Tetis oyó á Aquiles y emergió, como niebla, de las espumosas ondas...

(Canto I, versos 357 á 359.)

357 Así dijo llorando. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar, donde se hallaba á la vera del padre anciano, é inmediatamente emergió, como niebla, de las espumosas ondas, sentóse al lado de aquél, que lloraba, acaricióle con la mano y le habló de esta manera:

362 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.»

364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «Lo sabes. ¿Á qué referirte lo que ya conoces? Fuimos á Tebas, la sagrada ciudad de Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el Atrida á Criseida, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote del flechador Apolo, queriendo redimir á su hija, se presentó en las veleras naves aqueas con inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo, que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó á todos los aqueos, y particularmente á los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien no plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje. El anciano se fué irritado; y Apolo, accediendo á sus ruegos, pues le era muy querido, tiró á los argivos funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un sabio adivino nos explicó el vaticinio del Flechador, y yo fuí el primero en aconsejar que se aplacara al dios. El Atrida encendióse en ira; y levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha cumplido. Á aquélla, los aqueos de ojos vivos la conducen á Crisa en velera nave con presentes para el dios; y á la hija de Brises, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre á tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega á Júpiter, si alguna vez llevaste consuelo á su corazón con palabras ó con obras. Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Saturnio, que amontona las sombrías nubes, cuando quisieron atarle otros dioses olímpicos, Juno, Neptuno y Palas Minerva. Tú, oh diosa, acudiste y le libraste de las ataduras, llamando al espacioso Olimpo al centímano á quien los dioses nombran Briáreo y todos los hombres Egeón, el cual es superior en fuerza á su mismo padre, y se sentó entonces al lado de Júpiter, ufano de su gloria; temiéronle los bienaventurados dioses y desistieron de su propósito. Recuérdaselo, siéntate junto á él y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer á los teucros y acorralar á los aqueos que serán muertos entre las popas, cerca del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.»

413 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te dí á luz? ¡Ojalá estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré á Júpiter, que se complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva la cólera contra los aqueos y abstente por completo de combatir. Ayer fuése Júpiter al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir á un banquete, y todos los dioses le siguieron. De aquí á doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré á la morada de Júpiter, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré persuadirle.»

428 Dichas estas palabras partió, dejando á Aquiles con el corazón irritado á causa de la mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.

430 En tanto, Ulises llegaba á Crisa con las víctimas para la sacra hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guardándolas en la negra nave; abatieron por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía; y llevaron el buque, á fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron á la playa, desembarcaron las víctimas de la hecatombe para el flechador Apolo, y Criseida salió de la nave que atraviesa el ponto. El ingenioso Ulises llevó la moza al altar y, poniéndola en manos de su padre, dijo:

442 «¡Oh Crises! Envíame el rey de hombres Agamenón á traerte la hija y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe á Apolo, para que aplaquemos á este dios que tan deplorables males ha causado á los aqueos.»

446 Dijo, y puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con alegría. Acto continuo, ordenaron la sacra hecatombe en torno del bien construído altar, laváronse las manos y tomaron harina con sal. Y Crises oró en alta voz y con las manos levantadas: