232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.»
238 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos—¡de tal modo tiemblan todos!;—pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo á la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos á las cóncavas naves, ó sucumbe vencido por tu lanza.»
246 Así diciendo, Minerva, para engañarle, empezó á caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente á frente, dijo el primero el gran Héctor, de tremolante casco:
250 «No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces dí la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca á esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele á afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos á los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Jove me concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el cadáver á los aqueos. Obra tú conmigo de la misma manera.»
260 Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Héctor, á quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos á otros; tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre á Marte, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Minerva te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, á quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.»
273 En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse aquélla en el suelo, y Palas Minerva la arrancó y devolvió á Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelida:
279 «¡Erraste el golpe, deiforme Aquiles! Nada te había revelado Júpiter acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente á frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que todo su hierro se escondiera en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los teucros, si tú murieses; porque eres su mayor azote.»
289 Así habló; y blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro; pues dió un bote en el escudo del Pelida. Pero la lanza fué rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó á Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba á su vera. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
297 «¡Oh! Ya los dioses me llaman á la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fué Minerva quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, á Júpiter y á su hijo, el Flechador; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria; sino realizando algo grande que llegara á conocimiento de los venideros.»
306 Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza á la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla ó la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, á su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Vulcano colocara en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche; de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura que quitó á Patroclo después de matarle, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica á Héctor que ya le atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo: