores de las ciudades de Chipre a los jefes jonios y entablan con ellos este discurso: «Nosotros los chipriotas, amigos jonios, dejamos a vuestro arbitrio la elección de salir al encuentro o bien a los persas o bien a los fenicios. El tiempo insta: si escogéis venir a las manos con los persas en campo de batalla, saltad luego a tierra y formar vuestras filas, que en este caso embarcándonos en vuestras naves vamos a cerrar con los fenicios. Pero si preferís combatir por mar con los fenicios, menester es poner manos a la obra. Escoged una de dos, para que así contribuyáis por vuestra parte a la libertad de Jonia y de Chipre». «A nosotros, replican los jonios, nos mandó venir el estado de la Jonia con orden de defender estos mares y no de acometer por tierra a las tropas persas cediendo nuestras naves a los de Chipre. En el puesto señalado procuraremos, pues, desempeñar nuestro deber con todo el esfuerzo posible: ved vosotros de obrar en el vuestro como gente de valor, teniendo presente las indignidades que esos medos, vuestros señores, os han hecho sufrir».
CX. Tal fue la respuesta de los jonios, después de la cual, como hubiesen llegado ya los persas al campo de Salamina, los reyes de Chipre ordenaron contra ellos su gente en esta disposición: Enfrente de los soldados del enemigo, que no eran persas de nación, ordenaron una parte de sus tropas chipriotas; delante de los persas mismos pusieron la flor de su gente escogida entre las milicias de Salamina y de Soli:[82] Onésilo por su voluntad escogió el puesto que correspondía al que enfrente ocupaba Artibio, general de los persas.
CXI. El caballo en que Artibio venía montado estaba enseñado a empinarse contra el enemigo armado. Advertido de esto Onésilo, habló así con un escudero cario[83] que tenía, hombre muy diestro en lo que mira a los encuentros de armas, y en todo lo demás muy sagaz y advertido: «Oigo decir, amigo, que ese caballo de Artibio tiene la habilidad de alzarse sobre los pies y embestir al que delante tiene con las manos y con la boca. Piénsalo tú, y dime luego a cuál de los dos quieres que apuntemos y derribemos antes, si al caballo, o bien a su jinete Artibio». «Pronto estoy, señor, le responde el escudero, para ambas cosas; pronto para cualquiera de las dos y para todo lo que me ordenéis. Diré sin embargo lo que me parece hacer más al caso para vuestra reputación. Lo más propio y decoroso es que un rey cierre contra otro rey, y un general contra otro general, pues si en tal encuentro diereis en tierra con aquel jefe, haréis una regia hazaña, y aun cuando él, lo que no querrán los dioses, os echare al suelo, el morir en tales manos aliviaría en la mitad el peso de la desventura. A nosotros escuderos corresponde medirnos con otros escuderos. No os dé trabajo, señor, el caballo empinado con aquella habilidad, que a fe mía no vuelva jamás a empinarse».
CXII. Dijo, y en aquel punto mismo cerraron las dos armadas por tierra y por mar. En la batalla naval vencieron los jonios a los fenicios, haciendo aquel día prodigios de valor, y los que mejor se portaron en la función fueron los samios. En la tierra, después que estuvieron ya a tiro los dos ejércitos, he aquí lo que pasó entre los dos generales: Embiste Artibio montado en su marcial caballo contra Onésilo; vele este venir; dispara contra él, según lo prevenido por su escudero, y acierta bien el tiro; iba el vecino caballo a dar con las manos contra el adarga de Onésilo, cuando el escudero cario le da listo un golpe de hoz, y se las siega entrambas. El caballo, manco ya y encabritado, da consigo en el suelo, y con él Artibio, el general persa.
CXIII. Encarnizadas en tanto las otras tropas, se hallaban en el calor del combate, cuando Estesenor, el tirano de Curio, entregó alevosamente a los persas una gran división del ejército, que cerca de sí tenía. Pasados al enemigo los curios, colonos, a lo que se dice, de los argivos, siguieron inmediatamente su mal ejemplo los carros guerreros de los salaminios,[84] y de resultas de estas deserciones, como empezasen los persas a llevar la ventaja en el combate, el ejército de los chipriotas volvió las espaldas al enemigo. Entre otros muchos que perecieron en la huida, quedaron rendidos en el campo dos generales, el uno Onésilo, hijo de Queris, autor que había sido de la sublevación de Chipre; el otro Aristócipro, rey de los solios, hijo de Filócipro, de aquel célebre Filócipro a quien sobre todos los demás príncipes ensalzó en sus versos el ateniense Solón, cuando estuvo viajando en Chipre.[85]
CXIV. Los amatuntios victoriosos, para vengarse del asedio que Onésilo les había puesto, le cortaron la cabeza y se la llevaron, colgándola después sobre las puertas de su ciudad. Sucedió, pues, que estando allí suspensa y ya del todo hueca, entró dentro un enjambre de abejas y fabricó en ella sus panales. Vista aquella novedad, tuvieron por conveniente los amatuntios consultar al oráculo acerca de aquel raro fenómeno, y la respuesta fue que se diera sepultura a la cabeza descolgada, y se hicieran a Onésilo sacrificios anuos como a un héroe, y que con esto todo les iría mejor. Y en efecto, así lo hacían hasta mis días los de Amatunte con el héroe Onésilo.
CXV. Los marinos jonios, que gloriosamente acababan de dar en Chipre su batalla naval, viendo ya perdida la causa de Onésilo, y cercadas al mismo tiempo todas las ciudades de la isla, menos la de Salamina, que los mismos salaminios habían restituido a Gorgo, su antiguo rey, haciéndose luego a la vela, bien informados del mal estado de Chipre, dieron la vuelta hacia Jonia. Entre todas las ciudades de la isla, fue la de Soli la que por más tiempo resistió al cerco, logrando rendirla los persas, pasados cinco meses de sitio, con las minas que alrededor de los muros abrieron.
CXVI. Los chipriotas, en suma, sacudido el yugo de los persas por el breve espacio de un año, cayeron de nuevo bajo el mismo dominio. En cuanto a aquellos jonios que habían hecho sus correrías hasta la misma Sardes, persiguiéronles los generales persas, especialmente Daurises, casado con una hija de Darío, y en su compañía otros dos yernos del rey, Himayes y Ótanes, y habiéndoles derrotado en campo de batalla, les obligaron a refugiarse a sus naves: repartidas las tropas en seguida contra las plazas del país, iban tomándolas con las armas.