LXVI. Volviendo a las tropas que servían en la armada de Jerjes, después que desde Traquinia, donde habían contemplado el destrozo y carnicería hecha en los lacedemonios, pasaron a Histiea, detuviéronse en ella tres días, después de los cuales navegaron por el Euripo, y al cabo de otros tres se hallaron en Falero,[311] puerto que era de Atenas: y a lo que creo, no fue menor el número de las tropas que vino contra Atenas, así de las de tierra como de las de mar, de lo que había sido aquel con que habían antes llegado a Sepíade y a Termópilas; porque debo aquí sustituir al número de las que en la tormenta se perdieron, de las que perecieron en Termópilas y de las que murieron en los combates navales cerca de Artemisio, los melieos, los dorios, los locros y los beocios, pueblos que con todas sus milicias venían incorporados en el grueso del ejército, sacados solamente los de Tespias y los de Platea. Debo añadir también los caristios,[312] los andrios, los tenios y todos los demás isleños, fuera de aquellas cinco ciudades de quienes hice antes mención, llamándolas por su nombre. Y lo cierto es que cuanto más iba internándose el persa dentro de la Grecia, tantas más eran las naciones que le iban acompañando.
LXVII. Llegados, pues, a Atenas todos los que llevo referidos, sacando solamente a los parios, pues estos, habiéndose quedado en Citnos, se mantuvieron neutrales esperando a ver en qué pararía la empresa; llegados, repito, todos los demás a Falero, bajó el mismo Jerjes en persona hacia las naves con el intento de conferenciar con su marina y a fin de explorar de qué sentir eran los de sus escuadras. Acercado a la playa, y sentado en un lugar eminente, íbansele presentando los señores de sus respectivas naciones y los oficiales llamados de sus naves, y tomaban asiento según el lugar y preferencia que el rey a cada uno de ellos había señalado, siendo entre todos el primero el rey de Sidón, el segundo el de Tiro y así de los demás. Sentados ya todos por su orden, Mardonio, pasando por medio de ellos de orden de Jerjes, iba tomando los pareceres de cada uno en particular sobre si sería del caso dar la batalla naval.
LXVIII. Iba, pues, Mardonio preguntando a todos, empezando su giro desde el rey de Sidón, y recogiendo de cada uno de ellos un mismo voto y sentimiento, a saber, que sin duda debía darse la batalla, cuando Artemisia se explicó en tales términos: «Harasme, oh Mardonio, la merced de decir al rey de mi parte, que yo, que no me porté enteramente mal en las refriegas pasadas, aquí cerca de Eubea, ni dejé de dar pruebas bastantes de mi valor, háblole ahora por tu boca en estos términos: Señor, mi fidelidad en todo rigor de justicia me obliga a que os descubra ingenuamente lo que juzgue por más conveniente a vuestro servicio: hágolo, pues, diciéndoos que guardéis vuestras naves y no entréis con ellas en batalla, pues esos enemigos son una tropa tan superior en el mar a la vuestra, cuanto lo son los hombres en valor a las mujeres. Y ¿qué necesidad tenéis vos, ni poca ni mucha, de exponeros a una batalla naval? ¿No os veis dueño de Atenas, cuya venganza y conquista os movió a esta expedición? ¿No sois señor de la Grecia toda, no habiendo ya quien salga a detener el curso de la victoria? Los que hasta aquí se os han puesto delante, han llevado, y llevado bien, su merecido. Aun más, señor: quiero representaros el paradero que a mi juicio tendrán los asuntos del enemigo. Si no os apresuráis a dar la batalla por mar, antes bien continuáis en tener la armada en estas costas o la mandáis avanzar hacia el Peloponeso, no dudéis, señor, que veréis cumplidos los designios que os han traído a la Grecia; porque no se hallarán los griegos en estado de resistiros largo tiempo, sino que les obligaréis en breve a dividir sus fuerzas partiéndose hacia sus respectivas ciudades. Hablo así, porque, según llevo dicho, ni tienen ellos víveres provenidos en esa isla, ni es de creer que dirigiéndoos vos con el ejército de tierra hacia el Peloponeso, se estén aquí inmóviles los que allá han concurrido. No se cuidarán ellos sin duda de pelear en defensa o venganza de los atenienses. Al contrario, tengo mucho que temer que si con tanta precipitación dais la batalla naval, vuestras tropas de mar, rotas y deshechas, han de desconcertar a las de tierra. A más de esto, quisiera yo, señor, que hicieseis la siguiente reflexión: que un buen amo, por lo común, se ve servido de un criado malo, y un mal amo de un criado bueno. De esta desgracia os toca también a vos una buena parte, que siendo el mejor soberano del mundo tenéis unos pésimos criados; pues esos que pasan por aliados vuestros, quiero decir, los egipcios, los chipriotas, los cilicios, los panfilios, no son hombres para nada».
LXIX. Al oír a Artemisia diciendo esto a Mardonio, cuantos la querían bien recibían mucha pena de que así se explicase, persuadidos de que había de costarle caro su libertad de parte del soberano, como que se oponía a que se diese la batalla. Pero los que la miraban con malos ojos y le envidiaban la honra con que el rey la distinguía entre los demás confederados, recibían gran placer en su voto particular, como si por él se fabricase ella misma su ruina. Pero no fue así, antes bien, cuando se hizo relación a Jerjes de aquellos pareceres, mostró mucho gusto y satisfacción con el de Artemisia; de suerte que, si antes la tenía por mujer de prendas, la celebró entonces mucho más de ingeniosa y prudente. Ordenó, no obstante, que se estuviese a la pluralidad de los votos, dándose a entender que sus tropas antes no habían hecho su deber en los encuentros cerca de Eubea, llevando blanda la mano por no hallarse él presente, pero que no sucedería lo mismo entonces, cuando estaba resuelto a ver las batallas por sus mismos ojos.
LXX. Dada la orden de hacerse a la vela, partieron hacia las aguas de Salamina, y se formaron en batalla a su gusto y placer, tan despacio, que no les quedó tiempo para darla aquel día. Sobrevino la noche y la pasaron ordenándose para pelear al día siguiente. Pero los griegos, y muy particularmente los venidos del Peloponeso, estaban sobrecogidos de pasmo y horror, viendo estos últimos que, confinados allí en Salamina, iban a dar a favor de los atenienses una batalla, de la cual, si salían vencidos, veríanse cogidos y bloqueados en una isla, dejando a su patria indefensa.
LXXI. Aquella misma noche empezó a marchar por tierra hacia el Peloponeso el ejército de los persas, por más que se hubiesen tomado todas las medidas y precauciones posibles a fin de impedir a los bárbaros el paso de tierra firme; porque apenas supieron los peloponesios la muerte de las tropas de Leónidas en Termópilas, concurriendo a toda prisa los guerreros de las ciudades, sentaron sus reales en el Istmo, teniendo al frente por general a Cleómbroto, hijo de Anaxándridas y hermano de Leónidas. Plantados en el Istmo sus reales, cortaron ante todo con trincheras y terraplenaron la vía Escirónida,[313] y después tomado entre ellos acuerdo, determinaron levantar una muralla en las fauces del Istmo, y como eran muchos millares de hombres los que allí estaban, y no había ni uno solo que no pusiese mano al trabajo, estaba ya entonces acabada la obra, mayormente cuando sin cesar ni de día ni de noche, iban afanándose aquellas tropas, acarreando unos ladrillo, otros fagina y otros cargas de arena.
LXXII. Los pueblos que a la guarnición y defensa del Istmo concurrían con toda su gente eran los griegos siguientes: los lacedemonios, los arcadios todos, los eleos, los corintios, los sicionios, los epidaurios, los fliasios, los trecenios y los hermioneos; y estos se desvelaban tanto en acudir con sus tropas al Istmo, porque no podían ver sin horror reducida la Grecia al último trance y peligro de perder la libertad, mientras que los otros peloponesios lo miraban todo con mucha indiferencia, sin cuidarse nada de lo que pasaba.
LXXIII. Habíase ya dado fin a los juegos olímpicos y las Carneas. Para hablar con más particularidad, es de saber que son siete las naciones que moran en el Peloponeso, dos de las cuales, los arcadios y los cinurios, no solo son originarios de aquella provincia, sino que al presente ocupan la misma región que desde el principio la ocupaban. Una nación de las siete, es decir, la aquea, si bien nunca desamparó el Peloponeso, salida con todo de su misma tierra habita en otra extraña:[314] las otras cuatro que restan, la de los dorios, de los etolios, de los dríopes y de los lemnios, son advenedizas. Tienen allá los dorios muchas y muy buenas ciudades; los etolios solamente una, que es Élide; los dríopes tienen a Hermíone y Ásine,[315] que está confinante con Cardámila, ciudad de la Laconia; a los lemnios pertenecen todos los pareoratas. Los cinurios, siendo originarios del país (o autóctonos), han parecido a algunos los únicos jonios del país, solo que se han vuelto dóricos al parecer, así por haber sido vasallos de los argivos, como por haberse hecho ornéatas con el tiempo por razón de su vecindario. Digo, pues, que las demás ciudades de estas siete naciones, exceptuando las que llevo expresadas, saliéronse fuera de la liga, o si ha de hablarse con libertad, saliéndose de la liga, se declararon por los medos.
LXXIV. Los que se hallaban en el Istmo no perdonaban trabajo ni fatiga alguna, como hombres que veían que en aquello se libraba su suerte, mayormente no esperando que sus naves les acudiesen mucho en la batalla; y los que estaban en Salamina, por más que supiesen los preparativos del Istmo, estaban amedrentados, no tanto por su causa propia como respecto al Peloponeso. Por algún corto tiempo, hablando los unos al oído de quien a su lado tenían, admirábanse de la imprudencia y falta de acierto en Euribíades; pero al fin reventó y salió al público la murmuración. Juntose la gente a consejo, y todo era altercar sobre el asunto. Porfiaban los unos ser preciso hacerse a la vela para el Peloponeso, exponerse allí a una batalla para su defensa; pero no quedarse en donde estaban para pelear a favor de una región tomada ya por el enemigo. Empeñábanse, por el contrario, los atenienses, los eginetas y los megarenses en que era menester rebatir al adversario en aquel puesto mismo.
LXXV. Entonces, como viese Temístocles que perdía la causa por los votos de los jefes del Peloponeso, saliose ocultamente del congreso, y luego de salido despacha un hombre que vaya en un barco a la armada de los medos, bien instruido de lo que debía decirles. Llamábase Sicino este enviado,[316] y era siervo y ayo de los hijos de Temístocles, quien, después de sosegadas ya las cosas, hízole inscribir entre los ciudadanos de Tespias, en la ocasión en que estos admitían nuevos vecinos, colmándole de bienes y de riquezas. Llegado allá Sicino en su barco, habló en esta conformidad a los jefes de los bárbaros: «Aquí vengo a hurto de los demás griegos, enviado por el general de los atenienses, quien, apasionado por los intereses del rey y deseoso de que sea superior vuestro partido al de los griegos, me manda deciros que ellos han determinado huir de puro miedo. Ahora se os presenta oportunidad para una acción la más gallarda del mundo si no les dais lugar ni permitís que se os escapen huyendo. Discordes ellos entre sí mismos, no acertarán a resistiros, antes les veréis trabados entre sí los unos contra los otros, peleando los de vuestro partido contra los que no lo son».