312 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por una diosa ó por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado así, ni á la esposa de Ixión, que parió á Pirítoo, consejero igual á los dioses; ni á Dánae, la de bellos talones, hija de Acrisio, que dió á luz á Perseo, el más ilustre de los hombres; ni á la celebrada hija de Fénix, que fué madre de Minos y de Radamanto, igual á un dios; ni á Semele, ni á Alcmena en Tebas, de la que tuve á Hércules, de ánimo valeroso, y de Semele á Baco, alegría de los mortales; ni á Ceres, la soberana de hermosas trenzas; ni á la gloriosa Latona; ni á ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.»

329 Replicóle dolosamente la venerable Juno: «¡Terribilísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara á todas las deidades? Yo no volvería á tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y á tu corazón es grato, tienes la cámara que tu hijo Vulcano labró, cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos á acostarnos allí, ya que folgar te place.»

341 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar para mirarnos.»

346 Dijo el Saturnio, y estrechó en sus brazos á la esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío.

352 Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia á Neptuno, que ciñe la tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras:

357 «¡Oh Neptuno! Socorre pronto á los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Júpiter; á quien he sumido en dulce letargo, después que Juno, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor.»

361 Dicho esto, fuése hacia las ínclitas tribus de los hombres. Y Neptuno, más incitado que antes á socorrer á los dánaos, saltó en seguida á las primeras filas y les exhortó diciendo:

364 «¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria á Héctor Priámida, para que se apodere de los bajeles y alcance gloria? Así se lo figura él y de ello se jacta, porque Aquiles permanece en las cóncavas naves con el corazón irritado. Pero Aquiles no hará gran falta, si los demás procuramos auxiliarnos mutuamente. Ea, obremos todos como voy á decir. Embrazad los escudos mayores y más fuertes que haya en el ejército, cubríos la cabeza con el refulgente casco, coged las picas más largas, y pongámonos en marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor Priámida, por enardecido que esté, se atreva á esperarnos. Y el varón, que siendo bravo, tenga un escudo pequeño para proteger sus hombros, déselo al menos valiente y tome otro mejor.»

378 En tales términos habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Los mismos reyes—el Tidida, Ulises y Agamenón Atrida,—sin embargo de estar heridos, formaban el escuadrón; y recorriendo las hileras, hacían el cambio de las marciales armas. El esforzado tomaba las más fuertes y daba las peores al que le era inferior. Tan pronto como hubieron vestido el luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales Neptuno, que sacude la tierra, llevando en la robusta mano una espada terrible, larga y puntiaguda, que parecía un relámpago; y á nadie le era posible luchar con el dios en el funesto combate, porque el temor se lo impedía á todos.

388 Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden á los teucros. Y Neptuno, el de cerúlea cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando éste á los teucros y aquél á los argivos, extendieron el campo de la terrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas y naves de los argivos, y los combatientes se embistieron con gran alboroto. No braman tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente fuego en la espesura del monte, al quemarse una selva; ni suena tanto el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuanta fué la grita de teucros y aqueos en el momento en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron á las manos.