147 Cuando así hubo hablado, dió un gran alarido y empezó á correr por la llanura. Cual es la gritería de nueve ó diez mil guerreros al trabarse la marcial contienda, tan pujante fué la voz que el soberano Neptuno, que bate la tierra, hizo salir de su pecho. Y el dios infundió valor en el corazón de todos los aqueos para que lucharan y combatieran sin descanso.
153 Juno, la de áureo trono, mirando desde la cima del Olimpo, conoció á su hermano y cuñado, y regocijóse en el alma; pero vió á Júpiter sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Juno veneranda, la de los grandes ojos, pensaba cómo podría engañar á Júpiter, que lleva la égida. Al fin parecióle que la mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Jove, abrasándose en amor, quería dormir á su lado y ella lograba derramar sobre los párpados y el prudente espíritu del dios dulce y placentero sueño. Sin perder un instante, fuése á la habitación labrada por su hijo Vulcano—la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir,—entró, y habiendo entornado la puerta, lavóse con ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al moverlo en el palacio de Júpiter, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal. Echóse en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Minerva le hiciera; y sujetólo al pecho con broche de oro. Púsose luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Después, la divina entre las diosas se cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol; y calzó sus nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la estancia; y llamando á Venus aparte de los dioses, hablóle en estos términos:
190 «¡Hija querida! ¿Querrás complacerme en lo que te diga, ó te negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo á los dánaos y tú á los teucros?»
193 Respondióle Venus, hija de Júpiter: «¡Juno, venerable diosa, hija del gran Saturno! Di qué quieres; mi corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.»
197 Contestóle dolosamente la venerable Juno: «Dame el amor y el deseo con los cuales rindes á todos los inmortales y á los mortales hombres. Voy á los confines de la fértil tierra para ver á Océano, padre de los dioses, y á la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio, cuando el longividente Júpiter puso á Saturno debajo de la tierra y del mar estéril. Iré á visitarlos para dar fin á sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me llamarían siempre querida y venerable.»
211 Respondió de nuevo la risueña Venus: «No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderosísimo Júpiter.»
214 Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio á los más prudentes. Púsolo en las manos de Juno, y pronunció estas palabras:
219 «Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas.»
222 Así habló. Sonrióse Juno veneranda, la de los grandes ojos; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno. Venus, hija de Júpiter, volvió á su morada. Juno dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso ponto y llegó á Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte; y asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras:
233 «¡Oh Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Júpiter debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Vulcano, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas á los festines.»