LIBRO SEXTO.
ÉRATO.
Histieo continúa induciendo a los jonios a batirse contra los persas, pero estos procuran dispersar su armada por medio de las instigaciones de sus antiguos señores: derrota de la armada jonia: toma de Mileto. Histieo, hecho pirata, cae en poder de los medos, los cuales se apoderan de las ciudades jónicas y del Quersoneso, abandonado por Milcíades, que se había alzado con su dominio. La armada persa se dirige contra Atenas y naufraga al pie del Atos. Los de Egina se entregan a los persas, por cuyo motivo trata el rey de Esparta de castigarlos. — Origen de los reyes de Esparta, y deposición del rey Demarato: artificios de Cleómenes contra este, descubiertos los cuales huye de Esparta. — Los eginetas hacen nuevos insultos a los atenienses, los cuales consiguen derrotarlos en una batalla naval. — Atacan los persas a Eretria, y se apoderan de ella por traición. Continúan los persas contra Atenas y avanzan hasta Maratón. Los atenienses les salen al encuentro, al mando de diez generales. Batalla de Maratón. Dudas acerca de la lealtad de los Alcmeónidas y aventuras de esta familia. Milcíades, célebre desde la batalla de Maratón, es acusado por no haber tomado a Paros, y absuelto de la pena capital por la conquista de Lemnos, que hiciera en otro tiempo.
I. Tal fue el fin que tuvo Aristágoras, el que había sublevado la Jonia. Durante estos sucesos había ya vuelto a Sardes, conseguida licencia de Darío, Histieo, señor de Mileto, a quien apenas acabado de llegar de Susa preguntó Artafrenes, virrey de Sardes, qué le parecía aquella rebelión y cuál habría sido el motivo de ella. Fingiendo Histieo que nada sabía, y maravillándose del estado presente de las cosas, respondiole que todo le cogía de nuevo. Pero bien enterado Artafrenes del principio y trama del levantamiento, y viendo la malicia y disimulo con que respondía aquel: «Histieo, le replicó, esos zapatos que se calzó Aristágoras, se los cortó y cosió Histieo», aludiendo en esto y zahiriendo al primer móvil de aquella revolución.
II. Histieo, pues, no asegurándose de Artafrenes como de quien estaba ya sabedor de la verdad, venida apenas la noche se fue huyendo hacia el mar y dejó burlado al rey Darío; porque bien lejos de conquistar a la corona la isla de Cerdeña, la mayor de cuantas hay en el mar, según lo tenía prometido, marchó a ponerse al frente de los jonios, como generalísimo en la guerra contra el persa. Con todo, los de Quíos, a donde pasó luego, teniéndole por espía doble de Darío, enviado con la oculta mira de intentar contra ellos alguna novedad, le pusieron preso; aunque poco después, informados mejor de la verdad, y sabiendo cuán grande enemigo era del rey, le dejaron otra vez libre y suelto.
III. Reconvenido entonces Histieo por los jonios por qué con tantas veras había mandado decir a Aristágoras que se levantase contra el rey, sublevación que tanto estrago y desventura había acarreado a la Jonia, se guardó muy bien de descubrirles el motivo verdadero que en aquello había tenido, sino que con un engaño procuró alarmarles de nuevo, diciéndoles que lo había hecho por haber sabido que el rey Darío estaba resuelto a que los fenicios pasasen a ocupar la Jonia, y los jonios fuesen trasplantados a la Fenicia,[92] y que esta había sido la causa de habérselo así mandado. Al rey no le había pasado tal cosa por la cabeza; mas con aquel terror imaginario turbaba Histieo a la Jonia.
IV. Poco después de esto envió Histieo a Sardes un mensajero de nación atarnaita, llamado Hermipo, con cartas dirigidas a ciertos persas con quienes tenía de antemano tramada una sublevación.[93] Hermipo, en vez de entregar las cartas a aquellos a quienes iban destinadas, se presentó en derechura a Artafrenes y se las puso en las manos. Cerciorado este de la oculta conjuración, manda a Hermipo que, tomando otra vez sus cartas, las entregue a quien van de parte de Histieo, pero que recogidas las respuestas de los persas a este, las vuelva a poner en sus manos antes de partir con ellas. Descubierta de este modo la secreta conspiración, ajustició el virrey Artafrenes a muchos persas.
V. Luego que sucedió en Sardes esta novedad, viendo Histieo desvanecidas sus esperanzas, logró de los de Quíos, con sus ruegos e instancias, que le llevasen a Mileto. Los milesios, que con particular gusto y satisfacción poco antes se habían visto libres de Aristágoras, estaban muy ajenos a la sazón de recibir en casa y de voluntad propia a ningún otro señor, mayormente después de haber gustado lo dulce y sabroso de la libertad. Habiendo, pues, Histieo intentado entrar de noche y a viva fuerza en Mileto, salió herido en un muslo de mano de un milesio, sin lograr el objeto de su tentativa. Echado de su ciudad este antiguo señor, da la vuelta a Quíos, de donde no pudiendo inducir a aquellos naturales a que le confiasen sus fuerzas de mar, pasó a Mitilene, y allí pudo lograr de los lesbios que le dieran su armada. Llevando, pues, estos a bordo a Histieo, fuéronse hacia Bizancio con ocho galeras bien tripuladas y armadas. Apostados con sus naves en aquel estrecho, íbanse apoderando de cuantas embarcaciones venían del Ponto, si no se declaraban de su voluntad prontas a seguir el partido de Histieo.
VI. En tanto que guiados por Histieo se ocupaban en esto los de Mitilene, hallábanse los milesios amenazados de un poderoso ejército por mar y tierra que de día en día allí se esperaba, sabiéndose que los jefes principales de los persas, unidas ya sus tropas en un solo cuerpo, sin curarse de las demás pequeñas ciudades enemigas, se dirigían hacia Mileto. La mayor fuerza de la armada naval del persa consistía en los fenicios, con quienes concurrían armados los de Chipre, poco antes subyugados, como también los de Cilicia y los de Egipto, cuyas fuerzas de mar venían todas contra Mileto y lo restante de la Jonia.