XIX. Haciendo allí Temístocles reflexión de que si podía lograr que desamparase la armada del bárbaro la gente de la Jonia y de la Caria, sería factible que alcanzasen los griegos la victoria sobre lo restante de ella, al tiempo que los naturales de Eubea conducían sus ganados hacia la playa, juntó a los generales y les dijo que le parecía haber discurrido un medio con el cual esperaba poder alcanzar que las mejores tropas del bárbaro se le separasen de la armada. Por entonces no descubrió más de lo que meditaba; solo les añadió que en las circunstancias presentes juzgaba que lo que debía hacer cada uno era matar cuanto ganado quisiese de los rebaños de Eubea, pues valía más que el ejército se aprovechara de él, que no los enemigos. Con esto les avisó que cada jefe mandase a su gente encender sus fuegos para cocer las reses; que acerca del tiempo de la retirada, a su cuenta corría el que todos regresasen salvos a la Grecia. A todos pareció bien el aviso, y encendidos los fuegos, se echaron sobre el ganado.
XX. Es de saber que los de Eubea, no contando con un oráculo de Bacis, como si nada dijese, ni habían cuidado de sacar nada de su casa ni de introducirlo, considerando que estaban en vísperas de una guerra, y con esto habían dejado sus cosas expuestas a una total perdición y ruina. Y decía en este punto el oráculo de Bacis:
Cuando el bárbaro imponga al mar yugo de biblo,
harás que balen tus cabras lejos de Eubea.
Como los de Eubea, pues, en nada se hubiesen aprovechado de tales versos, ni en medio de las calamidades que ya padecían, ni con el miedo de las que les amenazaban, aguardábales sin duda la última miseria y desastre.
XXI. Mientras que en esto se ocupaban, llegósele la atalaya que tenían en Traquinia, pues que los griegos no solo en Artemisio habían puesto por atalaya a Polias, natural de Anticira, con un barco pronto y prevenido para dar aviso a los de Termópilas, en caso de que tuviese su armada algún encuentro y fracaso con la enemiga, sino que se hallaba del mismo modo cerca de Leónidas con una galeota de 30 remos a punto el ateniense Abrónico, hijo de Lisicles, para informar luego a los que estaban en Artemisio de cualquiera novedad que sucediese a las tropas de tierra. Fue, pues, dicho Abrónico la atalaya que viniendo dio cuenta de lo sucedido a Leónidas y a su gente. Al oír los griegos aquella nueva, no pensaron en dilatar un punto la retirada, sino que por el orden en que se hallaban anclados, empezaron a partirse los primeros los de Corinto, los últimos los de Atenas.
XXII. Escogiendo Temístocles entonces de la escuadra de Atenas las naves más ligeras, fue siguiendo con ellas los lugares de la aguada, dejando grabadas en las piedras vecinas a la misma unas letras, que llegados el día después a Artemisio pudieran leer los jonios. Decían así las letras: «Varones jonios, no obráis bien en hacer guerra a vuestros padres y mayores, ni en reducir la Grecia a servidumbre. La razón quiere que os pongáis de parte nuestra. Y si no tenéis ya en vuestra mano hacerlo así, por lo menos podéis aún ahora retiraros vosotros mismos de la armada que nos persigue, y pedir a los carios que hagan lo que os vieren hacer; y si ni lo uno ni lo otro pudiereis ejecutar por hallaros tan agobiados con ese yugo, y tan estrechamente atados que no podáis levantaros contra el persa, lo que sin falta podréis hacer es, que entrando en algún combate, os lo estéis mirando con vigilante descuido, teniendo presente que sois nuestros descendientes y sois aun la causa del odio que desde el principio nos cobró ese bárbaro». A decir lo que sospecho, esto lo escribía Temístocles con estilo doble y con un rasgo de política finísima, o para lograr que los jonios, desertando del persa, se pasasen a su armada, si no llegaban las letras a oídos del rey, o para que este tuviese por sospechosos a los jonios y les impidiese entrar en batalla naval, si le contaban lo acaecido y ponían mal a sus ojos la fe de los jonios.
XXIII. Apenas acababa Temístocles de escribir esto en la aguada, cuando un hombre natural de Histiea llegó en un barco a dar la noticia a los bárbaros de que los griegos huían de Artemisio. Ellos, por no fiarse del espía, aseguráronse de su persona, poniéndole preso entretanto que despachaban unas naves ligeras que fuesen a ver lo que había. Vueltas estas con la noticia de lo que realmente pasaba, al salir el sol, toda la armada junta púsose en viaje en dirección de Artemisio, en donde, haciendo alto hasta el medio día, encaminose después para Histiea. Llegados allá los bárbaros, apoderáronse de la ciudad de los histieos y de una parte de la Elopia, y fueron corriendo y talando todas las aldeas marítimas de la Histieótide.
XXIV. Estando así las cosas, despachó Jerjes un pregonero a su armada, después de dar sus providencias acerca de los muertos de los suyos, y mandando recoger todos los demás cadáveres que de su ejército habían perecido (y no bajaban de 20.000 los que en Termópilas murieron) hizo enterrarles en unas fosas abiertas a este fin, y cubiertas otra vez con tierra, y disimuladas con hojarasca allí tendida para que no lo echase de ver la gente de su marina. Luego que vino a Histiea el pregonero, mandando juntar toda la gente de la armada, publicoles este bando: «Gente de guerra, el rey Jerjes da licencia al que de vosotros la quiera, para que dejando este puesto, y viniendo al campo, vea cómo peleó el monarca con estos griegos insensatos y temerarios, que esperaban poder más que su ejército».
XXV. Publicado el bando, de nada hubo luego en la escuadra tanta falta como de barcos en que pasar a Termópilas: tantos eran los que querían concurrir al espectáculo. Pasados allá, miraban los cadáveres discurriendo por medio de ellos, bien asegurados todos de que eran dichos muertos lacedemonios y tespieos, pues veían en otro traje a los ilotas, tendidos allí mismo. Pero a nadie se le pasó por alto el artificio y disimulo que usó Jerjes con sus muertos; parecioles antes a todos una cosa ridícula que se dejasen ver 1000 de sus soldados tendidos, y que los enemigos, en número de 4000, estuviesen allí juntos y recogidos en un mismo sitio. Este día entero lo gastaron en aquel espectáculo, pero el día después dieron unos la vuelta para sus naves a Histiea, y los del ejército de Jerjes se dispusieron para la marcha.