LXXXVIII. Ajustado así el negocio por entrambas partes, huyó Atagino secretamente de la ciudad, y sus hijos fueron entregados a Pausanias, quien los puso en libertad, diciendo que aquellos niños ninguna culpa habían tenido en el medismo y parcialidad de su padre. Los otros presos entregados por los tebanos estaban en la persuasión de que lograrían se tratara su causa en consejo de guerra, y que podrían en el juicio de los griegos comprar a fuerza de dinero su absolución y redimir el castigo. Pausanias, que penetraba sus intentos y sospechaba de los griegos que se dejarían sobornar, licenció desde luego las tropas aliadas, y llevando consigo a Corinto los tebanos prisioneros, los mandó allí ajusticiar.

LXXXIX. Lo que hasta aquí llevo dicho, es lo que hubo en Platea y en Tebas. Volviendo ahora a Artabazo, hijo de Farnaces, al llegar a los tesalios huyendo a largas jornadas, recibiéndole estos con demostraciones y obras de amigo y huésped, preguntábanle acerca de lo restante del ejército, ajenos totalmente de lo que en Platea había sucedido. Artabazo, viendo claramente que si decía la verdad sobre lo ocurrido en la batalla corría manifiesto peligro de perecer allí mismo con toda su división, pues sabida la desgracia y ruina del ejército, claro estaba que todos se levantarían contra él; Artabazo, pues, con esta consideración, no había ya dado antes noticia del caso a los focidios, y entonces habló a los tesalios de esta suerte: «Lo que tan solo puedo comunicaros, oh ciudadanos, es que paso ahora con esta tropa hacia la Tracia, comisionado para un negocio importante, y por lo urgente de él, marcho con la mayor diligencia y prisa que cabe. El mismo Mardonio, con todo su ejército, siguiendo mis pisadas, está en víspera ya de llegar a vuestros dominios: bien podéis prepararle el alojamiento, esmerándoos para con él en todos los obsequios de la hospitalidad, bien seguros de que en el porvenir no tendréis que arrepentiros de vuestros leales servicios». Después de hablarles así, continuó con la mayor celeridad sus marchas forzadas por la Tesalia y por la Macedonia, encaminándose directamente hacia la Tracia; y como quien llevaba realmente muchísima prisa, tomó el camino recio atravesando por en medio la región. Llegó al cabo a Bizancio, perdida mucha gente, así a manos de los tracios, quienes al paso iban destrozándola, como al rigor del hambre y la miseria.

XC. El día mismo en que con derrota completa de los persas se peleó en Platea, acaeció a los mismos otro destrozo en Mícala, lugar de la Jonia: porque como los griegos, que iban en la armada naval al mando del lacedemonio Leotíquidas, estuvieran de fijo apostados en Delos, vinieron a ellos desde Samos unos embajadores enviados por los de aquella isla, pero a hurto así de los persas como del señor de ella, Teoméstor, hijo de Androdamante, a quien estos habían dado el señorío de Samos. Los enviados, que eran Lampón, hijo de Trasicles, Atenágoras, de Arquestrátida, y Hegesístrato, de Aristágoras, se presentaron a la junta de los comandantes griegos, a quienes en nombre de todos hizo Hegesístrato un largo y muy limado razonamiento en esta sustancia: Que los jonios solo con acercárseles allí los griegos se sublevarían contra los persas, sin que los bárbaros se atrevieran a hacerles frente, y tanto mejor si lo intentaban, pues con esto les pondrían por sí mismos en las manos una presa tan grande, que no sería fácil hallar otra igual. Después de estas razones, acudiendo a las súplicas, rogábales que por los dioses comunes quisieran los griegos librarles de la esclavitud a ellos, también griegos, lo cual les sería facilísimo de lograr, porque las naves de los bárbaros, de suyo muy pesadas, no eran capaces de sostener el combate. Concluían, por fin, que si temían engaño o mala fe en quererles conducir contra el enemigo, prontos estaban allí en acompañarles como rehenes en sus naves.

XCI. Estando en el mayor calor de la súplica el enviado samio, le salió Leotíquidas con una pregunta no esperada, y le interrumpió la arenga, ora fuese para procurarse un buen agüero con la respuesta, ora porque así lo ordenase el cielo sin pretenderlo Leotíquidas. «Hombre, le pregunta, ¿cómo te llamas y cuál es tu gracia, amigo samio?». «Llámome, respondió él, Hegesístrato». «Y yo, replicó luego el lacedemonio, admito ese buen agüero, con que el cielo me convidó, oh caro samio, en ese tu nombre de conductor del ejército. Oblígate tú desde luego a navegar con nosotros y a estipular juntamente con tus compañeros, bajo la fe del juramento, que los samios están prontos a ser nuestros aliados».

XCII. Concluir estas palabras Leotíquidas y empezar aquella empresa, todo fue uno: porque los embajadores samios, interponiendo al instante la solemnidad del juramento, aseguraron que los de Samos entraban en la liga con los griegos, y Leotíquidas por su parte se dispuso a la expedición sin pérdida de tiempo, mandando a los demás enviados que diesen la vuelta a su patria, y que se quedase en la armada Hegesístrato, cuyo nombre le había parecido de feliz agüero. Así que los griegos, no detenidos allí más que aquel día, al siguiente se hicieron a la vela, viendo que los sacrificios salían en extremo favorables a su buen arúspice y adivino Deífono, hijo de Evenio y natural de Apolonia,[386] la que está en el seno Jonio.

XCIII. Aconteció a dicho Evenio una rara aventura que voy a referir. En la ciudad de Apolonia hay rebaños consagrados al sol, los cuales de día van paciendo a las orillas de un río[387] que, bajando del monte Lacmón, corre por la comarca de Apolonia y desagua en el mar cerca del puerto Orico: en cuanto a la noche, escógense ciertos hombres, y estos los más distinguidos de los vecinos por sus haberes y nobleza, para que un año cada uno, guarden aquel ganado, en lo cual se esmeran particularmente por lo mucho que, conforme a cierto oráculo, cuentan con los mencionados rebaños del sol, cuyo aprisco viene a ser una cueva apartada y distante de la ciudad. Sucedió, pues, que Evenio, encargado por su turno de la guarda de aquel ganado, como en tiempo de la vela se quedase dormido, acometiendo unos lobos al hato divino, le mataron unas 60 cabezas. Echolo de ver Evenio; pero selló los labios sin decir palabra a nadie, con ánimo de comprar y reponer otras tantas cabezas de ganado. El daño estuvo en que no pudo ocultarse la cosa de manera que no llegase a oídos de los de Apolonia, quienes llamándole a juicio le condenaron a perder los ojos, por haberse dormido durante su guardia en vez de velar. Apenas le sacaron los ojos, cuando vieron que ni sus ganados les daban nuevas crías, ni las tierras les rendían los mismos frutos que antes; desastres predichos contra ellos en Dodona y en Delfos. En esta calamidad, quisieron saber de aquellos profetas cuál era la culpa que causaba la presente desventura, y se les respondió de parte de los dioses, que por haber privado inicuamente de la vista al guardián del sacro rebaño, Evenio; pues los dioses mismos habían sido quienes echaron contra él aquellos lobos; y que tuvieran bien entendido que no alzarían la mano del castigo vengando a Evenio, si primero no le daban la satisfacción que él mismo quisiera aceptar por la injusticia que con él se había ejecutado; que practicada por los apolonios esta diligencia, iban los dioses a hacer una merced tal y tan grande a Evenio, que por ella muchos serían los hombres que le tuvieran por feliz.

XCIV. Los de Apolonia, en vista de los oráculos, que guardaban muy secretamente, encargaron a ciertos vecinos el negocio de la recompensa debida a Evenio, y los comisionados se valieron del siguiente medio. Estando Evenio sentado en su silla, van a visitarle aquellos hombres; siéntanse a su lado, comienzan a discurrir sobre otros asuntos, y poco a poco hacen recaer la conversación sobre la compasión que aquella su desgracia les causaba. Con este artificio continúan su discurso, y le preguntan qué recompensa aceptaría de los apolonios en caso de que quisieran estos satisfacerle la injuria. Evenio, que nada había penetrado tocante a la respuesta de los oráculos, respondió: que si le dieran en primer lugar las tierras de unos vecinos, nombrándoles por su propio nombre, que poseían las dos mejores heredades que había en Apolonia, y a más de ellas le hiciesen dueño de una casa que sabía ser la más hermosa de la ciudad, con esto se daría por satisfecho de la injuria recibida, y depondría totalmente el odio e ira contra los autores de su desventura. Habiéndose explicado así Evenio, tomándole la palabra aquellos interlocutores: «Ahora bien, Evenio, le replicaron, esa misma satisfacción que pides es la que convienen en darte los apolonios por haberte sacado los ojos, conforme se lo ordena el oráculo». Evenio, informado después por ellos de todo lo sucedido, llevaba muy a despecho la trampa legal con que se le había sorprendido; mas sus paisanos, comprando de sus dueños dichas heredades, le dieron la satisfacción con que antes mostró que estaría contento y satisfecho. Y para mayor dicha, desde aquel punto sintiose penetrado Evenio con el don de profecía, por el cual llegó a ser muy celebrado.

XCV. Volviendo, pues, a nuestro propósito, hijo del mencionado Evenio fue Deífono, el que, conducido por los corintios, era adivino en la armada. Acuérdome de haber oído decir a alguno, que habiéndose alzado Deífono con el nombre de hijo de Evenio, de quien no lo era en realidad, se alquiló para vaticinar contra la Grecia.[388]

XCVI. Por lo que mira a los griegos de Delos, al ver que les eran favorables los sacrificios, alzando el ancla se hicieron a la vela para Samos; y llegados a vista de Cálamos, lugar de dicha villa, dieron allí fondo cerca del Hereo y se disponían a una batalla naval. Mas los persas, al saber que llegaban los griegos, salieron para el continente con el resto de la armada que les quedaba, dando al mismo tiempo permiso a la escuadra fenicia para restituirse a su patria. Nacía esto de que en sus asambleas habían resuelto dos cosas: una el no entrar en combate con las naves griegas, por parecerles que no eran proporcionadas sus fuerzas navales; la otra el refugiarse al continente con la mira de estar allí cubiertos y sostenidos por el ejército de tierra, que se hallaba en Mícala; porque es de saber que por orden de Jerjes habían sido dejados allí 60.000 hombres, que sirvieran de guarnición en la Jonia, bajo el mando del general Tigranes, el más sobresaliente de todos los persas en el talle y gallardía de su persona. Hacia dicho ejército, pues, habían determinado retirarse los jefes de la armada naval, sacadas a tierra sus naves, defendidas allí con buenas trincheras, que les sirvieran a ellas de baluarte y a ellos de refugio y retirada contra el enemigo.

XCVII. Hechos, pues, a la vela con esta resolución, llegaron los persas cerca del templo de las Potnias,[389] entre Gesón y Escolopunte, lugares de Mícala, en cuyas vecindades erigió aquel templo, en honor de Deméter Eleusinia, Filisto, hijo de Pasicles, cuando pasó a la fundación de Mileto en compañía de Nileo, hijo de Codro. Habiendo, pues, aportado a este sitio, sacaron a tierra sus naves y las encerraron dentro de un vallado que formaron con piedra y fagina, y con los troncos de los árboles frutales cortados en aquellas cercanías, alzando a más de esto alrededor de la valla una fuerte estacada. Tales eran los pertrechos con que se disponían, así para resistir sitiados, como para vencer salidos de sus trincheras, pues así pensaban poder pelear con distintas posiciones.