CCII. Era el número de los griegos apostados para esperar al rey en aquel lugar: de los espartanos 300 hóplitas; de los tegeos y mantineos 1000, 500 de cada uno de estos pueblos; de Orcómeno, ciudad de la Arcadia, 120; de lo restante de la misma Arcadia, 1000, y este era a punto fijo el número de los arcadios; de Corinto, 400; de Fliunte, 200; y de los de Micenas, 80; siendo estos todos los que se hallaban presentes venidos del Peloponeso; de los beocios 700 tespieos y 400 tebanos.

CCIII. A más de los dichos, habían sido convocados los locros opuntios[261] con toda su gente de armas y mil soldados más de los focidios. Habíanlos llamado los griegos enviándoles unos mensajeros que les dijesen cómo ellos se adelantaban ya, precursores de los demás, a ocupar aquel paso, y que de día en día esperaban allí a los otros aliados que estaban en camino; que por lo tocante al mar estaba cubierto y guardado con las escuadras de los de Atenas, de los de Egina y de los restantes pueblos que tenían fuerzas navales; que no tenían por qué temer ni desmayar, pues no era ningún dios venido del cielo, sino un hombre mortal, el enemigo común de la Grecia invadida; que bien sabían ellos que ni había existido mortal alguno, ni había de haberlo jamás, que desde el día de su nacimiento no estuviese expuesto a los reveses de la fortuna, tanto más grandes cuanto más lo fuese su estado y condición; en suma, que siendo un hombre de carne y hueso el que venía a acometerles, no podía menos de tener algún tropiezo en que, humillado, conociese que lo era. Así les hablaron, y con estas razones se resolvieron aquellos a enviar sus socorros a Traquinia.

CCIV. Tenían dichas tropas, a más del comandante respectivo de cada una de las ciudades, por general de todo aquel cuerpo, a quien todos sobremanera respetaban, al lacedemonio Leónidas, hijo de Anaxándridas y descendiente de varón en varón de los principales personajes siguientes: León, Euricrátidas, Anaxandro, Eurícrates, Polidoro, Alcámenes, Téleclo, Arquelao, Egesilao, Doriso, Leobotes, Equestrato, Agis, Eurístenes, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo y Heracles. Había el citado general Leónidas sido hecho rey en Esparta del siguiente modo, fuera de lo que se esperaba:

CCV. Como tuviese dos hermanos mayores, el uno Cleómenes y el otro Dorieo, bien lejos estaba de pensar que pudiese recaer el cetro en sus manos. Pero habiendo muerto Cleómenes sin hijo varón y no sobreviviéndole ya Dorieo, que había acabado sus días en Sicilia, vino la corona por estos accidentes a sentarse rodando en las sienes de Leónidas, siendo mayor que su hermano Cleómbroto, el menor de los hijos de Anaxándridas, y estando mayormente casado con una hija que había dejado el rey Cleómenes. Entonces, pues, se fue a Termópilas el rey Leónidas, habiendo escogido en Esparta 300 hombres de edad varonil y militar que ya tenían hijos. Con ellos había juntado el número de tebanos que llevo dicho, a cuyo frente iba por comandante nacional Leontíades, hijo de Eurímaco.[262] El motivo que había determinado a Leónidas a que procurase llevar consigo a los tebanos con tanta particularidad, fue la mala fama que de ellos, como de partidarios del medo, corría muy válida. Bajo este supuesto les convidó a la guerra, para ver si concurrían a ella con los demás, o si manifiestamente se apartaban de la alianza de los otros griegos. Enviaron los tebanos sus soldados, si bien seguían aquel partido con ánimo discordante.

CCVI. Enviaron delante los espartanos esta tropa capitaneada por Leónidas con la mira de que los otros aliados quisiesen con aquel ejemplo salir a campaña y de impedir que se entregasen al medo, oyendo decir que dilataban en tardanzas aquella empresa. Por su parte estaban ya resueltos a salir con todas sus fuerzas, dejando en Esparta la guarnición necesaria, luego de celebradas las Carneas, que eran unas fiestas anuas que les obligaban a la detención. Lo mismo que ellos pensaban hacer los otros griegos sus aliados por razón de concurrir en aquella misma sazón de tiempo a los juegos olímpicos,[263] y con esto, pareciéndoles que no se vendría tan presto a las manos en Termópilas, enviaron allá adelantadas sus tropas como precursores suyos.

CCVII. Esto era lo que pensaban hacer aquellos griegos; pero los que estaban ya en Termópilas, cuando supieron que se hallaba el persa cerca de la entrada, deliberaban llenos de pavor si sería bien dejar el puesto. Los otros peloponesios, en efecto, eran de parecer que convenía volverse al Peloponeso y guardar el Istmo con sus fuerzas; pero Leónidas, viendo a los locros y focidios irritados contra aquel modo de pensar, votaba que era preciso mantener el mismo puesto, enviando al mismo tiempo mensajeros a las ciudades, que las exhortasen al socorro, por no ser ellos bastantes para rebatir el ejército de los medos.

CCVIII. Entretanto que esto deliberaban, envió allá Jerjes un espía de a caballo, para que viese cuántos eran los griegos y lo que allí hacían, pues había ya oído decir, estando aún en Tesalia, que se había juntado en aquel sitio un pequeño cuerpo de tropas, cuyos jefes eran los lacedemonios, teniendo al frente a Leónidas, príncipe de la familia de los Heráclidas. Después que estuvo el jinete cerca del campo, si bien no pudo observar todo el campamento, no siéndole posible alcanzar con los ojos a los que acampaban detrás de la muralla, que reedificada guardaban con su guarnición, pudo muy bien observar con todo los que estaban delante de ella en la parte exterior, cuyas armas yacían allí tendidas por orden. Quiso la fortuna que fuesen los lacedemonios a quienes tocase entonces por turno estar allí apostados. Vio, pues, que unos se entretenían en los ejercicios gimnásticos y que otros se ocupaban en peinar y componer el pelo: mirando aquello el espía, quedó maravillado haciéndose cargo de cuántos eran: certificose bien de todo y dio la vuelta con mucha paz y quietud, no habiendo nadie que le siguiese, ni que hiciese caso ninguno de él. A su vuelta dio cuenta a Jerjes de cuanto había observado.

CCIX. Al oír Jerjes aquella relación, no podía dar en lo que era realmente la cosa, sino prepararse los lacedemonios a vender la vida lo más caro que pudiesen al enemigo. Y como tuviese lo que hacían por sandez y singularidad, envió a llamar a Demarato, el hijo de Aristón, que se hallaba en el campo; y cuando lo tuvo en su presencia, le fue preguntando cada cosa en particular, deseando Jerjes entender qué venía a ser lo que hacían los lacedemonios. Díjole Demarato: «Señor, acerca de estos hombres os informé antes la verdad cuando partimos contra la Grecia. Vos hicisteis burla de mí al oírme decir lo que yo preveía había de suceder. No tengo mayor empeño que hablar verdad tratando con vos: oídla ahora también de mi boca: Sabéis que han venido esos hombres a disputarnos la entrada con las armas en la mano, y que a esto se disponen; pues este es uso suyo, y así lo practican, peinarse muy bien y engalanarse cuando están para ponerse a peligro de perecer. Tened por seguro que si vencéis a estas tropas y a las que han quedado en Esparta, no habrá, señor, ninguna otra nación que se atreva a levantar las manos contra vos; pero reparad bien ahora que vais contra la capital misma, contra la ciudad más brava de toda la Grecia, contra los más esforzados campeones de todos los griegos». Tal respuesta pareció a Jerjes del todo inverosímil, y preguntole segunda vez que le dijese cómo era posible que siendo ellos un puñado de gente y nada más, se hubiesen de atrever a pelear con su ejército; a lo cual respondió Demarato: «Convengo, señor, en que me tengáis por embustero si no sucede todo puntualmente como os lo digo».

CCX. No por esto logró que le diese crédito Jerjes, quien se estuvo quieto cuatro días esperando que los griegos se entregasen por instantes a la fuga. Llegado el quinto, como ellos no se retirasen de su puesto, pareciole a Jerjes que nacía aquella pertinacia de mera desfachatez y falta de juicio, y lleno de cólera envió contra ellos a los medos y cisios, con la orden formal de que prendiesen a aquellos locos y se los presentasen vivos. Acometen con ímpetu gallardo los medos a los griegos, caen muchos en la embestida, vanles otros sucediendo de refresco, y por más que se ven violentamente repelidos, no vuelven pie atrás. Lo que sin duda logran con aquello es hacer a todos patente, y mayormente al mismo rey, que tenía allí muchos hombres, pero pocos varones esforzados. La refriega empezada duró todo aquel día.

CCXI. Como los medos se retirasen del choque, después de muy mal parados en él, y fuesen a relevarles los persas entrando en la acción, hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que estos se llevarían de calle a los griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre. Hacían allí los lacedemonios prodigios de valor, mostrándose en todo guerreros peritos y veteranos en medio de unos enemigos mal disciplinados y bisoños, y muy particularmente cuando al volver las espaldas lo hacían bien formados y con mucha ligereza. Al verlos huir los bárbaros en sus retiradas, daban tras ellos con mucho alboroto y gritería; pero al irles ya a los alcances, volvíanse los griegos de repente, y haciéndoles frente bien ordenados, es increíble cuánto enemigo persa derribaban, si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos espartanos. Viendo los persas que no podían apoderarse de aquel paso, por más que lo intentaron con sus brigadas divididas, y con sus fuerzas juntas, desistieron al cabo de la empresa.