253 Contestó el soberano flechador Apolo: «Cobra ánimo. El Saturnio te manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, á Febo Apolo, el de la áurea espada; á mí, que ya antes protegía tu persona y tu excelsa ciudad. Ea, ordena á tus muchos caudillos que guíen los veloces caballos hacia las cóncavas naves; y yo, marchando á su frente, allanaré el camino á los corceles y pondré en fuga á los héroes aquivos.»

262 Dijo, é infundió un gran vigor al pastor de hombres. Como el corcel avezado á bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo come la cebada del pesebre, y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio donde los caballos pacen; tan ligeramente movía Héctor pies y rodillas, exhortando á los capitanes, después que oyó la voz de Apolo. Así como, cuando perros y pastores persiguen á un cornígero ciervo ó á una cabra montés que se refugia en escarpada roca ó umbría selva, porque no estaba decidido por el hado que el animal fuese cogido; si atraído por la gritería, se presenta un melenudo león, á todos los pone en fuga á pesar de su empeño; así también los dánaos avanzaban en tropel, hiriendo á sus enemigos con espadas y lanzas de doble filo; mas al notar que Héctor recorría las hileras de los suyos, turbáronse y se les cayó el alma á los pies.

281 Entonces Toante, hijo de Andremón y el más señalado de los etolos—era diestro en arrojar el dardo, valiente en el combate á pie firme y pocos aqueos vencíanle en las juntas cuando los jóvenes contendían sobre la elocuencia,—benévolo les arengó diciendo:

286 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. ¡Cómo Héctor, librándose de la muerte, se ha vuelto á levantar! Gran esperanza teníamos de que hubiese sido muerto por Ayax Telamonio; pero algún dios protegió y salvó nuevamente á Héctor, que ha quebrado las rodillas de muchos dánaos, como ahora lo hará también, pues no sin la voluntad de Júpiter tonante aparece tan resuelto al frente de sus tropas. Ea, obremos todos como voy á decir. Ordenemos á la muchedumbre que vuelva á las naves, y cuantos nos gloriamos de ser los más valientes, permanezcamos aquí y rechacémosle, yendo á su encuentro con las picas levantadas. Creo que por embravecido que tenga el corazón, temerá penetrar por entre los dánaos.»

300 Así habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Ayax, el rey Idomeneo, Teucro, Meriones y Meges, igual á Marte, llamando á los más valientes, los dispusieron para la batalla contra Héctor y los troyanos; y la turba se retiró á las naves aqueas.

306 Los teucros acometieron apiñados, siguiendo á Héctor, que marchaba con arrogante paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto por una nube, con la égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que Vulcano, el broncista, diera á Júpiter para que llevándola amedrentara á los hombres. Con ella en la mano, Apolo guiaba á las tropas.

312 Los argivos, apiñados también, resistieron el ataque. Levantóse en ambos ejércitos aguda gritería, las flechas saltaban de las cuerdas de los arcos y audaces manos arrojaban buen número de lanzas, de las cuales unas pocas se hundían en el cuerpo de los jóvenes poseídos de marcial furor, y las demás clavábanse en el suelo, entre los dos campos, antes de llegar á la blanca carne de que estaban codiciosas. Mientras Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían. Mas así que la agitó frente á los dánaos, de ágiles corceles, dando un fortísimo grito, debilitó el ánimo en los pechos de los aquivos y logró que se olvidaran de su impetuoso valor. Como ponen en desorden una vacada ó un hato de ovejas, dos fieras que se presentan muy entrada la obscura noche, cuando el guardián está ausente; de la misma manera, los aqueos huían espantados, porque Apolo les infundió terror y dió gloria á Héctor y á los teucros.

328 Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo teucro mató á un hombre. Héctor dió muerte á Estiquio y á Arcesilao: éste era caudillo de los beocios, de broncíneas lorigas; el otro, compañero fiel del magnánimo Menesteo. Eneas hizo perecer á Medonte y á Yaso; de los cuales, el primero era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayax, y habitaba en Fílace, lejos de su patria, por haber muerto á un hermano de su madrastra Eriopis, y Yaso, caudillo de los atenienses, era conocido como hijo de Esfelo Bucólida. Polidamante quitó la vida á Mecisteo, Polites á Equio al trabarse el combate, y el divino Agenor á Clonio. Y Paris arrojó su lanza á Deyoco, que huía por entre los combatientes delanteros; le hirió en la extremidad del hombro, y el bronce salió al otro lado.

343 En tanto los teucros despojaban de las armas á los muertos, los aquivos, arrojándose al foso y á la estacada, huían por todas partes y penetraban en el muro, constreñidos por la necesidad. Y Héctor exhortaba á los teucros, diciendo á voz en grito:

347 «Arrojaos á las naves y dejad los cruentos despojos. Al que encuentre lejos de los bajeles, allí mismo le daré muerte, y luego sus hermanos y hermanas no le entregarán á las llamas, sino que lo despedazarán los perros fuera de la ciudad.»