LXXXVII. Era mucho el encono entre los de Atenas y los eginetas, quienes antes de satisfacer a las injurias que declarados a favor de los tebanos habían hecho a los primeros, les hicieron un nuevo insulto; pues llevados de cólera y furor contra los atenienses, de quienes se daban por ofendidos, preparándose a la venganza, tomaron la siguiente resolución: Tenían los atenienses en Sunio una nave capitana de cinco remos, que era la famosa Teórida,[146] y estando llena de los personajes principales de la ciudad, apresáronla los eginetas apostados en una celada, y tomada la nave, retuvieron en prisión a todos aquellos ilustres pasajeros. Los atenienses, recibida tan insigne injuria, pensaron que no convenía dilatar la venganza de ella, procurándola tomar por todos los medios posibles.

LXXXVIII. En aquella sazón vivía en Egina un sujeto principal, por nombre Nicódromo, hijo de Eneto, el cual resentido de sus conciudadanos por haberle antes desterrado de su patria, al ver entonces a los atenienses deseosos de venganza y prontos a invadir su país, entendiose con ellos, ajustando el día en que él acometería la empresa y ellos vendrían a su socorro. Concertadas así las cosas, apoderose ante todo Nicódromo, según antes se convino con los atenienses, de la ciudad vieja, que así la llamaban en Egina.

LXXXIX. Quiso la desgracia que los atenienses, por no haber tenido a punto una armada que pudieran oponer a la de los eginetas, no acudieron al plazo señalado; de suerte que entretanto que negociaban con los de Corinto para que les dieran sus buques, pasada la ocasión, se malogró la empresa. En efecto, aunque los corintios, que eran a la sazón los mayores amigos de Atenas, dieron a los atenienses veinte naves que les pedían so color de vendérselas a cinco dracmas por nave, y esto por no faltar a la ley que les prohibía dárselas regaladas, los atenienses con todo, formando con estas naves cedidas y con las suyas bien armadas una escuadra de setenta naves y navegando hacia Egina, no pudieron llegar a ella sino un día después del término convenido.

XC. Cuando vio, pues, Nicódromo que al tiempo prefijado no parecían los atenienses, tomó entonces un barco y escapose de Egina en compañía de los paisanos que seguirle quisieron. A todos estos desertores dieron los atenienses casa y acogida en Sunio, lugar de donde solían ellos salir a talar y saquear la isla de Egina; bien que esto sucedió algún tiempo después.

XCI. Los aristócratas de Egina, vencido en ella el vulgo que en compañía de Nicódromo se les había levantado, tomaron la resolución de hacer morir a todos aquellos de quienes acababan de apoderarse, y entonces puntualmente fue cuando cometieron aquella acción tan impía y sacrílega, que jamás pudieron expiar por más recursos y medios que a este fin practicaron, en tanto grado, que antes se vieron arrojados de su isla, que no aplacado y propicio el numen de Deméter profanado. He aquí el caso: llevaban de una vez al suplicio a 700 de sus paisanos cogidos prisioneros de guerra, cuando uno de ellos, rompiendo sus prisiones y refugiándose al atrio de Deméter la Legisladora, asió con las dos manos las aldabas de la puerta. Procuran a viva fuerza arrancarle de las aldabas, y no pudiendo conseguirlo, cortan al infeliz los puños, y quedando las dos manos asidas de la puerta de Deméter, llévanle así arrastrando al matadero. Tan inhumana fue la impiedad que por su daño cometieron los eginetas.

XCII. Entran después en un combate naval con los atenienses, los cuales con 70 naves se habían acercado a la isla. Vencidos los de Egina, por más que llamaron después en su socorro a los argivos, antes sus aliados, nunca quisieron estos venir en su ayuda; y el motivo de queja de su parte era porque la tripulación de las naves eginetas, a las que Cleómenes obligó a seguirle al ir a acometer las costas de Argólida, había allí desembarcado en compañía de los lacedemonios, ocasión en que asimismo saltó a tierra la gente que venía en las naves sicionias; y de aquí resultó después que los argivos impusieron a las dos naciones 1000 talentos de multa, 500 a cada una. Los sicionios, confesando su culpa en el desembarco, ajustaron la enmienda en 100 talentos, pago con que redimieron la multa por su parte. Los eginetas, al contrario, altivos y presumidos, ni reconocieron la injuria, ni excusaron la culpa; motivo por el cual, cuando pedían ser socorridos, ninguno de orden del común de los argivos les dio asistencia ni favor; bien es verdad que mil sujetos particulares de su propia voluntad les socorrieron. Un luchador famoso en el pentatlo, por nombre Euríbates, condujo a Egina estos aventureros en calidad de general; pero los más de ellos, muertos a manos de los atenienses, no vieron más a Argos, y aun el valiente Euríbates, por más que en tres duelos mató a tres competidores, en el cuarto quedó vencido y muerto por Sófanes, de Decelia.

XCIII. Durante la guerra, como lograsen los eginetas en un lance hallar la armada de Atenas desordenada, cogiendo cuatro naves con toda la tripulación, alcanzaron una victoria naval. De este modo los atenienses continuaban la guerra con los de Egina.

XCIV. Entre tanto el persa Darío, ya porque su criado le estuviese inculcando cada día que se acordase de los atenienses, ya porque los Pisistrátidas que tenía cerca de su persona nunca paraban de enconarle más y más contra Atenas, ya porque él mismo, echando mano de aquel pretexto ambiciosamente, aspirase de suyo a rendir con la fuerza a cuanto griego no se le sujetase de grado, entregándole al modo persa la tierra y el agua; por todos estos motivos, repito, llevaba adelante sus designios primeros. Viendo, pues, cuán poco adelantaba Mardonio al frente de su armada, quitole el cargo de general y nombró de nuevo dos jefes para ella, el uno Datis, de nación medo, el otro Artafrenes, su sobrino, hijo del virrey Artafrenes. Destinándolos contra Eretria y contra Atenas, dioles orden al partir de su presencia de que, arruinadas entrambas ciudades, le presentasen a su vista esclavos y presos a los ciudadanos de ellas.

XCV. Partidos los dos generales de la presencia del rey y llegados al campo Aleo en Cilicia, conduciendo un grueso ejército bien apercibido y abastecido de todo, asentaron allí sus reales en tanto que acababa de juntarse toda la armada naval, cuyo contingente se había antes distribuido y exigido a cada ciudad marítima, como también el convoy de las naves destinadas al trasporte de la caballería, las que un año antes había mandado Darío que le tuviesen a punto sus vasallos tributarios. Luego que en las costas estuvieron aprontadas las naves, embarcando la caballería y tomando la infantería a bordo del convoy, hiciéronse a la vela navegando con seiscientas[147] galeras hacia la Jonia. Desde allí no siguieron su rumbo costeando la tierra firme y tirando en derechura hacia el Helesponto y la Tracia, sino que salidos de Samos, tomaron la derrota por cerca de Ícaro, pasando entre aquellas islas circunvecinas. El miedo que les causaba el promontorio Atos, difícil de doblar, hizo, según creo, que siguieran aquel nuevo curso, por cuanto el año anterior, siguiendo por él su rumbo, habían allí experimentado un gran infortunio y naufragio; a lo cual les precisaba además la isla de Naxos, no domada todavía por los persas.

XCVI. Desde las aguas del mar Icario, intentando los persas en su expedición dar el primer golpe contra la citada Naxos, dejáronse caer sobre ella; pero los naxios, que bien presentes tenían las muchas hostilidades cometidas antes contra los persas, huyendo hacia los montes, ni aun quisieron esperar la primera descarga del enemigo: así que los persas, incendiados los templos con la ciudad toda de Naxos, se hicieron a la vela contra las demás islas, llevándose a cuantos prisioneros pudieron haber a las manos.